Corría el año 940 y no se hablaba de otra cosa de un extremo a otro de la ciudad de Córdoba. Se decía que un sabio judío de aquella localidad acababa de descubrir la panacea universal, el mítico remedio capaz de curar todas las enfermedades y de prolongar la vida de manera indefinida. Casi nada. El califa Abderramán III no tardó en hacerle llamar para averiguar si aquel rumor era cierto. Y en su corte se presentó así Hasday Ibn Shaprut, el protagonista de esta nueva y fascinante historia.

El remedio del hebreo no resultó ser al final tan fabuloso como se anunciaba, pero tampoco podía considerarse en modo alguno desdeñable. Se trataba de un potente antídoto contra los venenos que mejoraba todos los que ya habían sido probados. Abderramán, que vivía aterrado ante la sola idea de que sus enemigos pudieran emponzoñarle, designó de inmediato a Hasday como su médico personal. Este fue el inicio de la carrera de una personalidad de importancia capital en el alumbramiento de la llamada Edad de Oro de la cultura judía en España. Y que, sin embargo, hasta hace bien poco era prácticamente desconocida.

Córdoba, capital de Occidente

¿Quién era Hasday Ibn Shaprut? Nacido en Jaén en el seno de una familia aristocrática, se trasladó a vivir a Córdoba de adolescente atraído por su fama y esplendor. Y fue en el ambiente de esta capital donde florecieron todas sus capacidades. A finales del primer milenio de la era cristiana no había mejor lugar que Córdoba para estar al día de los adelantos científicos y técnicos. La capital del califato de los omeyas era la mayor y más rica de las ciudades de Occidente. Entre otras maravillas, contaba con un sistema de iluminación público que obligaba a los visitantes extranjeros a reconocer que por la noche se veía con la misma claridad que de día.

En Córdoba, Hasday estudió medicina, además de la ciencia del Talmud y la Cábala. No había saber alguno que se le resistiese, incluidos los más ocultos y esotéricos. Aprendió a dominar el hebreo, árabe, latín y el incipiente romance castellano. Hasday era todo un hombre del Renacimiento, antes incluso de que este movimiento cultural hubiese alumbrado la Europa Occidental durante los siglos XV y XVI. En aquella especie de extravagante «Versalles medieval», como puede considerarse hoy a la corte de Medina Azahara, la influencia de Hasday resultó decisiva. Pronto se convirtió en uno de los principales consejeros del califa Abderramán. Primero, fue secretario de Cartas Latinas; y más tarde, delegado del califa en Bizancio, donde defendió los intereses de la comunidad judía de Italia a la que el emperador quería convertir al cristianismo.

Empleando sus habilidades diplomáticas, Hasday ejerció funciones similares a las de un ministro de Exteriores. Por si fuera poco, se le confió el control de las aduanas en el estratégico puerto fluvial de Córdoba, del cual los omeyas obtenían una parte sustancial de los ingresos que llenaban a rebosar sus arcas. Nuestro protagonista se erigió de facto en la mano derecha de uno de los más grandes califas de la historia del Islam. El erudito sefardí logró establecer alianzas casi imposibles entre el califato y otras potencias mundiales de la época, evitando por ejemplo un grave conflicto con el emperador alemán, que amenazaba con una guerra para detener las incursiones de los corsarios andalusíes en los pasos de los Alpes suizos. Hasday llegó a ostentar el cargo de «nasi», equivalente en hebreo bíblico a «príncipe», de las comunidades israelitas de Al-Ándalus, como la de Eliossana, actual Lucena, conocida en la época como «La Perla de Sefarad».

Ejemplo de convivencia

Fue esta localidad, precisamente, una suerte de metrópoli del judaísmo español que gozó de gran autonomía. El lugar donde se había fundado la academia talmúdica más importante del mundo, en la que se impartían disciplinas como astrología, matemáticas y lenguas diversas. Muchos de los sabios que estudiaron allí viajaron luego a Toledo para fundar la célebre Escuela de Traductores. Hasday era una persona tolerante en una época donde las diferencias religiosas se dirimían en los sangrientos campos de batalla. Y aunque él fue leal al país islámico del que era servidor, mantuvo siempre profundas convicciones judías. Tal vez por ello quedó fascinado al oír hablar por primera vez del reino judío de Jazaria, oculto en los límites entre Europa y Asia. Y ni corto ni perezoso, escribió a su rey Yosef para establecer relaciones diplomáticas y sondear la apertura de una alternativa a la Ruta de la Seda nada menos…