Diario Judío México - Hoy me he aventurado en el mundo real, el mundo en el que otras personas habitan. Vi a esos pequeños niños cuyas caras no se atreven a mostrar. Esas hermosas y amplia almas inocentes que no pidieron nacer, pero que piden ser amados de todos modos, que posan para la cámara con las sonrisas más anchas y brillantes, que no puedo compartir con ustedes. Y aquellos con lágrimas en los ojos por razones que simplemente no quieren saber.

Pero aquí, en este rincón de su mundo real, tan cerca y tan lejos de los señores de la droga, la prostitución, los adictos y los alcohólicos, los niños están a salvo, alimentados y abrazados. Ellos juegan en el sol visto por los ángeles en el cielo, y los ángeles que se preocupan por ellos aquí en tierra firme.

He colocado corazones sobre sus caras al igual que colocaron sus caras en mi corazón hace unos años, la primera vez que llegué a este lugar y fui introducida a un universo paralelo donde lo “normal” para ellos, era mi peor pesadilla. Incluso la mano abajo de una camiseta, que una niña lleva con mi nombre, está desgarrada y desvanecida – tal vez es la única camiseta que esta niña tenga…

La vida es dura en las calles de Lod, la capital del crimen en Israel pero aquí, al menos, los más pequeños son amortiguados de las crueles realidades. Ellos juegan, ellos aprenden, duermen. Los buenas personas los alimentan de comida sana y montones de amor, limpian sus narices y besan sus lágrimas. Buenas personas, héroes anónimos que piden tan poco y sin embargo a quienes les debemos tanto.

Es un gran nivelador, una lección de humildad que todos necesitamos. Nosotros, que tenemos suficiente, que tomamos tanto por sentado, no podemos dejar de ser conmovidos por estas historias, las del equipaje de cada uno de estos niños que llevan con ellos a través de las opciones de vida de sus padres. Debemos recoger las piezas, hay que reparar. Nosotros realmente, simplemente debemos.

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