La vida y las creaciones literarias del escritor ruso-judío Isaac Babel suscitan dos interrogantes que, dependiendo de las repuestas, afectarán sustancialmente la suerte de la página escrita en las próximas generaciones.

La primera tiene amplios antecedentes. Alude explícitamente a los efectos de la represión política e ideológica estatal en la creación literaria; regímenes totalitarios y dictaduras militares han perseguido y asesinado a escritores como si sus creaciones fueran equivalentes a peligrosos explosivos. Abundan los ejemplos, desde la URSS a América Latina.

La segunda presenta filosa actualidad. ¿Cuál será la suerte de la literatura en una sociedad hoy gobernada por la libre tecnología – de la TV al WhatsApp, del Youtube al Facebook – que apenas engendra o estimula el encuentro con la página escrita y con aquellos que se absorben en ella? ¿Provocarán las nuevas generaciones- más por indiferencia que por deliberada actitud – la gradual o brusca desaparición de autores y lectores que de momento nos embriagan con relatos y diálogos?

Babel nació en Odessa – hoy Ucrania – en 1894. Fue protagonista y testigo de las represiones antijudías que tuvieron lugar en los inicios del siglo XX en Europa oriental; su abuelo fue una de las víctimas del pogrom que se verificó en 1905.

Las restricciones gubernamentales e institucionales impuestas a los judíos no le permitieron cursar estudios en marcos escolares de razonable calidad; circunstancias que fueron compensadas con maestros particulares que le despertaron curiosidad por la lengua y la literatura de los franceses.

Salvando las limitaciones impuestas a los judíos, Babel logró llegar a San Peterburgo en 1915, donde hizo amistad con Maximo Gorki, escritor ya consagrado y convencido comunista que Stalin protegerá todo tiempo que le fue útil; morirá en 1936 en circunstancias apenas descifrables hasta hoy. Por su lado, Babel se integró a las filas del ejército rojo como soldado y cronista; así reunió experiencias que dieron luz a breves relatos que describieron la recíproca crueldad de los ejércitos enfrentados. Las páginas de Caballería roja pintan con áspera lucidez los combates que se libraron en estas contiendas militares e ideológicas, incluyendo los actos de violencia de rusos y polacos contra las minorías judías.

Durante algún tiempo colaboró con el cineasta Sergei Eisenstein, y encontró tiempo para traducir al ruso algunas obras de Sholem Aleijem. No obstante, el suicidio del poeta Vladimir Mayakovski, la muerte de Gorki, las arbitrarias decisiones del Congreso ruso de escritores en los años treinta condujeron a Babel a convertirse – en sus palabras – “en un vocero del silencio”. Previsiblemente, Stalin desaprobó esta actitud.
En 1937 se le permitió viajar a París para tomar parte en una reunión de intelectuales que simpatizaban con la URSS; más que este certamen le interesaba encontrarse con su primera esposa que dos años antes había emigrado a Francia. A pesar de su conocimiento del francés y de su literatura, Babel resistió a la idea de quedarse en París y retornó a Rusia para refugiarse nuevamente en el silencio. Actitud que filosamente disgustó a los círculos policiales que eran entonces los verdaderos directores de la literatura soviética. Inserto entonces a una lista de “saboteadores” y con la aprobación de Stalin, fue enjuiciado y fusilado en 1939. Sus restos fueron quemados al lado de cientos de presuntos traidores que tuvieron ingrato y similar final.

Su trayectoria en un régimen autoritario se antoja previsible. Por su estructura e intenciones, ningún sistema antidemocrático tolera o difunde escritos que directa o indirectamente lo deslegitiman o desnudan. Tesis que conduce a suponer que en regímenes liberales el futuro de la creación literaria está garantizado y que en todo momento suscitará el interés y la curiosidad del amplio público.

Afirmación que en estos días debe reconsiderarse. El acto de escribir y publicar depende no sólo de la persona que emprende esta aventura; también de las demandas e interés de los lectores. Éstos ofrecen reconocimiento y gratificación psicológica y monetaria a quienes escriben.

De aquí esta filosa pregunta: ¿revelará interés la emergente sociedad post-industrial en la página literaria – novela o verso – y continuará compensando debidamente a sus autores? Cuando se observa el reparto del tiempo – laboral y libre – de la generación actual cabe preguntar si consagra alguna hora a la lectura de páginas literarias. Con mayor puntualidad: ¿tienen los adolescentes de hoy la voluntad y el placer para recogerse en ellos mismos y copular con algún escrito? ¿Despunta así una filosa brecha entre generaciones que implica la ascendente incomunicación y declive del placer literario?

La travesía de Babel, el silencio que se autoimpuso como respuesta a las crueldades de su tiempo, y su olvido durante más de 15 años: algunas circunstancias que hoy deben replantearse cuando la moderna tecnología y los hábitos que conlleva, inhiben y acaso liquidan al escritor y a sus obras por otros medios.