Diario Judío México - Eduardo Césarman se había ido a descansar a Puerto Vallarta; se fue a despedir de la vida rodeado de libertad, luz y un aire propicio. Los colores del Pacífico se habían intensificado. A medida que el crepúsculo hacía su aparición, Eduardo, acompañado de Mocita e hijas, se fue a dormir, a descansar y de ese ensueño ya no despertaría.

Cardiólogo, escritor y ser humano fuera de serie, Eduardo fue además aficionado de toda la vida a la fiesta brava. Durante años lo contemplé en su barrera de segunda fila de sombra, escudriñando los secretos de la vida-muerte y su fruto: la belleza. Enigmas que al domingo siguiente comentábamos en uno de los comederos cercanos al coso de Insurgentes con otros “cabales”, incluido su hermano Fernando.

El cardiólogo y escritor Eduardo Césarman Vitis, nació en Chile en 1931 e hizo sus estudios de medicina en la UNAM, donde recibió el Premio Justo Sierra al obtener el promedio más alto de la generación 1949-1954. Se especializó en y en 1960 se incorporó al Instituto Nacional de Cardiología, donde trabajó hasta 1978.

Durante casi medio siglo ejerció la docencia y en la UNAM fue director general de Servicios Escolares (1965-66) y director del CCH (1970). Desempeñó algunos cargos públicos y en su consultorio fue siempre un hombre generoso que se negaba a cobrar la consulta a los intelectuales que, con muy buen tino, suponía sin dinero. En su obra escrita destacan títulos como Parámetros cardiológicos (1968), Aforismos farmacológicos y terapéuticos en cardiología (1970), Hombre y entropía (1974), La vida es riesgo (1978), Orden y caos. El complejo orden de la naturaleza (1982), Termodinámica del corazón y el cerebro (1982), Fuera de contexto (1983), Cuarto menguante (1986), Dicho en (1986), Con alguna intención (1987), Morralla (1989) y Siete obras escogidas (1999),El telar encantado, Como perro bailarín (escrito con otros libros, junto con Bruno Estañol) por mencionar algunos.

Asimismo varios libros sobre su especialidad y una multiplicidad de artículos también referentes a la cardiología. Sus textos en general estaban impregnados de intensidad y calidad ya fuesen de carácter científico o narrativo. Lo que siempre destacaba en ellos era su profundo respeto por el ser humano y por la vida. Los narrativos oscilaban entre un depurado estilo y un estupendo optimismo con el que siempre terminaba apostando por la vida. Algunos como El telar encantando estaban impregnados de ternura y nostalgia, otros de profundas reflexiones, unos más de un peculiar sentido del humor, pero todos, insisto, traducían un gran amor a la vida.

Eduardo fue el prototipo de la congruencia, pues su vida, escritos y práctica médica formaban una unidad, un motor que lo impulsaba a seguir adelante y siempre con un destello por medio del cual se traslucía el goce por la vida y esto resultaba contagioso para sus pacientes, amigos y lectores.

Uno de sus libros, el más breve de todos, Ser médico, debiera ser motivo de reflexión profunda porque refleja la relación médico-paciente. Es una obra que ahora se lee con nostalgia, porque nos acerca a pensar que ese tipo de práctica médica está en vías de extinción. Convencido Eduardo de que lo que en realidad cura o puede producir un cambio sustancial en la calidad de vida del paciente (sin restarle importancia a los avances en la tecnología y en la farmacología) es la calidez que pueda brindarse en el vínculo humano.

Ser médico es un libro que todo galeno debería leer y releer periódicamente sobre todo en la actualidad; donde narcisística y omnipotentemente el médico se apoya en toda la parafernalia tecnológica y se olvida de la “vieja clínica” dicho en el mejor de los sentidos, en la que el médico se acercaba con el cuerpo y con el alma a la enfermedad y al sufrimiento del paciente.

Son muchas las lecciones provechosas que podemos recibir no sólo de ese texto de Eduardo, sino de los demás pero sobre todo de su amor a la vida y del optimismo (para nada negador) de que hay que extraer de la vida lo mejor inclusive hasta del sufrimiento y la muerte. Quizá será por eso que Eduardo Césarman decidió morir cerca del mar y no en un hospital alejado de los suyos y siendo víctima de las “medidas heroicas” que en ocasiones lo que hacen es prolongar de modo innecesario el sufrimiento.

Eduardo Césarman Vitis, falleció el 20 de Agosto de 2004 sobreviviéndole su viuda Esther Kolteniuk, sus hijos y su hermano Fernando. Su otro hermano, –Teodoro – ya se nos había adelantado en el camino.

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