Diario Judío México - La narradora, ensayista, docente, articulista, investigadora, viajera y traductora (Ciudad de México, Barrio de La Merced, 28 de enero, 1930) arriba a los 90 años de edad en total plenitud creativa. Celebra su cumpleaños con la reedición de dos de sus novelas insignias: El rastro (Almadía Ediciones, 2019) y Apariciones (Erdosian Ediciones, Santiago de Chile, 2019). Asimismo, publica un nuevo cuaderno de reseñas y breves ensayos literarios: El texto encuentra un cuerpo (Editorial Ampersand, Buenos Aires, 2019).

“¿Cómo lo ve? Cumplo 90 años y no me lo creo. ¡Qué horror!, ¿verdad? Sigo en mis trajines. Sigo escribiendo tuits, leyendo, escuchando , voy al cine, camino por la ciudad. Estoy contenta, se acaban de reeditar dos novelas mías: El rastro, que salió en 2002 y fue finalista del Premio Anagrama; y Apariciones, que publiqué en 1995, ahora reeditada por un sello de Chile con ilustraciones de Santiago Caruso. También estreno un libro de ensayos, impreso en Buenos Aires, El texto encuentra un cuerpo. Así llego a estas encrucijadas de nonagenaria”, expresó en entrevista con La Razón.

¿Nació usted en el popular Barrio de La Merced en la Ciudad de México? Sí, así es, en la calle Jesús María número 44. Hija de un matrimonio ucraniano-judío que llega aquí en los años 20 después de un periplo por Odesa y Constantinopla hasta México. Mi padre, Jacobo, quería viajar a Estados Unidos para reunirse con su familia ya establecida en aquel país, pero le negaron la entrada y se quedó aquí con su esposa, mi madre Lucía Shapiro.

Cuéntenos de su infancia… Recuerdo poco de La Merced, quizás el retumbo de los gritos de los vendedores lo tengo adentro en esos enigmáticos recodos de la memoria. La vida no fue fácil para mis padres. Cambiábamos de colonia una y otra vez. Del Centro nos mudamos a la Condesa y después a Tacuba, allí transcurrió buena parte de mi infancia. También en La Lagunilla, en la colonia Guerrero, Niño Perdido: recorrimos casi toda la ciudad. Mis padres siempre fracasaban económicamente, teníamos que mudarnos de casa. Regresamos, años después, a la Condesa, cuando yo entro a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

¿Su padre, Jacobo Glantz, era poeta? Aprendió el español y entabló amistad con poetas y artistas mexicanos. Fue amigo de Diego Rivera, Siqueiros y Orozco. Estableció vínculos con la cultura mexicana con mucha avidez. La identidad mexicana borró en mis padres la nostalgia por Rusia, se sintieron de aquí y eso se inculcó en nosotros, en mí y mis hermanas. Mi padre escribía poesía y era un lector muy curioso.

¿Sus padres fueron determinantes en su formación e interés por la ? Concluyentes en mi vocación. Desde niña tuve cercanía con la poesía, la mitología, los libros de viajeros, Faulkner y buena parte de la norteamericana. Hesse, Thomas Mann. Leí La metamorfosis, de Kafka, en la traducción de Borges. francesa, latina y griega. El interés de mis padres por la prescribió mi propensión por la escritura. 

¿Síndrome de naufragios la consolida como narradora? Cuando quise publicar Las mil y una calorías no encontré editor: me vi obligada a sacar el libro por mi cuenta. El reconocimiento inicia con Las genealogías (1981), Premio Magda Donato, y se reafirma con Síndrome de naufragios (1984), que ganó el Premio Xavier Villaurrutia. Pero, reitero, al principio tuve dificultades para publicar mis libros.

¿Erotismo, sexualidad, migración, cuerpo, viaje y memoria, resumen el corpus temático de su obra? Me interesa la búsqueda de lo femenino en la presencia omnipotente de lo masculino. El cuerpo y la sexualidad, lo erótico y la memoria son temas centrales en mis narraciones y ensayos.

¿Judía, católica y transgresora? Católica por unos años: me fascinaron los mártires cristianos que me llevaron a Sor Juana Inés de la Cruz. Transgresora porque me casé a los 20 años con un hombre que no era judío en contra de mis padres. Y judía en esencia, aunque mi relación con la comunidad hebrea ha sido polémica.

¿Bernal Díaz del Castillo, Cervantes, Sor Juana, Kafka, Borges y  Perec, entre otros, como alentadores en usted de una escritura intertextual y fragmentaria? Son autores clave en mi manera de concebir la . Sí, han sido concluyentes en mi talante. Mis libros están edificados bajo el principio o el sentido del texto como un ímpetu que emana, un despliegue anímico que desafía todos los códigos. Georges Perec ha sido fundamental para mí. La escritura como una actividad erótica, peligrosa, provocativa. Agrego a Bataille, al escritor anónimo de Las mil y una noches y a Pascal Quignard.   

Noventa años y está usted vital, guapa y desafiante: impulsada por un ánimo insaciable… No me siento de 90 años. Sé que los tengo: ¡ni modo! Soy más creativa que antes. Fui guapa, lo sé: no supe aprovechar bien esa cualidad; pero, algo me queda. No soy una flor marchita, al contrario. Sólo me preocupa, en esta edad, perder el atributo de lo insaciable. 

“Sufrir y leer”

Por

De muy joven leí varias novelas que me dejaron una honda huella, tan honda que no he podido volver a leerlas porque me hieren. Ni más ni menos, me hieren: producen en mí el efecto que logró producir Stendhal en algunos de sus personajes de las Crónicas italianas. Se trata de una venganza: el asesino a sueldo le dice a la mujer a punto de ser asesinada, colocándole un puñal muy afilado en el pecho y hundiéndoselo con delicadeza: “¿Duele?”. El rictus del sufrimiento de su cara es la respuesta más correcta. El condottiero va hundiendo el puño poco a poco, con deleite, el sufrimiento va creciendo, la violencia es lenta y perpetua y el lugar donde el puñal deja la huella es indeleble. […]

FRAGMENTO DEL LIBRO El TEXTO ENCUENTRA UN CUERPO.

 

FuenteLa Razón
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