Dice el señor Luis Antonio Espino[1] que los debates políticos que actualmente fraguan la opinión pública yerran, quitan la “fe en la democracia”, porque no tratan ideas, sino personas. Carecen, afirma, de “argumentos bien elaborados”. Aspirantes a la mexicana presidencia, los voceros de ellos y los consultores que les enmiendan el habla esgrimen viciosamente, asevera, eso que Aristóteles llamó “tu quoque”, o en lengua inglesa, “whataboutism”, arte de refutar un argumento, como dice Dan Zak[2], señalando equivalencias morales entre dos cosas que no son equivalentes o comparables necesariamente.
Lo que el señor Espino exige es, nos parece, un “imposible histórico” (la expresión es de García Morente). Los políticos, hoy, son productos, no intelectuales (hacedores de ideales y conceptos), es decir, son creados a imagen y semejanza de los vestiglos creados por los expertos en mercadotecnia. La mercadotecnia, dice P. Kotler, trabaja según dos principios[3]: el “marketing mix” (todo producto debe ser el resultado de estrategias de precio, promocionales, serviciales, etc.) y el conocimiento sólido de los mercados.
Todo mercado, ha dicho burlescamente Marx en pedánea nota, cree ser poseedor de conocimientos enciclopédicos sobre los productos que allega (“eine enzyklöpadische Warenkenntnis”). Luego, las masas mercantilizadas votan y opinan de política con el baremo con que evalúan manzanas, pantalones, automóviles y cervezas.
Creemos que el libro Verdad y Método[4], de Gadamer, al describir el ideal de caballero humanista dispensa una descripción invertida de las masas. Todo humanista, escribe, es enemigo de lo sensorial, universaliza, estima lo antiguo y posee imaginación poderosa. Las masas son lo contrario. El humanista, sigue diciendo, siente lo común porque conoce las tradiciones del lugar que pisa, es crédulo, de pecho noble, y es elocuente, capaz de parlar con duquesas y pecheros, y es racional, capaz de alzarse sobre la letra muerta, marmórea o dorada. Las masas acaban mal paradas ante tamaño señor, pues desdeñan lo tradicional, son escépticas, tartamudas y necias.
El humanista, además, es juicioso porque urde conceptos, distingue lo importante de lo baladí, elige primero lo verdadero y luego lo bueno y lo bello y es rico en ejemplos, tanto vivenciales como literarios. Las masas no conceptúan, sino describen, y eligen siempre lo vacuo, lo que creen es hermoso, y no viven, sino sueñan que viven merced a las ilusiones que les ofrecen las televisoras y computadoras.
Finalmente, el buen humanista, dice Gadamer, sabe distanciarse de los gustos propios, espiritualiza lo material, es crítico ante toda moda y emite juicios certeros. Las masas, contrariamente, porfían en sus gustos, que tienen por modelos siderales, y vulgarizan hasta los blasones sacros, y son arrastradas por modas y por dudas.
¿Podrán aprehender, entender, interpretar, razonar y criticar ideas tales masas? Espiritualidad (don de conceptuar, de abstraer), sentido común (soslayo de lo subjetivo), juicio (certera aplicación de los conceptos) y gusto (apertura mental) son elementos necesarios para el pensar lógico, que es fundamento de la democracia, forma política sustentada por el arte de la persuasión sana.
La lógica está montada sobre las tres facultades superiores de la mente, que son entendimiento, juicio y razón. La lógica, abstrayendo, entendiendo, señala lo general, lo común a todas las cosas, que no es visible ni inteligible para sensibilidades groseras. También conjetura causas, relaciones y sustancias, notas que exigen imaginación fecunda y controlada.
La lógica, siendo antesala de la ciencia, dirime paralogismos[5], el conceptuar quimeras, el hipostasiar accidentes, el “perseguir sombras y abrazar engaños”, como versifica Góngora, y el creer en contradicciones. Los pueblos, digámoslo así, “lógicos”, profesan el debate intelectual de cepa cualquiera, desde la política e histórica hasta la científica y filosófica.
Debatir exige fe, confianza. Confiar nos permite dedicarnos a nuestra vocación, que impide la dispersión intelectual y crea imaginarios colectivos que acaban siendo compartimentos dinámicos, organizadores sociales. El académico, confiando en el prójimo, en el político, puede teorizar, educar, por ejemplo. Debatir exige credulidad, que es enemiga de la malicia, vicio que nos mueve a hipostasiar en los demás la maldad, raíz del ninguneo. Debatir exige ingenio lingüístico, poético, para hablar de la realidad, no de la subjetividad.
Los discursos verídicos se distinguen de los falsos porque captan la ciencia de todas las partes de la realidad, que se manifiestan simultáneamente. Las mentiras, por ser urdimbres intelectuales, temporales, siempre ostentan inconsistencias lógicas y físicas.
Confianza, benevolencia y lenguaje hacen demostraciones. Persuadir es demostrar, que es usar entimemas, silogismos, esto es, la lógica. Aristóteles dice: “nos persuadimos sobre todo cuando pensamos que algo está demostrado”[6]. Demostrar, hemos dicho, es silogizar, y por eso Aristóteles escribe: “resulta evidente que el que mejor pueda teorizar a partir de qué y cómo se produce el silogismo, ése será también el más experto en entimemas”[7].
Los aspirantes a la mexicana presidencia emiten discursos eclécticos, no “argumentos bien elaborados”. Parecen virtuosos unos días y benevolentes otros. Hoy hablan para deleitar y mañana para informar. Acusan todos los días, critican todos los días políticos, no ideas, porque las ideas son morales, intangibles, universales, antiguas, tradicionales, polisémicas, es decir, no deseables para el saber enciclopédico, mercantil, de las masas. En conclusión, aplaudimos la bonanza del señor Espino, que ha escrito un artículo utópico.-
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[1] Ver Las mentes pequeñas que rodean a AMLO, Anaya y Meade, en Letras Libres, 8 de febrero de 2018.
[2] “The practice of short-circuiting an argument by asserting moral equivalency between two things that are not necessarily comparable”, dice Zak en texto llamado Whataboutism: The Cold War tactic, thawed by Putin, is brandished by Donald Trump, en el Washington Post, 18 de agosto de 2018.
[3] Cfr. The Gap Between the vision for Marketing and Reality, MITSloan Managment Review, del 18 de agosto del año 2012.
[4] Verdad y Método, páginas 38 a 74 (Ediciones Sígueme, Salamanca, 2012).
[5] Llenamos los vacíos intelectuales, dice Kant, con paralogismos de la razón (“die Lücke durch Paralogismen der Vernunft ausfüllt”).
[6] Ver la Retórica, de Aristóteles, libro I, 1355a (Gredos, Madrid, 2017).
[7] Ibidem.

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Edvard Zeind Palafox   es Redactor Publicitario – Planner, Licenciado en Mercadotecnia y Publicidad (UNIMEX), con una Maestría en Mercadotecnia (con Mención Honorífica en UPAEP). Es Catedrático de tiempo completo, ha participado en congresos como expositor a nivel nacional.