Recientemente releí un artículo escrito por mi madre Esther Shabot, hace 28 años en la Revista de Estudios Judaicos (México): “El pensamiento antisemita de José Vasconcelos”. En la primera mitad del siglo XX este famoso intelectual mexicano escribió el siguiente párrafo:

“Fantasía de lo que sería México en 1950:

Gobierno de Su Excelencia Netzahualcóyotl Rosenberg, presidente de los Estados Mexicanos Soviéticos. La Plaza de Armas ha tomado el nombre de Max Square. El presidente se dirigió a la Sinagoga Máxima, antes Iglesia Catedral de los gentiles. En el interior, al pie del altar, esperábalo el Gran Rabí Moisés Chimalpopoca Hunt, que le tomó el juramento… puso la mano sobre el Talmud, abierto sobre la antigua piedra de sacrificios azteca… El presidente dice en su discurso que ahora toda la riqueza pertenece a los Bancos Internacionales y que el “pleito de protestantes y católicos, raíz del viejo conflicto mexicano-norteamericano ha quedado liquidado en beneficio de la alta y antigua filosofía que se desprende del Viejo Testamento, antes de las pugnas sangrientas y la división sectaria que diera origen a la absurda herejía cristiana.”

Como bien lo destaca Esther Shabot, para Vasconcelos la influencia judía liberal era una suerte de tumor corruptor y socavador de las sociedades donde se aloja. Y a pesar de todo lo anterior, Vasconcelos racionaliza su odio visceral hacia los judíos, señalando en 1940: “no somos antisemitas, ni somos antiingleses, ni somos anti-nada. Somos pro-mexicanos y eso es todo.”

La relectura de dichos textos me hizo recordar y asociar frases recientes y pronunciamientos que circulan en Israel de hoy día, y que perciben a las minorías bajo el mismo esquema que planteaba Vasconcelos. Porque la vertiente nacionalista extrema con la que está asociada el actual gobierno israelí ha recreado la nueva versión del discurso que promueve la exclusion del inmigrante y el extranjero. La actual ministra de cultura Miri Reguev, se ha referido a los refugiados de Sudán como “tumor en el cuerpo de la nación.” May Golán, militante del movimiento Ciudad Hebrea, que promueve la expulsión de solicitantes de asilo, describe de manera agresiva y descarada a la población de los refugiados africanos que ha arribado a Israel: “Las infiltradas eritreas vienen armadas con decenas de miles de niños, los datos hablan de cómo traen al mundo miles de bebés al año”. Podríamos preguntarle a May Golán, allegada a los sectores duros del Likud, cuál es su fantasía para Israel en el 2040 y con toda probabilidad contestaría como José Vasconcelos, subrayando que no es racista ni anti-africana, es pro-Israel.

Por su parte, la Hasbará, las páginas internéticas que promueven siempre la línea oficial del gobierno en turno, nos hablan de la lucha por la legitimidad israelí. Desde su particular perspectiva, la Hasbará percibe que para alcanzar su objetivo debe, o ser parte del discurso de difamación del extranjero, o guardar silencio frente a las anomalías y ultrajes que el Estado comete contra sus minorías. Las páginas de Hasbará, como Hatzad Hasheni, y PorIsrael, omiten de manera deliberada ocuparse de estos delicados temas. Y no es que seamos anti-algo, nos dirán, es que somos pro-Israel.

Hace algunos meses Netanyahu fue recibido con honores en la comunidad judía de México. Escribí en aquel entonces una carta dirigida a los dirigentes de la comunidad, solicitando que se le cuestionara al primer ministro su política de seguridad y se le pidiera que explicase a nombre de qué proyecto enviaría a sus ciudadanos a la próxima guerra. No lo hice con inocencia. Sabía que nadie me revelaría el secreto al día siguiente de que Netanyahu abandonara el país. Quería sólo apelar a la conciencia de nuestros líderes comunitarios y a su voluntad para elaborar una mirada crítica hacia la política actual. Al igual que israelí, soy judío mexicano, y percibo a mi comunidad de origen como socia en el destino de Israel y del pueblo judío. Por ello es que me permito una confesión emocional: me decepciona y me entristece que se abrace y se reciba así al artífice de toda esta atmósfera trazada a imagen y semejanza del nacionalismo antisemita, sin que se le hayan cuestionado las posiciones de su gobierno. Hay lo qué hacer y es hora de dejar de entregarle cheques en blanco al régimen actual ¿Cuándo, si no, llegará el límite en que se deba cuestionar al liderazgo de Israel empezando por su primer ministro? ¿En qué momento los judíos de México, como colectivo o como individuos deberán manifestar públicamente su desacato al autoritarismo que se cierne sobre el país? Ahí están los síntomas: el agravio a los otros, los extranjeros, los inmigrantes, los diferentes; la incitación a la violencia contra las organizaciones de la sociedad civil.

Los “traidores” se ven sumando permanentemente en la cuenta del gobierno actual, los nombres de activistas de organizaciones civiles aparecen en las redes para quedar ya estigmatizados como enemigos potenciales y reales; se hace cada vez más patente el desprecio a los intelectuales, los izquierdistas, los insensatos enemigos de Binyamin Netanyahu o del pueblo judío, que al fin y al cabo es lo mismo; se reitera con obsesividad el elevamiento de la pureza nacional sobre cualquier otra consideración de carácter universalista. ¿Podríamos tolerar y apoyar regímenes que denigraran a los judíos por ser extranjeros, diferentes y que los considerasen por ello como infrahumanos? Los ejemplos circulan al por mayor en la redes y en los medios de comunicación. El discurso supremacista judío trata de echar raíces. Una bloguera israelí de origen argentino, llamada Deborah Starkloff, llama comúnmente en sus escritos a los palestinos fraudestinos e infrastinos. Ministros del gobierno acusan a Natalie Portman de estar coqueteando con el antisemitismo sólo por negarse a recibir un premio de manos de Binyamin Netanyahu y un diputado de la coalición solicita que se le retire su ciudadanía israelí. La atmósfera pública recuerda la de 1995, y no asesinarán está vez a un primer ministro sino a alguien más, en supuesta defensa del primer ministro.

En 1946, el intelectual francés Julien Benda escribió: “[Al régimen] también se le puede decir totalitario (la palabra no es ni mucho menos unívoca) en cuanto exige que la totalidad del hombre le pertenezca, mientras que el Estado democrático admite que el ciudadano, una vez que ha cumplido con las obligacines del impuesto y de la sangre, pueda disponer libremente de una gran parte de sí mismo, mientras no use esa libertad para destruirlo.”

Hoy, a través de la lupa del gobierno israelí y su incendiario discurso, los ciudadanos críticos y discrepantes aprovechan sus libertades para destruir al Estado. Negarse a recibir un premio de parte del primer ministro de Israel, como hizo Portman, la coloca ya del lado de los antisemitas según el ministro de energía Yuval Steinitz. La cuenta es ya, de hecho, demasiado larga. Las afrentas nos han rebasado y una atmósfera de violencia verbal y física se está apoderando del país. El primer ministro israelí ha conseguido a través de su retórica y sus acciones, convertir a todo aquel que no comparte su visión de mundo en enemigo de la nación. Cuando su programa de expulsión de los solicitantes de asilo a Uganda fracasa, culpa a organismos de la sociedad civil por complotar contra Israel; cuando las investigaciones de la policía por presuntos cargos de corrupción le agobian, culpa a los medios de comunicación. Y no se trata de palabras vanas. El discurso va generando una brecha social y un antagonismo por el que se pagará un alto precio. Hace algunas semanas cuando participé en una manifestación en contra de la deportación de refugiados un hombre se me acercó y me dijo: “¿Por qué no se van con ellos a América?” Después de que confronté sus argumentos resumió con una frase: “lo que ustedes hacen lo hacen para tumbar a Bibi” “¿Y para qué queremos tumbarlo?” le pregunté. “Ustedes no quieren un Estado judío”, fue su respuesta.

Se ha ido apoderando como parte indispensable del discurso oficial la línea ultra-nacionalista judía .  Es por ello que la aparición de motivos similares a los del antisemitismo tradicional del siglo XX debe dejar de sorprendernos. Netanyahu ha ido reivindicando de manera permanente las características del Estado antiliberal. Su gobierno impulsa y acrecienta las restricciones en el campo de la libertad de expresión y exige lealtad nacional en el area de la creación cultural. Otro ejemplo: tras los recientes sucesos en la Franja de Gaza el periodista Cobi Meidan publica un post privado en facebook donde escribe que se avergüenza de ser israelí. Es tachado de traidor por el ministro de defensa y se le obliga a disculparse so pena de ser despedido de su trabajo como locutor en la estación del ejército. ¿A dónde hemos llegado cuando un periodista se ve despedido por el simple hecho de sentir vergüenza?

Así las cosas, tal como los antisemitas vinculaban a los judíos con el control de los medios de comunicación, el gobierno de Israel identifica hoy a la prensa libre con la izquierda traidora. De acuerdo con esas tesis conspirativas, los izquierdistas controlan y subvencionan con dinero extranjero a organizaciones no gubernamentales. Los chivos expiatorios están a la vista, como lo estuvo el judío en sociedades europeas hace 100 años. El judío filántropo de origen húngaro George Soros, ha sido ya señalado como pernicioso por Netanyahu y por el gobierno nacionalista de Hungría: su gran pecado, respaldar económicamente a las organizaciones de la sociedad civil. Cuando Netanyahu presenta una solución adecuada y consensuada para resolver el problema de los refugiados africanos en Israel, y recibe fuertes críticas de su propia base política por abrir las puertas de la casa a los extranjeros, el primer ministro se retracta de inmediato, da marcha atrás y culpa a las ONGs por interferir en los asuntos de la nación. Así como para las teorías conspirativas el judío perverso manejaba al mundo a larga distancia, los nuevos nacionalistas israelíes creen en la existencia de la manipulación y conspiración en contra de su proyecto nacionalista en los mismos términos.

Estamos ante una escalada que acontece en un contexto global. Viktor Orbán, primer ministro de Hungría, reivindica la pureza de la nación húngara, instiga a la sociedad contra las ONGs y contra los medios de comunicación, reconstruye el discurso nacionalista extremo –fuente también del antisemitismo europeo-, propone reinstalar la pena de muerte e incluso lucha por cerrar la Universidad Centroeuropea. Y no es casualidad que el gobierno de Orbán en Hungría y el gobierno israelí tengan el mismo enemigo: George Soros. Se trata nuevamente de desenmascarar al demoníaco judío cosmopolita. Son esos judíos cosmopolitas y millonarios los que mueven macabramente sus hilos desde la distancia, y controlan la economía socavando el interés nacional genuino y arraigado del auténtico nacionalista, que deberá resistir y permanecer puro por siempre, parafraseando a la hinchada de Betar Jerusalén. ¿Estamos muy lejos de ser la versión actualizada de aquello que Vasconcelos encarnó?

Es evidente que bajo esta sombra y dentro de este marco ideológico se está gestando una nueva forma de judaísmo en Israel. Con sus propias cualidades, se nutre de una ideología Volkista, neo-romántica, de relación integral y orgánica entre el pueblo y su madre patria. En estos nuevos términos, ser judío implica ser brutal, por lo que tener una conciencia moral equivale a ser decadente. La xenofobia es parte indiscutible de este fenómeno en el que privan el desprecio por el otro, por el extranjero y el diferente, lo mismo que la glorificación de un nacionalismo extremo que debe de elevarse, como lo ha dicho con claridad la ministra de justicia Ayelet Shaked, por encima de las garantías civiles y los derechos individuales.

Es hora de entender, en todas partes, que este no es un enfrentamiento entre el Israel soberano y orgulloso frente a sus detractores. Es más bien entre lo que Karl Popper denomina como la sociedad abierta, y por el otro lado sus enemigos. Contrario a lo que la retórica oficialista de Israel pregona, el debate actual al interior del pueblo judío no se centra en torno a la lealtad o deslealtad al Estado judío, sino respecto a qué mundo es al que pertenecemos. ¿Estamos en la línea de Trump, Putin, Erdogan y Orbán? ¿Es hacia esos modelos de Estado a los que aspiramos? ¿Es ese el judaísmo con el que nos identificamos como alternativa dominante del siglo XXI, recreando en nuestra propia sociedad todo lo que desató el odio en contra nuestra en la Europa de los años treinta del siglo pasado? Esas son las preguntas que todo judío debe de plantearse hoy día, donde quiera que esté, para  decidir así de qué lado de la ecuación se coloca. Esa es la cuestión que debe plantearse cada uno de los judíos mexicanos que se sienta involucrado con el destino de Israel. No se trata más de estar a favor o en contra del Estado judío, sino preguntarse qué modelo de Israel esperamos ¿Acaso a nombre de la lealtad absoluta al Estado de Israel podemos cerrar los ojos a un discurso que hace cerca de 80 años fue utilizado para excluir a nuestros abuelos y bisabuelos de la sociedad a la que hoy pertenecen?


Mi hijo Amitai y mi sobrino Eviatar con Isaac, hijo de refugiados de Eritrea, festejando juntos el seder de Pesaj en Jerusalén, celebrando la libertad.

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Leonardo Cohen (México D.F. 1968) es profesor titular en el departamento de estudios de Oriente Medio y en el programa de Estudios de África de la Univesidad Ben Gurión del Néguev en Beer Sheva. Desde 1991 radica en Jerusalén y es miembro co-fundador del movimiento J Amlat (Judíos Latinoamericanos Progresistas por la Paz).