En medio de la tragedia que cimbró a nuestro país el 19 de septiembre pasado, los integrantes de y la comunidad judía mexicana en su conjunto, vivimos una de las experiencias más enriquecedoras que jamás imaginamos vivir en tierra mexicana: abrazar con gratitud, fervor, orgullo, admiración y cariño a nuestros jayalim.

Durante los últimos sesenta años, ha velado por los soldados de Israel proporcionándoles bienestar, calidez y la certeza de saber que reconocemos su entrega. Con el apoyo comunitario hemos contribuido a construirles espacios deportivos, de recreación y plegaria en bases militares y, siempre desde la distancia física, hemos buscado que reconozcan que formamos parte de un mismo pueblo. Sin embargo, la madrugada del 21 de septiembre fueron ellos quienes llegaron a nosotros.

Una brigada de Tzahal, conformada por setenta y dos soldados, aterrizó en la Ciudad de México. Venían dispuestos a compartir su experiencia y entrega al pueblo de México, herido por un sismo de devastadora magnitud, sumido aún en el territorio del miedo. Ellos encontraron a una nación fuerte de mexicanos, jóvenes que, sin distinción de clase social o espectro educativo, estaban en las calles volcados a dar. Durante el día y la noche, los jayalim presenciaron interminables cadenas de mexicanos empeñados en mover escombros, de mujeres dispuestas a dar de comer al hermano, de brazos en alto de los rescatistas para convocar el silencio esperanzador, de abrazos, agonías y búsquedas. Unidos mano con mano, ricos y pobres, letrados y humildes, conocidos y desconocidos, mostraron el rostro más puro de la solidaridad humana.

La brigada de Tzahal quedó conmovida. Dijeron que nunca antes, a pesar de haber participado en cientos de misiones complicadas en todo el mundo, habían visto, sentido o experimentado el abrigo y la calidez que descubrieron en México. Se referían, por supuesto, a todo México: al que descubrieron en las calles y, también, al abrazo comunitario que les permitió sentirse en casa con la comida hogareña y las plegarias de Shabat y Rosh Hashaná.

Quienes trabajamos en nos congratulamos de ser parte de este pueblo, de esta comunidad en la que nos hemos empeñado en levantarnos de la desgracia para ayudar y dar a manos llenas. Celebramos ser orgullosamente judíos y mexicanos y todos juntos con las diferentes organizaciones que la conforman, que tanto aportan y con quienes tuvimos la oportunidad de colaborar .Hombres y mujeres comprometidos con la mitzvá de Tikún Olam, judíos empeñados en dejar un mundo mejor a nuestros hijos. Mexicanos capaces de tender puentes de solidaridad, de enfrentar la adversidad con una sonrisa, a pesar del dolor, la muerte y los escombros.

Gracias a todos. Gracias por siempre, Tzahal.

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