Diario Judío México - Queridos amigos:

El símbolo más distintivo de , la Sucá, nos demanda la necesidad de retornar a nuestra humildad, a nuestro vínculo con la naturaleza, a nuestra pertenencia a un mundo al que somos tantas veces indiferentes y fríos. La Sucá, en su fragilidad, nos devuelve a nuestra propia fragilidad humana, a una interioridad conectada y vinculada profundamente con nuestro cuerpo, y con el cuerpo viviente de la Creación como un todo. Aquellos de entre nosotros que hemos sido alguna vez sorprendidos por una buena lluvia entre las débiles paredes de la Sucá, experimentamos una mezcla de gozo, por una parte – debido a la presencia de semejante expresión natural en medio de nuestra celebración -, y de desconcierto, por la otra – causa de la falta de control del medio que nos rodeaba -.

La Sucá puede transformarse, no obstante, en un símbolo exactamente opuesto al descripto: una expresión de profunda fortaleza, de asertividad, de un compromiso que refleja el espíritu férreo de un pueblo en la unión con su Dios. Esta simbología no es inherente a la esencia de la Sucá como tal, sino al acto físico de construirla, de levantarla contra viento y marea, y a todo precio.

Hubo muchas épocas, períodos completos, en los que erigir una Sucá significaba un peligro concreto para los judíos de diferentes regiones del mundo, cuando la presecución a nuestro pueblo era constante, y comprehendía todos los aspectos de la vida (persecusión física, y económica). Sin embargo, y más allá de las consecuencias posibles, las pequeñas y grandes comunidades de nuestro pueblo continuaron construyendo sus , sus pequeñas cabañas de la Fiesta de la Alegría (HeJag[1]), desafiando con ello a quienes quisieron imponernos una parálisis conducente al renunciamiento de nuestra fe, o, peor aún, a la muerte espiritual. Más allá de las amenazas; más allá del peligro, las débiles representaban la fortaleza de un pueblo que se resistió a la discriminación, a la opresión y al oprobio, y que construyó, con ello, una actitud que logró nuestra permanecia en el tiempo – y, con ella, la de nuestros mensajes eternos –.

Esa actitud, ese espíritu, es lo que sostiene hoy a nuestro bendito Estado de . Jag  es también Jag Haasif[2], la Fiesta de la Recolección de los últimos frutos de verano de la Tierra de . A pesar de los peligros existentes – especialmente para los agricultores de las tierras lindantes con la Franja de Gaza, amenazadas por los misiles asesinos y los globos incendiarios de la organización terrorista Hamás -, nuestro país planta y cosecha, crea y prospera. La Sucá y la cosecha – ambas expuestas, ambas débiles – se transforman, con nuestra acción, en fuente de fortaleza y de expresión de vida, resistencia, compromiso y, en última instancia, continuidad judía y nacional – levantando con ello otro estandarte de los muchos de este milagroso Estado Judío -.

Quiera Dios que la alegría, el gozo y el regocijo ingresen con intensidad en nuestros corazones en esta Gran Fiesta de . Quiera Dios que las amenazas, los peligros y las angustias que nos acechan desaparezcan del horizonte nacional, comunitario y personal, devolviendo a la Sucá a su simbología esencial – el retorno a nuestra naturaleza, a nuestro espíritu, a nuestra fragilidad -. Y quiera Dios que todo el Am , el Pueblo Judío, multiplique sus acciones de dicha, en la celebración conjunta, significativa y trascendente de sus Grandes Fiestas.

Que este les traiga incontables alegrías,
gozo y esperanza.

Con nuestros mejores deseos,

¡Jag Sucot Saméaj!
¡Jazak ve’ematz!

RABINO CARLOS A. TAPIERO
Vice-Director General & Director de Educación
Unión Mundial Macabi


[1] Vayk. XXIII, 39, 41; Bamid. XXIX, 12; Dev. XVI, 14; I Mel. VIII, 2; Yejez. XXXXv, 25; Nej. VIII, 18.
[2] Shemot XXIII, 16.