Diario Judío México - La plateada corona solar y las rojas llamaradas de las protuberancias no sólo iluminaban el oscurecido manto celeste, irradiaban la mente y el cuerpo de una inquieta niña de tres años que desde ese instante quiso saber qué era un eclipse. Era Deborah Dultzin Kessler, investigadora del Instituto de Astronomía de la UNAM, en el momento en que decidió ser estrellífera, como llamaba a quienes se dedicaban al estudio del Universo. En cuanto aprendió a leer, sus padres alimentaron su pasión comprándole libros que trataban sobre planetas, estrellas y galaxias; el camino estaba trazado y no se equivocó. La doctora Dultzin recientemente obtuvo el premio Sor Juana Inés de la Cruz que otorga la UNAM a destacadas científicas; es investigadora nacional, árbitro de revistas internacionales y pionera, en , en el estudio de los cuerpos más exóticos del cosmos, los agujeros negros.

La atracción —casi gravitacional— que sintió por esos cuerpos celestes se inició cuando estudiaba la licenciatura en física, en la Facultad de Ciencias de la UNAM, donde el doctor Luis Estrada le dió clases sobre la teoría de la relatividad general de Einstein. “Me encantó y pensé que iba a ser cosmóloga (especialistas dedicados al estudio del origen del Universo), pero al efectuar mi maestría en Moscú, se estaban poniendo de moda los hoyos negros, que estudié con el doctor Zeldovich. Cuando regresé a , después de mi doctorado en París, decidí aplicar la teoría aprendida sobre la relatividad y los agujeros negros al estudio observacional de los mismos, de los núcleos de galaxias activas —en cuyo centro se encuentran estos fascinantes objetos cósmicos— y de los cuasares, núcleos de galaxias en formación, que también tienen en su centro un hoyo negro”.

Desde entonces, Deborah, autora de más de 70 artículos, dedica muchas horas a escudriñar la bóveda celeste en observatorios como el Astronómico Nacional (OAN), en la sierra de San Pedro Mártir, en Baja California, el germano-español de Calar Alto, , el Internacional de la Palma, en las Canarias, y el Austral de la Comunidad Europea, ubicado en Chile. “Estar en esos espacios construidos en las cimas de altas montañas, se convierte en experiencias maravillosas; algo, no sé si llamarlo mágico o místico, los envuelve. Cada vez que inicia mi temporada de observación, pienso: este cielo negro repleto de estrellas es mío”, lo que irrefrenablemente la incita a sumergirse en los agujeros negros y los brazos espirales de las galaxias.

Además de haber participado en el descubrimiento de la existencia de dos hoyos negros en el núcleo del objeto celeste denominado OJ 287, y de investigar con otros colegas las propiedades físicas y dinámicas del gas más cercano al agujero negro, Deborah canta en el coro de cámara de la Facultad de Ciencias. “Después de la astronomía, me fascina la música; la clásica, la popular, la folclórica, toda… bueno, el heavy metal no. Pero mi compositor favorito es Schubert, me encantan sus cuartetos y las sonatas para piano del Opus postumo, entre otras”.

El gusto por la música la llevó, años atrás, a tocar el bombo en un grupo de aficionados que estudiaban con René Villanueva, destacado integrante del conjunto Los folkloristas. Y disfruta del baile, “sobre todo de la salsa, el merengue y la cumbia; en las fiestas, no paro”.

La doctora Dultzin es autora, entre otros textos, de Cuasares, en los confines del Universo, libro de divulgación científica que despierta en el lector el gusto por la astrofísica y el deseo por saber más sobre el cosmos. Porque esta científica, madre de dos hijos —Arturo y Esther— y abuela de León, tiene esa fuerza gravitacional que jala a las profundidades celestes.

Fuente: UNAM

Nominada por: Alberto Levy

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