Benny Laniado. Presidente de CADENA

ATACAMA CROSSING es un ultra maratón por etapas: Se recorren 250 km en seis días, con tiempos límite, autosuficiencia y supervivencia, a través del Desierto de Atacama en la Cordillera de los Andes, que es el desierto altiplánico más árido del mundo, de grandes temperaturas, con salares, dunas, montañas, cañones y una topografía dura de vencer. Cada participante lleva consigo todo lo necesario para cruzar el desierto, un poco de comida, botiquín de primeros auxilios, diversos artículos de supervivencia como brújula, linternas, espejos, sleeping bag. Todo esto forma parte de los diez kilos que cada quien debe llevar sobre la espalda.

Éramos 150 participantes, de diferentes países del mundo, algunos con mucha experiencia y otros menos, pero todos con gran espíritu y valor. Muchos me preguntaban. ¿Por qué haces eso? Yo creo que es algo que todos los seres humanos tenemos por naturaleza. Son esas dos fuerzas que llevamos dentro: por un lado la necesidad de conquistar la cima, triunfar, llegar a la meta, vencer… Por otro lado, está la fuerza espiritual que nos vincula con lo más trascendente y, a la vez nos alimenta el alma, que nos conecta con aquello que no entendemos bien, y necesitamos tanto, aquello que llamamos D’os.

Desde el principio hasta el final, esta prueba requiere de todo tu ser y te demanda muchísimo, en todos los sentidos. Así es cómo te enriqueces. Es como una simbiosis total, pues necesitas llevar al máximo: FÍSICO, MENTE, EMOCIONES Y ESPÍRITU. Éstos son los cuatro pilares fundamentales del hombre, es así cómo un hombre forma su carácter. Alinear estos cuatro elementos es la llave a la plenitud personal. Atacama es un gran laboratorio para llevarlo al extremo. La simbiosis está en que mientras más llegas al límite más creces de manera integral.

Es difícil explicar qué es lo que me motivó a participar. Creo que es el conjunto de todo. Atacama es uno de los terrenos más salvajes y más hermosos del mundo, aislado de todo. Además del encuentro total con la naturaleza, llega el momento en que te percibes a ti mismo como parte del paisaje. El convivir con la naturaleza en su máxima expresión, el reto de llevarme al límite por tanto tiempo, con tantos factores que resolver, estar solo conmigo mismo y conocerme más, creo que se puede definir todo con una sola palabra: CRECER.

Hasta ahora me pregunto cómo lo logré, sin duda la preparación fue muy importante. Tuve que acostumbrarme al peso de la mochila sobre la espalda pero creo que lo más difícil fue decidir a qué consejos hacerles caso y a cuáles no. Para los primerizos como yo en esta disciplina las dudas en verdad son un problema. Pero ya en el terreno, la mente fue lo más fundamental, la única que te puede llevar hasta la meta.

Lo físico hace su parte cuando los músculos y las articulaciones duelen y dicen “basta, no doy un paso más”. Las ampollas no te dejan pisar sin dolor. Entonces, toca el turno a las otras tres partes hacer su trabajo.

En tu mente te puedes inventar lo que sea para seguir. Por ejemplo: te repites una y mil veces “ya falta poco”, pero la verdad es que, después de unas horas, se da cuenta que NO falta tan poco. Algo que me ayudó bastante fue enfocarme simplemente en llegar al siguiente puesto de control, donde recibiría agua y cálidas palabras de aliento. La carrera se convirtió en llegar sólo a la siguiente estación de la mejor manera posible. Eso me fue llevando de uno al otro y, cuando me di cuenta, ya llevaba yo 40 Km y sólo faltaban cinco para llegar al campamento. Así fue cada día, un día a la vez.

Realmente, así se vive la vida, por etapas. De esta manera se puede ir llegando a las metas sin caer en el pánico de todo lo que nos falta aún por recorrer. Hay que ponernos metas parciales o “puestos de control” alcanzables y tratar de llegar a cada uno de ellos de la mejor manera posible. Cuando menos te das cuenta, ya alcanzaste lo que primero pensabas que era imposible.

De esa manera dejé de temerle al camino largo y a todo lo que me faltaba por recorrer. Empecé a disfrutar el momento, al aquí y el ahora. Los kilómetros se acortaron, el dolor disminuyó, y el tiempo se volvió idílico, un estado del ser.

Aprendí en carne propia lo que dijo Nietzsche “La persistencia es el camino más seguro al éxito y radica en ir por el camino con un rumbo fijo, sin desviarse ni a la derecha ni a la izquierda, por más prolongado que éste sea.”

Para ser persistente hay que ser paciente y para ser paciente hay que estar determinado, para ser determinado hay que tener confianza en ti mismo. El reto está en construir este círculo virtuoso.

La mente es el filtro de todo, puede dejar pasar pensamientos que vulneren tus emociones o que las refuercen e inyecten de energía. Es vital entrenar a tu mente a rechazar cualquier idea negativa. Aun en situaciones claramente negativas.

Las emociones también juegan un papel fundamental. Pues tu estado de ánimo tiene que ser positivo, no puedes dar paso a la desesperación, ni a la tristeza. Tienes que hacer que el dolor se quede en dolor y no en sufrir. Para ello puedes utilizar varias manifestaciones de felicidad, como cantar o recordar buenos momentos con las personas que más significan para ti.

En mi caso, fue muy importante pensar en mi esposa Hilda y en mis hijos, Yosef, Galit y Eitan, que son mi por qué y mi fuente de inspiración. También pensaba en mis padres, sus fortalezas, sus enseñanzas, su determinación. Mis hermanos, amigos y maestros, compañeros todos en este viaje que es mi vida

A todos ellos les dediqué la aventura. Y me repetía constantemente: “No les puedo fallar, ellos nunca me han fallado.”

Como resultado del equilibrio entre físico, mente y emociones, sucede de repente que estás en un estado de gran espiritualidad y trascendencia. Agradeces a D’os por el privilegio de estar allá, solo con la naturaleza, que también estaba sola antes de que llegara el hombre. Cuántos miles de kilómetros que no han sido pisados por el hombre, que de seguro son fuente de la energía que pone en marcha a todo el planeta. Por cada paso que das, cada almendra que te comes y cada trago de agua que tomas, te sientes bendecido. Nunca había sentido nada igual.

También recibí grandes sorpresas no esperadas, regalos del destino, que alimentaron todo mi ser.

Me tocó la fortuna decompartir mi casa de campaña, “Paruma”, con gente maravillosa que se convirtieron en mi familia de inmediato. Ellos hicieron que mi reducido espacio vital de 1x2 mt fuera acogedor y cómodo. Risas, anécdotas, consejos para curar ampollas, ronquidos, etcétera, hacían que llegar al campamento fuera realmente un momento especial cada día. Era aquilatar el logro alcanzado y prepararse para uno más duro al otro día.

De mi cabaña nadie se queda a la mitad. Se arrastran, pero llegan. Nos vemos a la noche”. Así nos decía Pancho todas las mañanas antes de arrancar. Estaba también Eitan, mi gran compañero, cuya cara de tranquilidad cada día nos sorprendía, porque llegaba más rápido y más entero que el día anterior. Todos ellos son grandes seres humanos, singulares, juntos creamos un micro clima allá dentro, de verdadera hermandad que espero conservar por siempre.

Si en algún momento mi mente comenzaba a quejarse, solo hacía falta encontrarme o recordar a Vladimir, un compañero brasileño que quedó ciego a los 34 años por un accidente. Él corría la carrera más ágil y más fuerte que la mayoría de nosotros. Cada vez que nos encontrábamos en el camino, a medio desierto, me sonreía, me contagiaba su entusiasmo y compartía su agua.

Vladimirme dejó una enseñanza para toda mi vida. Me di cuenta que la voluntad y el espíritu humano es ilimitado, que el que quiere puede, y el que no puede es porque no quiere, que la felicidad radica sólo en uno mismo y no depende de nada ni de nadie más.

El segundo día de la carrera, cuando íbamos por adentro del rio, me tocó hacer un rescate a un competidor de origen alemán que se lastimó el tobillo. En la operación me cansé un poco y perdí bastante tiempo, pero me sentí orgulloso de mí mismo. Ese orgullo me duró toda la semana y me ayudó a terminar la carrera, además de dejarme una buena anécdota para toda la vida.

Cada día que logras llegar al campamento te hace más fuerte, no solo porque falte menos para terminar sino porque te das cuenta de que sí puedes, tu cuerpo, tu mente tu corazón, tu alma se acostumbran al entorno, a no dormir, no comer, y seguir adelante, te asombras de ti mismo de cómo puedes llevar tu vida entera en una mochila en la espalda.

Qué tan poquito se necesita realmente para sobrevivir. Qué tan frágiles somos y dependientes de tantos elementos. El hombre debe saberse y sentirse majestuoso entre todas las criaturas del mundo y el más humilde de entre ellas a la vez.

No me cansé de admirar el paisaje que íbamos recorriendo, rodeados en todo momento por la Cordillera de los Andes, con algo de nieve, los salares, difíciles de cruzar, las dunas de arena, los pisos fracturados por la temperatura, kilómetros y kilómetros que parecían más el planeta Marte que la Tierra, lagunas de sal, ríos secos con arcilla negra y demás. Todos estos paisajes alimentan tu alma a través de tus pupilas, te hacen olvidar el dolor, el cansancio, el calor.

Y cómo no recordar el momento para mí más especial: el quinto día, los últimos diez km de los 76. Decidí apagar mi linterna y recorrerlos a la luz del manto de estrellas infinitas, el cielo más hermoso que jamás había yo visto, el desierto, la vía láctea, la nebulosa de Magallanes, Alfa Centauro, todas las constelaciones se quedaban quietas, viendo pasar estrellas fugaces. Y yo, recorriendo los últimos10 km del día, la carrera prácticamenteestaba por terminar. Y decidí bajar el ritmo y disfrutar, hablar, cantar, reír y llorar por última vez, agradecer a D’os por lo que estaba viviendo y había vivido esa maravillosa y sufrida semana.

Trato de guardar en mi memoria esos momentos de soledad y compañía, para recrearlos una y otra vez y nunca olvidarlos.

Hacer esta carrera por una causa lo hizo todavía más trascendente. En CADENA juntamos dinero para regalar filtros de agua, para apoyar a familias en caso de un desastre natural, para garantizarles la supervivencia mientras pasa la crisis. Es así que logramos la simbiosis, al utilizar este reto de crecimiento personal haciendo a la vez altruismo y ayudar a la gente.

Tras el paso de las Tormentas “Ingrid y Manuel”, las cuales dejaron a miles de damnificados, agua contaminada y pérdida de sus pertenencias todo esto tomó un sentido. Se entregaron 120 filtros a 120 familias, centros comunitarios y escuelas en la Costa de Guerrero. Ahora estas familias podrán salir de la emergencia teniendo acceso al agua limpia, y así a la vida.

Sentí un gran orgullo y honor al representar a CADENA, justo en esta carrera, donde se trataba de enaltecer el espíritu humano, por medio del sacrificio, el empeño, el trabajo, la disciplina, el compromiso, la camaradería, el amor propio y amor por lo demás, amor y respeto por la naturaleza, así como la búsqueda del equilibrio en su relación con el hombre. Estos son valores intrínsecos que componen los ideales de GRUPO CADENA.

El ser humano se enorgullece de hacer cosas que otro ser humano dice que es imposible de hacer. Por ello, mientras más ardua la tarea, más brillante es el éxito.

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