El libro Autores Judeoconversos en la Ciudad de México es una obra erudita, mas no es una obra que deba quedarse en los estantes de las bibliotecas sin ser leída, pensada y valorada por todos. En sus 150 páginas los lectores poco conocedores de la realidad de los judeoconversos podemos reconocernos entre los detractores o entre los infractores.

Conocí a la Dra. Linda Dabbah de Lifshitz en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, cuando ambas éramos estudiantes. Nos reconocimos vecinas de la zona norte de la Ciudad de México y sonreímos. Asistimos asiduamente a las cátedras de nuestros sabios maestros de quienes bebimos las letras: abrevadero, crisol, fuente de luz. Ambas devorábamos los textos de las materias de la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas, hacíamos listas interminables de los libros que debíamos adquirir y de los que compartiríamos, aunque el Diccionario de Lingüística de Jean Dubois fue muy difícil dividir; pensamos que si una se quedaba con la parte de la "A" a la "M" y la otra con el final del abecedario sería ésta una solución salomónica pero un tanto impráctica y un mucho antiacadémica. Bromeábamos frente a situaciones como éstas y otras como la de poner nombres a los profesores, algo que hemos hecho todos los estudiantes de todos los tiempos. Fue una época intensa y divertida.

Después de terminar los estudios y tras un año de posgrado, debido a circunstancias personales y familiares, Linda dejó el Colegio de México para luego continuar y concluir la maestría y el doctorado en Letras en la UNAM. Sus estudios de la literatura judaica, principalmente la escrita por mujeres, la han llevado a participar en congresos nacionales e internacionales y a recibir invitaciones para publicar en revistas especializadas, pero lo más importante es que Linda ha conservado la capacidad de expresar su asombro, inquietud, dolor, ternura, admiración y respeto por las comunidades judías que han experimentado los horrores de la humanidad a lo largo de los años.

Linda Dabbah y Becky Rubinstein ofrecen, en este libro, la semblanza y las vicisitudes de 11 escritores, scholars (en el sentido más amplio) en los tiempos de la Colonia y sus posibles encubrimientos debido a sus orígenes judaicos.

Dos razones me motivaron a leer la obra de Dabbah-Rubinstein. La primera, como lo he mencionado, mi entrañable amistad con una de las autoras; la segunda surgió cuando vi en el índice la semblanza de Sor Juana, mi amada monja jerónima. Y como se habrá de imaginar, miré dos veces el título y corrí (en sentido recto, además del figurado) a leer lo que de ella se decía en relación con un posible origen judío.

Los nombres de algunos de mis autores preferidos, como el de Juan Ruiz de Alarcón, revoloteaba en incesantes dudas, confabulaciones y vínculos adheridos a una o varias familias judías. Ahí estaban Fray Bernardino de Sahagún, Fray Bartolomé de las Casas, Fray Diego Durán y el sabio, amigo íntimo de Sor Juana, Carlos de Sigüenza y Góngora, entre otros.

Al apresurarme, decía, a la lectura de las biografías y eventos narrados por las autoras, comentados hábilmente con datos certeros y hondamente documentados, mi sorpresa iba en aumento.

Dabbah-Rubinstein señalan con mesura y gran cuidado las implicaciones de una obra de esta naturaleza con lo que los lectores de todos los tiempos hemos considerado o mejor dicho dejado de considerar; las autoras se han cerciorado de ciertos hechos y relaciones judaicas con los otrora conocidos cristianos y lo hacen citando fuentes altamente confiables como Carlos González Peña e Irving A. Leonard, entre muchos otros literatos, estudiosos versados en temas de la literatura colonial.

En sus disquisiciones, Dabbah-Rubinstein apelan a la verdad, al descubrimiento y a la razón. Han manejado un excelente aparato crítico y una metodología basada en juicios factuales. La indeterminación de algunos pasajes de las obras escritas por los autores estudiados, como es el caso de Sor Juana en su famoso poema: "al no ser de padre honrado",

El no ser de padre honrado
fuera defecto, a mi ver,
si como recibí el ser
de él, se lo hubiera yo dado.

las autoras ligan de manera coherente y sistemática las asunciones referidas al posible origen judío, lo cual permite a los lectores (y nos obliga) a mirar, remirar, dudar y entrever el tejido tenue y sutil pero firme y rotundo del encubrimiento que ellos mismos hicieron para salvarse de la Inquisición y de los detractores.

Sor Juana deseaba, por alguna razón, atenuar la importancia del "Asbaje", colocándolo en segundo término por su origen supuestamente vasco (el cual era un código conocido para converso) y por tanto de procedencia "sospechosa". (p. 116).

Algunas prácticas religiosas o la recurrente negación de las mismas trepida en el discurso retórico o poético de los autores analizados.

La mirada artera de Dabbah-Rubinstein logra el convencimiento del lector en su reiterada alusión, referencia virtual, al mundo judaico, el cual ellas bien conocen, poniendo al descubierto lo que para los lectores es novedad sorprendente.

No se puede negar la alienación de quienes temían verse descubiertos y acusados, como tampoco se puede negar el dolor y la tristeza que circunda el hecho de desvelar un problema que nos concierne a todos: persecución, escarnio, mentira, acusación, sometimiento, amargura, muerte.

Las obras pertenecen a sus autores y a su tiempo, son producto irreductible de la realidad que se vive, del pasado y del presente y en el caso de los autores judeoconversos, de la realidad que se espera transformar en libertad de pensamiento, de palabra y de acción.

Nos encontramos frente a un material que es un hito en la historia de la literatura novohispana. Hay muchos hallazgos, demasiados como para reducirse en tan breve espacio. Sin embargo, las autoras han dejado una brecha abierta para que las nuevas investigaciones iluminen el camino de la verdad.

El trabajo de las doctoras Dabbah y Rubinstein es una de esas lecturas que convulsiona, es una de esas obras que nos obliga a todos los seres humanos a reconocer y respetar la dignidad y la labor de escritores que deben enarbolar la bandera única del talento y la sensibilidad sin importar razas o creencias.

La literatura es una; el idioma, la edad, la época, la latitud, la religión o el origen, son solamente marcos de su representación. Finalmente, las obras de estos autores judeoconversos han quedado para la posteridad y para ser vistos con los ojos de la literariedad[1] más que con los ojos criminales del poder.

* Dra. Susana Arroyo-Furphy
Investigadora, The University of Queensland, Australia.


[1] Si se admite -lo que no es necesario- que el discurso literario constituye una clase autónoma en el interior de una tipología general de los discurso, su especificidad puede ser considerada o como el objetivo último (que no se logrará sino por etapas) de un metadiscurso de investigación, o como un postulado a priori que permite suscribir por adelantado el objeto de conocimiento buscado. Según R. Jakobson, quien ha optado por esta segunda actitud, el objeto de la ciencia literaria no es la literatura sino la literariedad, es decir, lo que autoriza a distinguir lo que es literario de lo no-literario.

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