Diario Judío México - Hay una frase que a Paloma le gusta decir: “lo hice porque no sabía que era imposible”, y me parece que en este proyecto Paloma volvió a aplicar tan sabia, atrevida y productiva máxima.

TIERRA PARA ECHAR RAÍCES es un libro inusual, dirigido simultáneamente a la mente, a los ojos y al corazón. Es un libro que trata sobre la muerte, pero que celebra la vida, un libro cuya lectura no entristece al lector, sino que lo enriquece. Es un honor para mí tener la oportunidad de compartir con ustedes mis impresiones de él.

Las tumbas judías existen desde hace cuatro mil años, desde que el patriarca Abraham compró Meharat Hamajpelá para enterrar ahí a su fallecida esposa: Sara. La Torá no detalla cómo eran las casas de los Patriarcas, ni tampoco dónde exactamente rezaban, pero sí describe con minuciosidad la adquisición de la tierra para enterrar a Sara, y su ubicación. Nos dice explícitamente que ahí fueron sepultados también Abraham, Itzjak, Rivká, Yaacov y Lea. Dentro de los muchos viajes que realizaron nuestros padres, el cementerio familiar fue un lugar al que siempre regresaron. Y sin embargo, por miles de años no se les dio a los cementerios una mirada analítica e inquisitiva.

Pero la judía cultiva el arte de la paciencia, y los cementerios judíos finalmente comienzan a ser abordados con interés (aunque aun mezclado con recelo). Antes de dárseles esta atención, tuvieron que coincidir muchos factores: el desarrollo de la investigación especializada de la judía, la historiografía contemporánea que privilegia a todo lo que nos rodea como fuente de , la existencia de una generación calificada, cuya situación le permite las pesquisas intelectuales, y posiblemente en primer lugar, el surgimiento de una generación heredera de abuelos sin tumba, y de sepulcros abandonados.

Es así cómo en los últimos años han surgido algunos libros que dirigen su mirada hacia los cementerios judíos. Primero una mirada tímida: libros de fotografías sin texto, más que estudios, testimonios de su existencia.

Con el tiempo, se han publicado libros que se atreven a un poco más, como circunstancias de su creación, explicaciones de las inscripciones en las lápidas. Quizás debido a su relación simbólica con el Holocausto, la mayoría de estos libros tratan acerca de Europa. (Aunque también existen algunos acerca de ciudades específicas de los Estados Unidos).

Mientras que los rituales relativos a la preparación del cuerpo y al entierro han sido básicamente iguales desde época de la Mishná, hace casi dos mil años, los cementerios han sufrido transformaciones a través de la , como reflejo de su entorno general y de las condiciones de vida de los judíos que los establecieron. De manera que cada cementerio judío tiene una propia que contar. Una de continuidad e innovación, de tradición y adaptación.

Es por ello que la de la comunidad judía de exigía una propia de sus cementerios, un estudio atento y cariñoso, que nos diera pistas para comprendernos mejor. TIERRA PARA ECHAR RAÍCES cumple magníficamente con estas necesidades al tiempo que nos introduce al quehacer inteligente y creativo de varios intelectuales judíos mexicanos que aun tienen mucho por aportar.

Me atrevo a afirmar que éste es el libro más completo que existe hoy acerca de cementerios judíos. La iniciativa y la promoción de Perla Yeger, así como la coordinación editorial de David Eskenazi fueron realmente atinadas. Perla tuvo la valentía de impulsar un tema muy difícil de tratar adecuadamente y la inteligencia de rodearse de las personas más talentosas para realizar el trabajo.

Este ambicioso proyecto, dirigido por Paloma Cung Sulkin, incluye investigación histórica, que nos remonta a los diversos lugares de origen de nuestra comunidad pero que al mismo tiempo señala el continuum histórico de nuestras tradiciones, investigación contemporánea de los usos actuales; oral que humaniza e individualiza todo lo expuesto; fotografía de una belleza y sensibilidad realmente impactante; y como cereza sobre el pastel, estudios de genealogía y de epigrafía judía.

Quisiera yo mencionar brevemente los temas que abarca: Incluye una presentación histórica de la liturgia que rodea al entierro, al cementerio y al comportamiento de los deudos. Nos relata la evolución histórica de los panteones en , Europa, el Oriente y en . Nos explica de manera concreta y sencilla el origen de las leyes y las costumbres funerarias judías. Estos rituales tienen una fuerza muy particular: reconfortan al que sufrió la pérdida de un ser amado dándole una estructura, un orden, a los momentos más caóticos. Las explicaciones de Paloma ubican a todo este proceder dentro de su contexto halájico e histórico y nos ayudan a entenderlo.

Escribe Paloma que “El judaísmo no venera la muerte ni es importante en sí misma; se le valora únicamente en función de la vida y de lo que ésta significa. La muerte contamina al cuerpo y lo vuelve impuro, por lo que tiene que ser enterrado con celeridad; sin embargo, es digno de un profundo respeto porque alojó la vida de un hombre” p 26

Es así como el cuerpo humano es tratado con una gran reverencia aun después de la muerte, pues fue el receptáculo temporal de una chispa divina. Uno de los aspectos que más me impresionó dentro de esta exposición, fue la delicadeza con la que los miembros de la jevrá Kadishá, las sociedades que se ocupan de preparar al fallecido para el entierro, se comportan: se le lava con agua limpia y tibia, nunca se le deja totalmente descubierto, para no ofender a su pudor, nunca se pasan objetos de uno a otro por encima del cuerpo, pues sería una falta de respeto, e incluso no se dicen bendiciones frente a él, para no hacerlo sentir mal pues él ya no puede decirlas. Estos detalles de sensibilidad extrema, nos permiten entender por qué todos los actos relativos a una muerte son llamados Jesed shel Emet, son gentilezas verdaderas, de generosidad extrema, otorgadas a quien ya no puede corresponderlas. El primero caso de nuestra fue cuando el patriarca Yaacov, en su lecho de muerte, pidió a su hijo Yosef que hiciera con él Jesed veEmet, enterrándolo en Meharat Hamajpelá, al lado de sus padres.

De forma característica en el judaísmo, el realizar estas labores de bondad pura ennoblece a quien las hace, y los testimonios del libro dan fe de la manera en que trabajar en la Jevra Kadisha, dándole dignidad a los muertos, simultáneamente dignifica su propia vida.

Me cuenta Paloma que cuando comenzó a trabajar en el libro, la reacción de las personas, unas veces ambivalente, y otras francamente negativa, le hizo cuestionarse el tema profundamente. Después de analizarlo, llegó a la conclusión de que al realizar este libro, estaba honrando la memoria de todos los muertos, y estaba dando el honor que merece cada jevra Kadisha. Paloma sintió que estaba haciendo con ellos una mitzvá, y eso le dio fuerza para entregarse de lleno. Ahora bien, las ideas suelen tener vida propia, y curiosamente, desde que comenzó este proyecto, el tema de los cementerios, que por tantos años ha sido prácticamente tabú en , ha estado más presente en el pensar colectivo.

Después de educarnos didácticamente acerca del proceso de la Tehará (purificación del cuerpo), Paloma nos explica las reglas del entierro y el duelo, recordándonos que el leit motiv doble de todo el proceso es el Kavod Hamet (el respeto al muerto) y el Kavod hajay (el respeto al vivo). La halajá, los rituales y la tradición acogen dentro de su seno a los deudos, para cargarlos, guiarlos, reconfortarlos y eventualmente reintegrarlos paulatinamente a la sociedad.

Acto seguido, Paloma nos ubica dentro del desarrollo específico del panteón de cada uno de los sectores que integran a la comunidad judía mexicana.

Ordenándolos de manera cronológica por su fecha de fundación, nos escribe acerca de los panteones en la Ciudad de : el de Monte Sinaí, el Ashkenazita, el de la comunidad Sefaradí, Maguen David, Bet El, Beth , y en provincia: Venta Prieta, Guadalajara, Monterrey y Tijuana.

No se trata tan sólo de un recuento de la fundación del cementerio y sus características. Esta es una pequeña gran historia comunitaria, pues Paloma ubica a cada uno de estos panteones dentro del contexto histórico de la comunidad que lo estableció, nos explica los orígenes de la comunidad, por qué y cómo fue creado el panteón y cuál ha sido su desarrollo. Cuáles son las particularidades de cada sector, cómo lloran a sus muertos y qué comen cuando están de duelo. Nos presenta la historia de cada grupo de manera respetuosa, cuidadosa y afectiva, dejando hablar directamente a los protagonistas. No emite juicios de valor ni críticas.

Paloma escribe con gran fluidez y claridad, pero mis párrafos favoritos son aquellos en los que se asoma su alma de poeta, como cuando escribe: “Las comunidades judías a lo largo de la historia han hilado fino una trama que comparten, y una urdimbre elaborada de colores locales que las distingue. Comparten un alma de aliento divino y una carne fraguada por el sol tropical”. p 280

Acompañando y enriqueciendo al trabajo de investigación, está una espléndida historia oral, realizada por Mónica Unikel Fasja y Paloma. Las citas de deudos, Jevrá Kadishá, Rabinos, son un ornato del libro que transforma toda la experiencia de la lectura. La humanizan, le ponen nombre y apellido, nos la traen hasta la casa. La amplitud de las entrevistas abarcadas es muy extensa, incluye a miembros de todas las comunidades y a todos aquellos que están relacionados con una muerte judía, desde los meseros que acostumbran trabajar en las casas durante los días de la shive, hasta a los encargados de cuidar las tumbas. Ciertamente ha sido un gran acierto del libro dar tanta importancia al individuo y a sus vivencias personales, en este tema tan marcadamente personal.

La fotografía, presente desde la portada hasta el final del libro, no es sólo un acompañante, es también un protagonista. Claudia Nierman es una artista, y sus fotos nos permiten ver la realidad a través de sus ojos perceptivos. Descubre un detalle que nos podría haber pasado desapercibido y lo amplifica hasta obligarnos a mirarlo con atención y ver toda la belleza y el significado contenido en él. Sus imágenes de tumbas con magueyes o con buganvilias, son especialmente entrañables, y dicen en un mirar lo que tomaría mil palabras explicar.

La exposición histórica es seguida por un capítulo de “Legados Éticos”, que nos recuerda una vez más que el enfoque de este libro es hacia la vida, pues se trata de la herencia más importante que nos pueden dejar nuestros padres: lecciones para el buen vivir.

Como coronario, el libro termina con dos apéndices. El primero, de Laura Pomerantz, trata sobre la herencia visual e iconográfica de los panteones judíos, y enriquece nuestra comprensión de las lápidas al explicarnos el significado de sus emblemas y al ligarlos con una tradición milenaria, y cito “El cementerio, con su simbología intrínseca funge como testimonio de una memoria colectiva” p. 332

Como gran final, el artículo de Alejandro Rubinstein se refiere a la genealogía y epigrafía judía. Y cito: “al recibir el abrazo de la tierra sólo queda la memoria, lo etéreo, y al mismo tiempo lo permanente más allá de la materia: el nombre” p 337. El epitafio grabado en la Matzevá, nos dice Alex, “es el que pretende definir, de manera certera y en escasos vocablos, el devenir y la obra de una persona” p. 342. Alex nos explica con acierto e ingenio la relevancia y el significado de lo grabado para eternidad en las tumbas, así como las características particulares que integran a una lápida judía en , ubicada dentro de su contexto histórico.

Como todo buen trabajo de investigación, TIERRA PARA ECHAR RAÍCES nos abre el apetito. El libro provoca preguntas que habrá de investigar, pues es mucho lo que podremos aprender de un estudio detallado de las tumbas en nuestros panteones: orígenes geográficos e ideológicos de la comunidad, desarrollo del idioma preponderante, tendencias demográficas y geográficas, sincretismos y persistencias. La buena noticia es que el equipo que nos ha regalado este excelente trabajo está en plena forma!

El contacto con la muerte que nos aporta este libro es la manera más benigna que puede haber para que revaloremos nuestra vida. Recordar que la muerte está al final del camino de cada uno de nosotros, nos hace apreciar más la travesía. Por eso la denominación tradicional de los cementerios: Beit Hajaim: la casa de los vivos, no es sólo un eufemismo, es un llamado a la vida, como lo es esta obra.

Se dice que comprar la parcela en el cementerio donde uno habrá de ser enterrado, es un buen augurio para una larga vida. Pienso yo que lo mismo aplica con la compra de este espléndido libro…

La adquisición de libros por el momento es a través de Paloma Sulkin 5290 3827 Cel: 55 2653 8725

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