Diario Judío México - Este viernes comenzó la Cumbre de las Américas, un evento que sin duda, ha sorprendido, por la ausencia inesperada del primer mandatario de los Estados Unidos, Donald Trump, actuando como aquel comensal, que ha sido invitado con bombos y platillos a la casa del homenajeado y no solo decide anunciar el mismo día que no asistirá a la gala, sino que ni siquiera ofrece disculpas al anfitrión.

La gran ausencia, es un factor que ha ensombrecido la Cumbre, un evento crucial en donde se están abordando temas álgidos y de gran relevancia para la región como lo son: la corrupción, la democracia, la transparencia y por último, pero no menos importante, los tratados comerciales “libres y justos”. Es evidente que estos últimos, sean uno de los puntos más controvertidos de la Cumbre que reúne a las figuras más importantes del continente, sobre todo, considerando la reciente posición de Estados Unidos frente a China, Canadá, Corea del Sur y por supuesto a nuestro país.

El mandatario de la principal economía del mundo, envió a su representante, sin embargo, de inmediato y una vez más, se desató la polémica, cuando el jueves, la oficina de Mike Pence envió un comunicado de prensa donde informaban, que el vicepresidente de Estados Unidos tendría una comida este viernes con el presidente del Perú Pedro Pablo Kuczynski. Este “faux pas” de la vicepresidencia, trasciende la aparente torpeza de un empleado que labora en una de las oficinas más importantes de la administración de Trump; el incidente levanta interrogantes importantes: si la vicepresidencia de los Estados Unidos no tiene claro que en Perú hay un nuevo presidente, ¿qué tan claros entonces tendrán sus objetivos en torno a los temas más importantes de la región? y ¿qué tan confiable puede ser negociar con el representante del magnate estadounidense? ¿podría pasar lo mismo que ocurrió con aquellos que negociaron con su yerno, Jared Kushner?

La octava Cumbre se ve también ensombrecida por una Latinoamérica convulsionada con la salida del ex-mandatario del Perú por escándalos de corrupción; por la sentencia dictada por parte de un Juez de una corte brasileña sobre Lula da Silva, quien aún, estando preso, aspira a la reelección en Brasil y goza de una popularidad que alcanza un 36% de las intenciones de voto, mientras que el ultraderechista Jair Bolsonaro solo alcanza un 18%, de acuerdo al último sondeo de la firma Datafolha.

Por otra parte, también se presenta un viraje importante en la dirección de Argentina que ha provocado manifestaciones a lo largo y ancho del país de la Patagonia; una Colombia que se debate entre la continuidad de un proceso de paz, según algunos analistas, “fracasado”, o el retorno de la mano dura del uribismo; que en su momento y pese a sus controvertidas medidas, ha sido el gobierno con mayor popularidad en la historia reciente de Colombia, alcanzando niveles de aceptación de hasta 78%; y una Venezuela considerada el cártel más grande y poderoso de Latinoamérica, el único cártel que cuenta con un presidente y con todos los recursos del Estado, de un país que enfrenta una crisis humanitaria sin precedentes.

Sin duda un escenario por demás preocupante, que merecía la presencia del maximo representante de los Estados Unidos, principal socio comercial de las economías del Cono Sur.