Diario Judío México - Barcelona puede dar el próximo lunes el primer paso para poner fin a una anomalía ética colosal y que, sin embargo, ha pasado desapercibida durante demasiados años. Siglos. El pleno del distrito de Ciutat Vella votará una propuesta en la que se solicitará a los ponentes del Nomenclátor que Sant Domènec del Call deje de ser el nombre de una calle de la ciudad. Parece un nombre inocuo. Parece simplemente dedicada al fundador de la orden de los dominicos, tan apacibles ellos, con su cruz de caravaca y su lema tan piadoso, laudare, benedicer et praedicare, pero en verdad es un infame recuerdo del más sanguinario pogromo ocurrido en Barcelona. Fue un 5 de agosto de 1391. Como la matanza coincidió con la festividad del santo, la calle fue rebautizada en su honor. Las quejas de la comunidad judía moderna han caído siempre en saco roto, por pereza, ignorancia o por indolencia municipal, a cuál peor razón. Parece que esta historia toca a su fin.

El nuevo nombre propuesto para restañar esta vergüenza de siete siglos que arrastra la ciudad es el de Salomó ben Adret, un talmudista local del siglo XIII, rabino de una de las sinagogas de Barcelona durante 50 años y, en su época, todo un prohombre, prestamista de cabecera de Jaume I, discípulo del cabalista Nahmánides y protagonista de una de aquellas disputas teológicas tan de moda en aquellos tiempos de tolerancia, en la que se enfrentaban intelectualmente los pesos superwélter de un par de religiones en presencia del rey de turno. Salomó ben Adret celebró una de esos combates teológicos, organizados, todo hay que decirlo, para mayor gloria del cristianismo, contra el dominico Raimundo Martí y en presencia de Jaime II de Aragón. A él se propone dedicarle ahora esta callecita del Gòtic.

Que los libros de historia locales le hayan reservado siempre un espacio a Ben Adret es perfecto para subrayar qué se torció aquel sabath 5 de agosto de 1391. Cómo se pasó de una relativa coexistencia de cultos a una suerte de guerra civil intramuros.

La ciudad era el julio previo un hervidero de protestas por culpa del alza de los precios de los productos de necesidades básicas. Vamos, nada nuevo bajo el sol. El blanco prioritario de las iras no eran, de entrada, los judíos, pero quienes encabezaban la lista de objetivos de los amotinados habían sido suficientemente precavidos como para organizar una buena defensa. Total, que la turba redirigió su enfado hacia el barrio judío. Fueron tres días de incidentes al grito de ”mori tothom”, inequívoco de cómo de caliente andaba la situación. La palabra pogromo aún no había sido acuñada. Habría que esperar aún cinco siglos para ello. Pero el acoso a los judíos no era infrecuente. Nunca se demostró que matar judíos resolviera las epidemias de peste, pero el método científico tenía poca prédica en la edad media. El caso es que la matanza de aquel 5 de agosto y días posteriores fue mucho más cruenta que otras anteriores. Murieron unos 300 fieles de la fe hebrea, según el recuento más comedido. Diezmar la comunidad judía es una expresión que se queda corta para resumir todo cuanto aconteció en aquellas fechas. Sencillamente, fue el cruel epílogo de la comunidad judía en Barcelona. Cuando los Reyes Católicos ordenaron la conversión o expulsión de los judíos de España en 1492, de Barcelona no pudieron salir porque ya no los había.

Calle de las Carnisseries

Antes de aquella degollina, aquella era la calle de las Carnisseries, porque allí estaban, se supone, los establecimientos de viandas kosher. Y aunque los autores de la matanza fueron perseguidos y condenados, la calle fue rebautizada con el nombre del santo de la fecha de los incidentes.

“Las comunidades y las entidades judías hemos reivindicado delante de los diferentes gobiernos municipales el cambio de nombre de esta calle, la más importante del Call, porque no podemos permtir que la infamia del pogromo de 1391 se perpetúe en las calles de la ciudad ni que se menosprecie la memoria de las víctimas, todas y todos ciudadanos de Barcelona”. Este es un párrafo de la carta que nueve asociaciones judías dirigieron en noviembre del 2017 a Ada Colau. En la misiva, ya proponen a Ben Adret como candidato a tomar el relevo del santo en el nomenclátor. Lo que el gobierno municipal ha hecho es dar curso a la petición a través del canal que corresponde. Se debatirá y votará el próximo lunes en el pleno del distrito. En caso de que la iniciativa prospere, la cuestión deberá ser analizada por los miembros de la ponencia del Nomenclátor, que, en caso de dar salida a la propuesta, podrán aprovechar de paso para corregir la desconcertante descripción que se incluye en la ficha de esta calle. La versión vigente es que le pusieron este nombre porque cerca de ahí se levantó el primer convento de monjes dominicos de la ciudad. El ataque a los judíos se menciona allí como un hecho secundario.

El nomenclátor se mueve

Según Jai Anguita Bet Shalom, uno de los promotores de la iniciativa, tras las conversaciones que se han mantenido con los distintos grupos municipales, parece que esta vez sí que será posible enmendar esta desmemoria de la ciudad. La fruta parece madura. En anteriores intentos, ya desde tiempos del tripratito municipal de izquierdas, la respuesta era un revelador silencio. Se temía que un cambio de este tipo fuera interpretado como una medida anticlerical, con todo lo que eso significa en una ciudad como Barcelona, que hasta ha llegado a hacer del anticlericalismo una forma de urbanismo a la brava.

A favor del cambio de nombre juega también el hecho de que el actual gobierno municipal ha abierto con menos miedos la puerta a la revisión del nomenclátor. Así fue recientemente, por ejemplo, con la nueva calle de Pepe Rubianes, en detrimento del incomprendido almirante Pascual Cervera Topete. Fue esta una decisión no falta de consenso. Menos lo ha habido con la plaza de Antonio López, aún en discusión. En el caso de Sant Domènec, los obstáculos parecen mucho menores. Encaja con los tiempos que corren. “Continuamos esforzándonos por ser una ciudad de acogida, una ciudad refugio, orgullosa de su pluralidad. Por eso proponemos sustituir el nombre de una calle del Call que homenajea el pogromo de 1391 por la evocación de un barcelonés culto que es un referente claro de la convivencia”, explica al respecto el primer teniente de alcalde Barcelona, Gerardo Pisarello.

En caso de que el cambio de nombre se ejecute sin contratiempos, como parecen sugerir las palabras de Pisarello, Anguita, como portavoz en este caso de la comunidad judía, cree que habría que dejar una puerta abierta a ir más allá y, por ejemplo, colocar en la calle como mínimo una placa que recuerde aquello que sucedió en 1391 y que tan poco hasta ahora ha gustado recordar.