Diario Judío México - En las primeras palabras de un texto algunos escritores cifran la esencia de su relato. El término con que se designa la apertura de este ajedrez narrativo se llama incipit. La palabra proviene del latín y quiere decir inicia. Algunos de estos arranques ya forman parte del imaginario colectivo como es el caso de La metamorfosis, de Kafka: “Al despertarse una mañana Gregorio Samsa, después de un sueño nada reparador, se descubrió a sí mismo convertido, dentro de su propio lecho, en un gigantesco insecto”.

En el cuento El armario, Alberto Moravia nos trae uno de los incipits más inquietantes: “Maté a mi marido por error, o sea, bromeando. Le apunté con una pistola que creía descargada y apreté el gatillo mientras le anunciaba: –Voy a matarte ¡Pum!”

Las primeras palabras de esta colección de poemas de Sara Robbins me parece que también cifran la clave para recorrer el libro (Siempre hay alguien que ve. Textofilia, 2018). Se trata de la experiencia de casi ahogarse en el mar, de perder piso y de cómo marca a la poeta esta experiencia fundacional.

“De súbito
un mar enmascarado de quietud
me retiró su piso de arena”
(…)

“Recé para mis adentros:
aguanta,
rezo que he repetido
desde niña.”

Y este es el leimotiv que recorre el libro: cómo se enfrenta la vida cuando se pierde el piso. Y hay varias formas de pisos con las que nos vamos a encontrar. Una de ellos es el piso del calor familiar. La atenta niña observadora apunta el frío del padre y la poca capacidad de cobijo que tenía la madre. Escribe:

“Papá,
tormenta devastadora,
dolía oírlo,
dejaba marcas en la piel
y llagas por dentro.”

Y sobre la madre:

“Mamá,
sábana diurna,
transparente, deshilada,
echada a un lado, inasible.
Sólo de noche, ya dormidos, intentaba cobijarnos.”

Estamos hablando de un libro que requiere la posibilidad de una doble mirada. En Siempre hay alguien que ve, aparecen los ojos de una niña atenta, acompañada de los ojos de la narradora que se ve a sí misma en la infancia. Esa doble mirada le permite tanto a la niña como a la escritora apreciar lo que se podría haber quedado en el olvido o fuera de vista. Este es un ejercicio difícil que sólo la perspectiva del tiempo puede dar. No se trata de un intento de recriminación sino de simplemente constatar lo que debe quedar registrado. En la novela Una historia de Amor y oscuridad, el gran Amos Oz a quien recordamos con gratitud, plantea que él sólo la pudo escribir cuando llegó a la edad en la que pudo ver el pasado y pensar a sus padres como si hubieran sido sus hijos. Con esta distancia, los puede observar con cierta compasión (“siempre hay alguien que ve”) para registrar lo que pasó sin una pizca de ira y de amargura, sin ahogarse.

Los poemas de Sara se adentran en el exilio consciente de la propia casa. La niña observa a una madre deprimida y a un padre de disciplina rígida que infunde temor y frustración y desparrama su depresión en el sofá de la sala. La niña ve más de lo que creemos que no puede ver, observa atentamente todo, entiende todo, sabe leer los silencios en las miradas de sus padres. No queda más que salirse de casa, huir de la casa de los gritos –aunque está en casa–. Esto tiene que ver con una estirpe de desarraigo como la de Salman Rushdie. En el libro de ensayos Pásate de la raya, Rushdie confiesa que su primera experiencia literaria se vincula a una imagen que lo marcó: las zapatillas rojas de la película El mago de Oz. El novelista plantea que el momento más emotivo de la cinta trata sin duda de la alegría de marcharse, de dejar la grisura y entrar en el mundo de color que implica una nueva vida. Rushdie dice que la canción Sobre el arco iris es el canto al yo desarraigado, debería ser el himno de todos los emigrantes del mundo, de todos los que van en busca de otro lugar. Escribe Rushdie: “Oz está en todas y cualquier parte, salvo en el lugar del que salimos”. El sueño de partir de casa es tan poderoso como el sueño arquetípico de encontrar las raíces. Y Rushdie elige a la imaginación y a la literatura como el hogar que construye día a día, el lugar en donde más allá de consideraciones utilitarias y pragmáticas, podemos decirnos cosas sobre nosotros mismos que no oímos de nadie más.

En este marco, podemos ver a través de los poemas de Sara a una niña que, ante la imposibilidad de construirse lejos de los pleitos, teje otra mirada. Escribe Sara:

“Horas enteras pegada
a la ventana de mi cuarto,
recreando caballos voluptuosos,
duendes,
animales extraños,
cómplices y aliados
en mi huida de la casa de los gritos”

Y se pregunta extrañada:

“¿Se irá de mí
aquella niña
que poseía la entrada
a ese mundo paralelo
lejos de los pleitos?”

Y esa niña está desdoblada en un vaivén que la retorna al presente. Escribe en el poema La mosca:

“Pego mi cara la ventana,
observo el jardín,
la copa de los árboles, el pasto crecido,
tanto verde contrastando
con las hortensias lilas y las azaleas
blancas, rosas y naranjas.

Me entra el deseo casi vehemente
de abrirla y salir también volando.

Partir de casa sin que se den cuenta,
volver después de unos días
como mosca,
pegar mi cara la ventana desde afuera,
observarlos a todos y darme cuenta
si me han echado de menos, si les hago falta.”

Estamos hablando de un exilio en donde estamos y no estamos. Vuelvo al mago de Oz, en este caso el novelista israelí recién fallecido: “Cada uno de nosotros es una península, con una mitad unida a tierra firme y la otra mirando al océano. Una mitad conectada a la familia, a los amigos, a la cultura, a la tradición, al país, a la nación, al sexo y al lenguaje y a muchos otros vínculos. Y la otra mitad deseando que la dejen sola contemplando el océano”.

Y hay una mitad que requiere de la necesidad de ser vistos, de que alguien nos observe en medio de nuestra extranjería, que al mismo tiempo permite ver lo que otros no ven y oír lo que otros no quieren escuchar. Hay quien se pone audífonos para negar el ruido, los insultos y la indiferencia que tanto lastima.

Y, sin embargo, siempre hay alguien que ve, es el sino del poeta y del artista que tiene una especie de lentes bifocales: No puede dejar de mirar el infierno, pero tampoco puede dejar de ver el horizonte de la imaginación, nuestro pequeño cielo.

Por un lado, el ojo de Sara trata de ubicar sus propios puntos ciegos para asomarse sin aspavientos a la tragedia propia. El poeta Nathan Zachs decía que una cosa es lo que pensamos que deseamos y otra lo que realmente pensamos y deseamos. Aquí se encuentra justamente la tragedia: en los puntos ciegos que repetimos o se nos repiten con nuestros seres más queridos.

Esto está bien apuntado por Fabio Morábito en la contraportada del libro. Plantea que a pesar de lo que creemos, siempre alguien descubre lo que intentábamos ocultar y sopesa nuestras acciones desde un ángulo distinto al nuestro. Lo interesante es que la poeta justamente se abre a esta perspectiva que a veces tratamos de ocultar en torno a nuestros propios dramas. Sara misma, en el vaivén del pasado y el presente, tiene la fuerza para asomarse al lado oscuro de sí misma, para sopesar sus acciones desde un ángulo distinto al que solía tener. Esto implica un enfrentamiento con la soledad, con los temores y pesadillas más recónditos: ¿Cuánto daño le hemos causado a otros? ¿Qué tipo de escombros hemos provocado en la gente más cercana? ¿A quién le hemos movido el piso?

Se amontonan los fantasmas y hay una búsqueda de volver a tierra firme que es muy difícil de lograr ya que implica deshacerse del pasado y “sólo uno sabe en casa propia lo que sobra”. Y eso toma cuerpo, en los poemas de Sara, en el ámbito de lo cotidiano real y simbólicamente verdadero, cuando nos habla de algo tan concreto como la renovación de una casa y de sentir que el camión de la basura se lleva objetos que han formado parte de nuestra identidad. Estamos ante el problema de tirar el pasado y desprendernos de aquello que ha constituido nuestra vida. Y de nuevo surge la canción del desarraigo y se asoma

la búsqueda de la libertad, de la resistencia a la presión del orden de un mundo que protege del caos pero que no permite tocar la vida y que la vida nos toque.

Sara se ve a sí misma, ve a la niña Sara que está a su lado en la escuela secundaria y con humor advierte que, en medio de un mundo de cabelleras impecables, ella tiene una alborotada y desgreñada melena. Cuando sus compañeros de escuela vivían el culto a las estrellas y cantantes de moda, a ella no se le daba eso. Sólo tenía un póster de los Monkees y la mirada atenta a cómo la miraban, a cómo era vista en escuela y también estaba atenta a “cómo no ser vista en casa, entre gritos y pleitos”. La salida de Sara, así lo escribe: “Me aficioné a mirar al cielo”. Ahí está la mirada de lentes bifocales: la pesadilla y el cielo.

Siempre hay alguien que ve. Como decía Antonio Machado: “El ojo que ves no es

ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve”. Hay una doble perspectiva que tiene varias cajas de resonancia. Por un lado, la niña que está viendo todo y observa todo atentamente, por otro lado, la escritora que está viendo a la niña que de alguna manera, también la está viendo,  y por otro lado, algo que siempre nos observa, como en los cuadros de Remedios Varo, en donde en una pared hay un hueco desde donde nos ven y que recuerda al ojo omnisciente de Dios ante Caín, la admonición bíblica de Dios que le pregunta a Caín: “¿Dónde está tu hermano?”. Cuando Caín se siente observado, responde: “¿Acaso soy el cuidador de mi hermano?”. Tiembla al saber que siempre hay alguien que ve.

Y vaya que con esa sensación se pierde el piso. ¿Cómo enfrentar el temblor ante la mirada de lo Otro, del otro, del que fuimos, de nosotros mismos? De lo que se trata primeramente es de no ahogarnos. Fabio Morábito señala que Sara “escribe no para curar sus heridas o congelar algún tiempo feliz, sino, más sencillamente, para no ahogarse y poder regresar cada vez sana y salva a la orilla, un poco más fuerte, y un poco más consciente de ser quien es.” Y ahí aparece la resiliencia, el profundo esfuerzo por entender y decodificar un mundo. Esfuerzo de niña y de mirada curiosa que todavía mantiene Sara cuando se pregunta cómo se resguarda a los seres queridos y cómo es que el otro también nos puede resguardar. Si como planteaba Sartre, “el infierno son los otros”, resulta que en la mirada del otro –paradojas de los lentes bifocales–, podemos llegar a la orilla. Por eso la mirada nos destruye y nos salva, por eso hay miradas que nos sostienen y buscamos también el ojo del otro para ver si ahí podemos encontrarnos. Por eso, ante la falta de incondicionalidad que nos deja frente al dolor de la separación y la soledad, la plegaria de Sara es la siguiente:

“Me aferró al mantra de tu nombre,
me colmo de él y trato de apaciguarme.
En cada letra y cada pausa,
la magia del pensamiento:

que mi plegaria
llegue a tus oídos,
sordos de mi voz y mi presencia,
antes de que se acabe tu reserva de mí
y antes de que el dolor
de no tenerte a mi lado
me ampute
una a una
cada letra de tu nombre.”

En el fondo de esta colección de poemas de Sara Robbins está la búsqueda del silencio que permite ser visto, ser respetado por el otro. En medio del apresuramiento de las relaciones interpersonales que no permite ver a quien tenemos enfrente, trata de salir al encuentro con otras miradas. Sara conoce –como lo asienta en uno de sus poemas–, la virtud de saber escuchar y de sospechar que toda la vida está entrelazada. Así, en las cosas más simples, como el acto de podar el pasto y de su obsesión por dejar todo al ras, imagina que el perdón que le da a unos cuantos “melenudos”, que los pequeños indultos que hacemos en los actos cotidianos responden a un indulto por todas las veces que fue absuelta o que recibió una gracia inmerecida, porque “de ser segada se ha salvado sin una razón precisa”.

En medio de la soledad y de la erosión que deja el paso del tiempo –retratados con fiera puntualidad– descubre que en la intimidad del desarraigo se trenzan diálogos secretos con el pasto, con las moscas y con los amigos. Se construye la casa de la poesía.

Para mal y para bien siempre hay alguien que ve lo que creemos que nadie vio, nos dice Sara en el poema que cierra y da título a este libro. Y sí, ahí está el robo subrepticio o un abuso entre cuatro paredes, que finalmente tiene testigos con minúscula y tal vez con mayúscula, y  también está la mirada fraterna fraguada en una tertulia en donde un grupo de amigos poetas aprendieron a verse mutuamente y para quienes no pasa inadvertida una niña y una mujer que llega sana y salva a la orilla, no con los Monkees sino con Los Beatles, With a Little help from his Friends, y con una profunda búsqueda del canto que se abre paso desde la poesía del exilio interno. Ya tendrán los lectores la oportunidad de mirarla y admirarla desde las páginas de este libro.

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José Gordon (México, D.F., 1953). Novelista, escritor de ensayos y traductor. Su trabajo en la televisión como conductor del Noticiario cultural 9:30 y del suplemento literario Luz Verde, en Canal 22, fueron calificados por el escritor Augusto Monterroso como "dignificantes del periodismo cultural".

Es autor, entre otros libros, de Tocar lo invisible, una exploración de las posibilidades que abren el arte, la ciencia y la imaginación; la novela El libro del destino, considerada por el suplemento cultural El Ángel como uno de los tres mejores libros del año 1996.

José Gordon escribe la columna de ciencia y arte en la Revista de la Universidad, espacio en donde también publica sus entrevistas; es asesor de la revista Muy Interesante que edita sus reflexiones sobre las paradojas del conocimiento científico y poético. Ha iniciado ya una serie de cápsulas televisivas llamadas Imaginantes; y en el Canal 22 actualmente conduce y dirige La oveja eléctrica, revista de ciencia y pensamiento.