Diario Judío México - Zlata Dunia Feldblum de Wasserstrom, (M. Ourisson) Z”L nació antes de la primera Guerra Mundial en Zhitomir, Ucrania, y creció en París, Francia.

En el verano de 1942 fue deportada con su primer marido, Ariel Ourisson a Auschwitz y su familia a otros Campos de Exterminio (todos menos ella perecieron). Su número de tatuaje era el 10.308. Siendo políglota, fue obligada a ser secretaria de los Nazis.

En la Politische Abteilung, Dunia trabajó en la oficina bajo las órdenes del Unterscharfuehrer Hans Andreas Drasser y el Oberscharfuehrer Wilhelm Boger. Dunia era la intérprete en el kommando para el ruso, ucraniano, polaco, alemán, y francés.

Dunia escapó durante la marcha de muerte y se le liberó en enero 18 de 1945 (día de su cumpleaños), por el Ejército Rojo. Regresó a París, volvió a casarse son Severin Wasserstrom y emigró junto con su marido a . Durante los juicios de Auschwitz* en 1964 en Frankfurt, Dunia fungió como testigo de cargo contra sus jefes.

Su testimonio fue tan impresionante que parte de él se usó por Peter Weiss en su obra teatral La Indagación; y tiempo después Auschwitz, Nunca Jamás de Martín Rivas. Dunia Wasserstrom otorgó el Derecho de autor con la condicion de que un porcentaje, por función, fuese donado a alguna institución.

Dunia fue condecorada por el Presidente de la República Francesa Francois Miterrand como Chevalier de l’Ordre National du Mérite (Caballero del Orden al Mérito Nacional) por pertenecer a la Resistencia Francesa, razón por la que fue deportada a Auschwitz.

Fue muy activa en las organizaciones del Holocausto y ha escrito extensivamente sobre la materia. Sus trabajos publicados incluyen: Les Secrets du Bureau Politique d’Auschwitz, Paris, 1946; Tragedie de la Deportation Paris, 1954; Auschwitz, Hamburg, 1962; El Holocausto, , 1963; A Tale of One January, London, 1966; y Nunca Jamás, , D. E, 1975; entre otros. Regresó como la única sobreviviente de su transporte que constaba de mil mujeres en su mayoría católicas, todas prisioneras políticas.

Dunia fue directora del Museo Judio Historico y del Holocausto Tuvie Maizel, ubicado en la calle de Acapulco número 70 en la colonia Condesa en el Distrito Federal y presidenta del Consejo Mexicano de Mujeres Israelitas. Fué además fundadora (1953) y primer presidenta de la Unión de Sobrevivientes.

 


Fotografía tomada a Dunia Wasserstrom en 1945, después de su fuga

Durante la presentación de su libro “Nunca Jamás”, Dunia nos cuenta lo siguiente:

Llegué a luego de la Segunda Guerra Mundial porque mi marido es ingeniero electromecánico y una empresa para, la cual labora lo mandó aquí. Yo no hablaba nada de español y, desde luego, no conocía a nadie, por eso era muy infeliz; en cambio mi marido se ubicó inmediatamente. Pasaron los años y empezarnos a aprender el idioma español, entonces, en cierta ocasión, fuimos al teatro Hidalgo, nos sentarnos junto a dos mujeres mexicanas, y, mientras mi marido y yo nos comunicábamos en francés, la joven que estaba; junto a mí le dijo a su acompañante. -Mira a francesa tan extravagante, se ha tatuado su número telefónico en el antebrazo; yo me quedé fría al oír eso. Mí marido trató de reconfortarme diciendo que ella no había querido ofenderme, que no sabía de qué se trataba y se acercó a ellas para explicarles. Les dijo que era un tatuaje que los alemanes me habían hecho en un campo de concentración. En ese momento la chica se me acercó llorando, me abrazó, me besó y me ofreció disculpas porque ella no sabía. Dijo que como era joven, no sabía rada de la Segunda Guerra Mundial: eso fue en 1978. -¿Hay muchas como usted, que no saben de qué se trata? Le pregunté. -Un montón; todos los jóvenes -me respondió y agregó: -¿Por qué no escribe un libro?. Cuando regresé a mi casa aquella noche ya traía en la mente materializar la idea de la joven mexicana y como a las once de esa misma noche empecé a escribir el libro. Duré en esa labor tres años.

A continuación un fragmento del libro Nunca Jamás:

“Viviendo en París, siendo una muchacha, me gustaba oír a mi madre hablarme sobre Rusia y el pueblo de Zhitomir dónde yo nací, sobre mi niñera que me amó como si fuera su propia niña, sobre nuestra casa y nuestras propiedades.

Mi madre era una muy buena narradora de historias; escuchándola, yo me transformaba en la Dunia pequeña con ojos grandes, trenzas, feliz y juguetona. Mi madre normalmente empezaba sus cuentos con las mismas palabras: “Esto pasó antes de la guerra” (claro la primera de 1914) o “Esto pasó después de la guerra”. “Mamá, -yo le pregunté una vez-, ¿por qué siempre empiezas tus historias antes o después de la guerra?”.

“Tienes que entender, mi niña -ella contestó- la guerra cortó mi vida en dos partes. Antes de la guerra, -me decía- yo estaba en mi país, en mi casa y hablando mi idioma nativo. Después de la guerra algo de mi misma se fue; yo era una extranjera en mi propia nación. Pero mi niña, no puedes entender”. ¡Pero ahora yo entiendo! Mi vida también ha estado cortada en dos partes: antes de Auschwitz y después de Auschwitz. Cuando en julio de 1942, los Nazis me deportaron de Francia yo no sabía dónde ellos estaban llevándome, ni yo podría imaginar lo que era Auschwitz.

Para una mujer joven, romántica, intelectual, llena de ilusiones, fue un shock tremendo encontrarse de repente delante de otro mundo, entre asesinos. Ya han pasado cuarenta años desde entonces, cuarenta largos años y no puedo olvidar Auschwitz. Su recuerdo no me deja, me acompaña todos los días.

Descendiendo del tren, tenía miedo, mientras viendo a los SS con sus perros y sus gritos, comprendí que Auschwitz era real y no una pesadilla. Cuando vi por primera vez a las detenidas vestidas con uniformes de soldados rusos, pensé que eran prisioneros soviéticos de guerra con las cabezas afeitadas. No tenían expresiones humanas y no parecían mujeres. En un tiempo muy corto yo estaba como ellas.

Describir lo que Auschwitz era, lo que los SS hicieron con nosotras requeriría de un talento enorme, capaz de llevar al lector, acostumbrado a la vida civilizada normal, a un mundo de existencia donde un pedazo de pan, un par de zapatos, un cepillo de dientes representaba la diferencia entre la vida y muerte.

La humillación, la ausencia de higiene, el hambre constante y la sed nos transformaron en seres abstractos. ¿Cómo se puede describir el placer sádico de los SS que apuntaban sus rifles hacia nosotras, divirtiéndose al vernos correr? ¿Cómo se pueden describir los trabajos forzados, el sufrimiento del hambre y la sed, el trabajo horrible en el campo, o mientras dragábamos un lago, vigiladas por los SS y sus perros? ¿Cómo se puede describir nuestra marcha regresando del trabajo, mientras llevábamos los cadáveres de nuestras camaradas asesinadas por los SS? ¿Cómo se pueden describir las barracas sucias, llenas con mujeres hambrientas, desesperadas que sólo anhelan descansar y dormir? Mientras algunas comían sus pequeñas raciones de pan, otras buscaban piojos en sus andrajosos uniformes. ¿Cómo se pueden describir las interminables revistas al alba en la nieve y hielo que duraban muchas horas sin que se nos permitiese mover o hablar entre nosotras hasta que el SS hubiera contado a todos los presos y la cuenta de los que habían muerto durante la noche o los que se habían suicidado, equilibrando sus cuentas con los vivos? ¿Cómo se puede describir el miedo que no nos dejaba durante un solo minuto -ni durante el día ni por la noche- de ser seleccionado por la mujeres SS Drechsler, Irma Gease o Frieda Maloney y ser enviada a la cámara de gas, o de ser torturada y fustigada? A pesar de mis trapos y mi cabeza afeitada (la mayoría de las mujeres no pueden imaginarse ser calvas en una cultura en la que el pelo representa, en una mujer, su belleza; y su pérdida es equivalente a perder la feminidad de uno), yo todavía tenía el orgullo de ser una mujer culta. No obstante mis sentimientos hacia las analfabetas mujeres de SS, asociales, que me rodeaban y me maltrataban, y contra quien yo no podría defenderme, me tenían siempre en jaque.

Mi miedo como intérprete en la Politische Abteilung era constante; ya que si averiguaban que yo no les traducía lo que los prisioneros torturados decían durante los interrogatorios que mis jefes SS hacían, me hubieran matado de inmediato. Mi miedo a esos jefes SS, a las mujeres SS y a los perros nunca me dejó.

Marchaba a trabajar fuera de la oficina… y no sabia si yo volvería por la noche. Las pesadillas que yo tenía durante mis tres años a Auschwitz y muchos años después de mi liberación, cuando yo gritaba y clamaba durante mis sueños, y mi marido me despertaba e intentaba calmarme, mientras me aseguraba que yo estaba en mi casa en París y no en Auschwitz…

¿Cómo puede uno describir las dificultades que yo tenía para reintegrarme a la vida normal, para poder de nuevo comer propiamente con un cuchillo y tenedor; no tener miedo tomar una ducha por el temor que en lugar de agua saliera gas; no tener miedo de hombres uniformes, o de perros… y poder amar a personas, a la música y a la vida misma.

Quién no estuvo en Auschwitz no puede comprender lo que significa recordar el lodo, el cielo gris, el olor de carne quemada que emanaba de los crematorios, las barracas grises, y las criaturas grises como nosotras éramos; el campo de exterminio sin niños, sin árboles, sin flores. Yo me pregunto si los SS comprendían lo que hicieron con nosotras y también me preguntaba quién les dio el derecho para hacer lo que ellos hicieron y por qué. Los libros que mis camaradas de nuestro kommando han escrito deben servir como un libro de texto en todas las escuelas del mundo para que podamos decir que efectivamente los horrores que se describen en ellos son ciertos, y que NUNCA JAMÁS DEBEN PASAR DE NUEVO.”

Dunia Wassertrom falleció el 1 de oct. De 1991 En la ciudad de .

Fuente: Auschwitz, Nunca Jamás, Sitio Web de Martín Rivas.


(*) Juicios de Auschwitz no se refiere a que los juicios hayan sido en esa ciudad, sino al conjunto de juicios en los que se juzgó a los criminales de guerra de Auschwitz. Estos juicios fueron celebrados, según entiendo, en las ciudades de Frankfurt, Cracovia y por supuesto en Nuremberg.

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