Diario Judío México - Cuatro días después del fallecimiento de la socióloga y educadora Irene Majchrzak ocurrido el 25 de Febrero de 2011 en Varsovia, se supo la noticia en . Aparte de los datos escuetos en las páginas culturales de los diarios nacionales, pocos, muy pocos, hicieron eco sobre la pérdida de esta mujer a la que Tabasco –especialmente- y el mundo le deben tanto en la educación indígena.

En Tabasco dejó una huella muy importante entre los jóvenes y niños chontales para los que creó un sistema especial de lecto-escritura a partir del nombre propio, un sistema con el que revolucionó la alfabetización que luego perfeccionó y aplicó en su país natal con los niños y jóvenes gitanos.

Este artículo nos cuenta cómo la autora ideó el método Alfabetización a Partir del Nombre Propio gracias a un encuentro con una niña indígena, chontal, que se llamaba Simona, en el estado mexicano de Tabasco. Posteriormente, describe las diferentes etapas del método.

De acuerdo con los pocos datos biográficos que se tienen a la mano, Irena Majchrzak nació el 26 de septiembre de 1927. Su nombre fue Ida Englard Moskowicz; durante la ocupación alemana de Polonia cambió a Irena Kisielewska, nombre que legalizó después de la guerra. Cuando se casó con Ryszard adoptó su apellido Majchrzak.

Ida nació en Kielce, pero su acta de nacimiento dice Piotrków, Polonia. En Piotrków ella creció en casa de abuelos paternos de tradición judía Jasídica, en una casona de cuatro pisos, en uno de los cuales su abuelo ciego de hermosos ojos azules presidía sobre su familia extensa y rezaba el Modé Aní todas las mañanas y cantaba anunciando el sabath incluso cuando los alemanes ya habían acordonado su casa y el gueto, sentenciando a todos a morir.

Por ser judíos.

La historia trágica de los pueblos de centro Europa durante la segunda Guerra Mundial, particularmente del pueblo polaco, es horrífica; pero la masacre de los polacos judíos en particular, es una carnicería o una cacería de humanos que yo en mi corazón nunca pude encontrarle explicación ni perdón: durante el periodo de la alianza soviético–alemana y entre septiembre de 1939 a junio de 1941, alrededor de 200 mil ciudadanos polacos fueron asesinados y más de un millón desplazados a los Gulags soviéticos y a Auschwitz donde decenas de miles más murieron al arribar.

Después de la ruptura del pacto soviético–alemán la ocupación alemana de Polonia obligó a los judíos polacos a residir en guetos donde otras decenas de miles más morirían de hambre y enfermedades. El 12 de octubre de 1942, la noche anterior cuando Hans Frank, gobernador general, dio la orden de “resolver” el problema judío del gueto de Piotrkrów, Irena con 15 años y su hermana mayor Alice (y su madre posteriormente), cruzaron con terror y frío los límites del gueto para acogerse con las Hermanas de la Caridad en Ignaców donde las monjas las escondieron.

Toda la familia extensa de Irena que permaneció en el gueto de Piotrkrów murió; algunos, como su padre, por enfermedad antes de ser trasladados, y otros, como su abuelo de ojos azules, gaseados por los alemanes en Treblinka. Ida se convirtió en Irena (el nombre de la monja que le escondió en Ignaców) así como su hermana mayor renació Alice Miller en Francia y después Suiza: dos hermanas judías que sobrevivieron con nombres no propios e identidades incompletas no menos porque la sociedad polaca y centro europea de la posguerra tuvo a la bestia del antisemitismo suelto incluso después que el nazismo alemán ya había sido derrotado. El exterminio del pueblo judío marcó la vida y porvenir de Irena y por eso una insistente broma suya nos provocaba una risa triste: ¿dónde quedó el “judío rico” que me estaba destinado? preguntaba Irena. Ninguna de las dos verbalizamos la respuesta: él seguramente murió en Treblinkla.

Llegó a en 1968 con su esposo, embajador de Polonia aquí, con el que también visito y vivió en Cuba. Como buena mujer polémica e inteligente, en la isla -cuentan quienes la conocieron- causó ámpula pues criticó algunas taras del sistema y además se solidarizó con los jóvenes disidentes.

Tras la separación con su esposo, regresaría a invitada por el entonces director del entonces Instituto Nacional Indigenista (INI), Salomón Nahamad, para hacer un estudio sobre la situación de la educación indígena desde Chihuahua hasta Yucatán.

Cuando abandonó su matrimonio y se trasladó a en 1981 lo hizo con alivio y desmemoriada. Ni Polonia, ni polacos, ni su cultura judía, ni su bautismo católico salvífico, ni su paso equivocado por el PC polaco, ni sus amores goym pasados, tenían pertinencia bajo el cielo mexicano. Mientras permaneció en , su “patria” (ella decidió) sería solo su hijo Marek y retornaría a él incluso sí él residía en Polonia.

Tras recorrer el país entre los años 1980 al 83 redactó un informe a manera de cartas –tal como lo hacían los antiguos viajeros que recorrían el continente- que luego se conocieron bajo el título Cartas a Salomón. Por cierto, en dos de ellas habla de Tabasco y en otra del entonces director del INI Tabasco Andrés Manuel. Ese libro llegaría a las manos de Julieta Campos, escritora y esposa del gobernador tabasqueño Enrique González Pedrero, quien la invita a venir a Tabasco para estar a cargo de la educación indígena en nuestro estado.

En la carta sobre Tabasco señala las duras condiciones de los niños indígenas en los albergues donde se quedaban de lunes a viernes para poder ir a las escuelas: insalubres y atiborrados. A su llegada es lo primero que cambia, platica el escritor Ramón Bolívar quien la conoció de primera mano.

Mucho antes de que creara y pusiera a prueba el sistema de lectura y escritura que inventó, ella y su equipo adoptaron de entrada el método Montessori y los niños pasaron de no poder leer a los mejores de sus grupos.

A los niños no solo se les enseñaba a leer y escribir, el sistema era más complejo. Entre otras actividades, hasta los albergues llegaban científicos, cuentacuentos, músicos y pintores de la ciudad de , incluso de otros países, el más conocido fue Leandro Soto.

Majchrzak se mantuvo en Tabasco durante el sexenio gonzalespedrerista. Aquí, a partir de su trabajo diario y la convivencia crea su sistema de alfabetización a partir del nombre propio. Este descubrimiento se dio gracias al encuentro con una niña indígena de nombre Simona en la comunidad de Guaytalpa. La niña tenía 10 años ella 56. Es la primera vez que enseña a leer y escribir a alguien.

En 1987 se va de Tabasco y se publica el libro “Posdata” donde platica su experiencia en tierras chocas, se queda unos años en la ciudad de México, pero su proyecto sigue creciendo, se perfecciona, y lo lleva a Polonia su país natal, donde padeció la Segunda Guerra Mundial y perdió a casi toda su familia.

Durante muchos años visitó México, y estado como Oaxaca, Tabasco, Yucatán y por fin, se retiró definitivamente a su país, donde su sistema se convertiría en un libro fundamental para la Comunidad Europea. Algunos especialistas la ponderan como una pedagoga a la altura de Montessori y Piaget.

Hubo aquí en Tabasco un tiempo donde la realidad y la imaginación incidieron. El campo de acción las tierras indias. El espacio, las más sencillas y frescas champas. Y así empezó todo. Junto a cada albergue indígena, una champa (esbelta y tupida palapa circular hecha de guano). Se trataba de integrar a los niños indígenas Chontales, Zoques, Choles; a su realidad propia. Se trataba de evitar el aislamiento de los niños que se dan la espalda, siempre. Se trataba de propiciar el encuentro, el aprendizaje de la fraternidad, de mirarse cara a cara, siempre.

Desde aquellos remotos sitios se inicia una experiencia que no tiene precedente: el arribo del método Montessori integrado al aprendizaje de los niños indígenas de Tabasco. Se adaptó este sistema educativo a materiales de su propia tradición. El instrumental didáctico se confeccionó en su totalidad con maderos, troncos, semillas, chinas, petate, cañitas y guano. Con la supervisión de guías altamente capacitados se facilitó el aprendizaje impartido en las escuelas. El proyecto de implementar un hecho así, se debió a una mujer rubia llegada desde un remoto y frio sitio del continente europeo: Irena Marchrzak. De Polonia era. Y claro, bajo la mirada sabia y dulce de Julieta Campos.

De aquel laboratorio de creatividad donde incidieron los más variados especialistas –pedagogos, psicólogos, antropólogos, músicos, astrónomos, artistas plásticos, danzante, editores, escritores; y, un larguísimo etcétera-, surge también, azarosamente, un nuevo método para enseñar a leer y escribir. El hallazgo se lo legó Simona. Simona era una niña chontal del poblado de Guaytalpa que no lograba comprender cómo apropiarse del mundo de las palabras. Las letras de su nombre hicieron el milagro. Leer se hizo emoción al identificarse con su propio ser. Y es entonces así, cuando la palabra adquiere dimensiones de vida.

La experiencia compartida duró largos cinco años. En 1988, casi al finalizar el régimen de Enrique González Pedrero, se reimprimió su libro conteniendo las reflexiones que sobre la indianidad mexicana escribiera en sus CARTAS A SALOMÓN, mismo, que incluía un suplemento: “Posdata desde tabasco”. En esa segunda parte, a manera de una extensa entrevista, Irena me expuso los avances hasta entonces logrados con su nuevo método: los juegos y ejercicios complementarios de alfabetización a partir del nombre propio. Ni un ápice había sido modificado de su brillante rostro. Sus ojos iluminaban cada página. La sonrisa como de niña cabalgaba a lo largo de su exposición eminentemente pedagógica. A varios sexenios de distancia (en México, el tiempo se mide por sexenios), habría que preguntarse el por qué de un proyecto de desarrollo tan apegado a la realidad y tan vinculado a la vida cotidiana de nuestra gente, merecería llamarse una utopía. Ciertamente.

“Y no escribo más. Sólo diré que hay personas que nunca se han ido, pues permanecen en ese tiempo sin tiempo, íntimamente ligado a la memoria nuestra. Gracias. Gracias por permitirme incidir en tu propio tiempo, en ese profundo tiempo que en lo más hondo de la memoria colectiva, soterrado permanece. Y como nota final, diré: El método de alfabetización a partir del nombre propio lo exportaste con enorme éxito a tu país, Polonia, convirtiéndose en un modelo pedagógico del entonces naciente Estado. Hace unos días recibí el envío a través de un amigo –el joven Doctor Rafael Mondragón Jr.-, que con antelación te visitara en Varsovia-. Y dice más que mil palabras. Es un bello libro de tu autoría, con aquél método descubierto aquí bajo el candente sol de estas tierras bajas, adaptado claro está, para enseñar a alfabetizar a los grupos de bailaores y cantaores gitanos, los segregados también de la otra patria; tuya, nuestra. Y pienso en ti, a pocas horas de tu último viaje.”

Ramón Bolívar

“Mientras, se propuso vivir bajo este cielo sin mesuras ni límites a su imaginación y con total pasión por el ritual del universo indígena mexicano. Los indios, me decía, finalmente son tan huérfanos como yo. Aquí nadie puede dejar de ser distinto porque los que lo intentan, decía sonriente, se desdibujan trágicamente en nada y no queda nadie para preparar el huitlacoche, sembrar de incienso la milpa y prender la veladora. En México la pertenencia se reclama sencillamente porque uno está en este suelo asoleado.

“¿Te das cuenta Ani la bendición que es este sol mexicano?” decía “ilumina y calienta también para mí sin que tenga que ser ni judía ni polaca ni mexicana”. El arrojo que le caracterizó convertía lo desconocido, paradójicamente, en lo único que le resultaba familiar. Ella andaba siempre perdida incluso en su propia casa y perdida también en estepas y pantanales entre pueblos indígenas que recorrimos juntas pero transformando la experiencia misma de extrañeza en momentos de felicidad. Desorientada era su orientación. Por eso le he pedido a su hijo Marek que guarde para mí ese colgajo de llaves que pendía de su cuello porque fue a mi a quien esas llaves le abrió las puertas de su habitar desmemoriado. Ella nunca sabía cual llave abriría la puerta ni qué se iba a encontrar del otro lado. Marek, su hijo, su patria de llegada, desde Varsovia me avisó que el 25 de febrero Irena murió hospitalizada. Ella y yo habíamos hablado unas semanas antes cuando me pidió que fuera a Varsovia “mientras todavía puedo reconocerte como la persona que amo”. Irena me avisaba así que se iba ausentar, que se estaba ausentando. A las 12 del día del lunes 28 de febrero, Marek enterró a su madre en el cementerio judío de Varsovia. ¿Te acordaste Marek de vestir a Irena con una túnica sin bolsillos y acostarla en un ataúd amplio y sencillo para que cupieran a su lado todas sus ingeniosas ideas y buenas acciones? Yo guardo desde el día de su muerte un shivá privado y guardaré, como corresponde a un familiar, los 30 días de duelo, shloshim. Y tengo prendida una veladora mexicana porque el alma de Irena merece la gracia enaltecida que pide al Sin Nombre el Kadish que rezo todos los días en su memoria.”

Anamaría Ashwell

Fuentes: http://basica.sep.gob

http://impreso.milenio.com/node/8922832

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