Libro: “De héroes y mitos”, de Enrique Krauze

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Libro: "De héroes y mitos", de Enrique Krauze

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libro-krauze2De héroes y mitos es un ensayar la historia desde distintos puntos de partida: ora con la excusa de un héroe, ora de un periodo, ora de algo más conceptual, o simplemente a partir de la aparición de algún libro que llama a comentario. Se trata de una colección de ensayos impulsada por tres motores: decir lo que la historia ha sido para entender el presente y pensar el futuro, revisar y autocriticar algunas ideas que el propio Enrique Krauze ha venido barajando desde hace dos décadas y, finalmente, cimentar un presente democrático en la autocrítica y la reconstrucción de lo mejor de la mitología patria. Una propuesta, pues, que por sugerente se impone y por política se expone.

De académicos y cosas peores

Como es claro aquí y allá en De héroes y mitos, al historiador Enrique Krauze lo ponemos de muy malas los profesores pedantes, escolásticos y liosos, nosotros los incapaces de hablar como Dios manda a quien Dios manda, es decir, al lector común, a la conciencia histórica con mayúscula. Krauze no nos quiere, a nosotros, los que escribimos para el colega del despacho de enfrente. Y tiene razón: somos unos impresentables, siempre a la caza del tenure, del sni, de lo que con anticuada sensualidad llamamos estímulos, de los dineros para viáticos y fotocopias. Siempre tan entreverados con las teorías de moda, los lenguajes privados de revistas especializadas y mundillos académicos. Como Gabriel Zaid, ese otro gran crítico de los académicos, Krauze expone nuestra insensatez con peculiar mala leche. Leer los párrafos de historiadores académicos que reproduce De héroes y mitos da tanta o más vergüenza que descubrirse en las fotos ambarinas con vela y Biblia en mano. Yo soy de esos que escriben kilos de similares párrafos, en inglés y español, y como tal me siento aludido pero doy por bienvenida y necesaria la crítica de Krauze.


Es más, debió haber sido más duro, pero para ello De héroes y mitos hubiera tenido que hacer un acto de contrición y otro de confianza. El de contrición hubiera sido aceptar que, para libros como este, nosotros, los académicos aburridos, somos como el aceite de hígado de bacalao, es decir asquerosos pero en extremo nutritivos. Varios ensayos del libro existen gracias a que unos pesados como uno sacaron los datos de archivos y bibliotecas oscuras; unos tediosos que, aun cuando damos la lata con nuestras interpretaciones, hemos producido la información y las pistas de las que inevitablemente se nutre De héroes y mitos. Para algo, pues, servimos.

Y el acto de confianza era simple: De héroes y mitos podía haber confiado en que también se van al cielo todos los profesorcitos buenos; es decir, que los de adentro de los mundillos universitarios somos capaces de autoironía y burla. Porque si de criticarnos se trata, Enrique Krauze hubiera encontrado que en las universidades están los críticos más agudos de nuestras formas de conocimiento histórico. David Lodge, Daniel Bell, Simon Schama, Richard Morse o Beatriz Sarlo, Luis González, Guillermo Sheridan, Edmundo O’Gorman… todos son o fueron profesores, académicos que lo mismo se embarcaron en largas y tediosas investigaciones como hicieron la mejor crítica de lo que entendemos por historia o por el oficio de académico o historiador.

Lo que duele es el amor mal correspondido: Zaid o Krauze nos desquieren. En cambio, entre nosotros, los profesorcillos, hay muchos que nos nutrimos de ellos. Amor con amor no se paga, una lástima.

Del estilo personal de ensayar

El origen de varios de los ensayos incluidos en De héroes y mitos radica en la autobiografía del biógrafo Enrique Krauze. También es claro que el anclaje autobiográfico sostiene una sana línea autocrítica del libro que, después de todo, vuelve a los temas que Krauze empezó a tratar en la década de 1980. Así, de su sociabilidad mexicana nacionalista, de sus lecturas de adolescente, de escuchar La Hora Nacional, de recorrer como hijo o como padre los lugares de memoria mexicanos, de todo ello, Krauze deriva no solo una crítica a lo que él denomina la “historia de bronce”, sino un reajuste de sus propias visiones anteriores sobre, por ejemplo, México como país carlyleano o sobre lo atinado del diagnóstico de Cosío Villegas en 1947 –con aquello lapidario de: “todos los hombres de la Revolución mexicana, sin exceptuar a ninguno, han resultado inferiores a las exigencias de ella; y si, como puede sostenerse, éstas eran bien modestas, legítimamente ha de concluirse que el país ha sido incapaz de dar en toda una generación nueva un gobernante de estatura”. Acaso hace dos décadas a Krauze le había seducido el Carlyle enamorado del Dr. Johnson, pero al Krauze de hoy le resulta impresentable el Dr. Francia de Carlyle, ese déspota paraguayo que era como el Dionisio de Siracusa, un tirano indispensable y por ello heroico. Krauze, pues, baja del pedestal no solo a los héroes de la historia nacional, sino a los de las historias que él ha contado. Enhorabuena.

Por hablar de la historia mexicana en clave bíblica, Krauze parte de lo que, el lector asume, debe ser un atesorado relato familiar: el niño de la familia responde al patriarca del clan explicando el Haggadah –la liberación de la esclavitud del pueblo judío en Egipto. Y el niño saca a cuento aquello de Moisés, Dios y las plagas pero bellamente edulcorado con el islote, el lago y el nopal, sin faltar el águila y la serpiente. Y de ahí Krauze avanza una lucidísima explicación de la historia mexicana en clave bíblica –de cómo cronistas, historiadores o indígenas leían su pasado, a ratos como simples descendientes de la tribu perdida de Israel, a ratos en metáforas sacadas del viejo y nuevo testamentos. Lo mejor es que Krauze es abierto; habla de esas vivencias personales, de familia, y con ello comprueba lo que Marc Bloch sugirió en aquel lindísimo ensayo escrito desde las trincheras de la resistencia francesa: quien escribe historia siempre está delineando los contornos de su sombra. En efecto, la buena historia sale como el buen güisqui: con el sabor de la barrica.

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