Hace pocos días falleció Jonathan Sacks, quien fuera Chief Rabbi de la British Commonwealth. Además de rabino, poseía un Ph.D. en filosofía, fue nombrado miembro de la House of Lords, recibió numerosos doctorados Honoris Causa de múltiples universidades, escribió decenas de libros y artículos, etc.

Lord Dr. Rabbi Jonathan Sacks (en el futuro omitiré sus títulos, para facilitar la lectura) vino a México hace casi dos años a impartir varias conferencias que fueron, para sorpresa de muchos, extremadamente exitosas. Se esperaba una asistencia de 300 personas a cada una de sus conferencias y esa expectativa fue ampliamente rebasada. Parte del éxito se debió tanto a la buena publicidad que los organizadores llevaron a cabo previamente, como a la publicidad negativa que algunos le dieron. Como dice el dicho: “No hay publicidad mala”.

Pero no fue la concurrida asistencia a sus conferencias lo que impactó a buena parte de la comunidad judía mexicana, especialmente religiosa. Años antes, el rabino Dr. Isaac Betech logró llenar casi todo el Auditorio Nacional; Rav Shteinman y Amnón Yitzjak también convocaron cada uno entre 2 y 3 mil personas al Centro de Convenciones Banamex. No, el impacto de Jonathan Sacks en México fue, sin que él lo planease o desease, cualitativamente distinto.

Jonathan Sacks sedujo a un grupo minoritario —pero creciente en número y en influencia— de religiosos que por primera vez escucharon una Torá que sí les hablaba a ellos por su calidad intelectual. Gran parte del discurso religioso que impera en clases y conferencias de México es —y ha sido, salvo excepciones—, un discurso destinado a dar “jizuk” a los que ya son religiosos, ignorando así a más del 70 % de la comunidad que les cuesta trabajo entender sus ejemplos, sus modismos lingüísticos, sus interesantes historias que distraen del argumento de sus exposiciones. Este tipo de discurso hace creer que el judaísmo es para los religiosos —no para cualquier judío— y, peor aún, que el judaísmo ortodoxo tiene poco que decir al resto de la humanidad.

En Jonathan Sacks encontraron a otro tipo de rabino, con envidiables logros académicos, con prestigio internacional entre no judíos, con enorme poder de convocatoria y gran capacidad de persuasión. Y al encontrar a otro tipo de rabino que sí les habló a ellos, se independizaron de otros cuyas palabras los alejan. En cierto sentido, si se me permite la comparación con una idea de Kant que no es tan lejana a la situación actual de la comunidad judía mexicana, este grupo cada vez menos pequeño y más influyente alcanzó la mayoría de edad con la llegada de Sacks a México. Por supuesto, no fue Sacks quien los hizo crecer a este grupo de religiosos inconformes, pero sí encontraron en él una respuesta a sus preguntas.

Si se me pregunta en qué sentido se les trata como niños (no que lo sean), la respuesta es sencilla: en la selección al transmitir información, en la manera simplista de abordar temas complejos, en la actitud omnisapiente y en la expectativa injustificada de obedecer sin explicar adecuadamente.

Por otro lado, estas personas, al ser conscientes de su madurez, se dan cuenta de lo siguiente:

  • No están limitados a leer los libros de judaísmo que se escriben dentro de la comunidad judía religiosa de México o que se estudiaron en las yeshivot de Israel, pues Amazon trae a su puerta libros de otros rabinos ortodoxos y que les resultan más accesibles, digeribles e intelectualmente enriquecedores.
  • No es necesario asistir a la plática del jajam del kenis para estudiar Torá, pues el internet les ofrece una amplia oferta de opciones de rabinos con enfoques distintos.
  • Los jajamim de México no son los únicos representantes y portavoces del judaísmo ortodoxo, pues otros rabinos también ortodoxos afirman distinto, aunque no citen al Ketzot haJoshen.
  • No es necesario seguir el modelo religioso en el que crecieron y ven a su alrededor.

Este fenómeno de ruptura —que previamente llamé “independencia”— con la visión de judaísmo tradicional que conocieron (fenómeno semejante, pero quizás inverso, al que ocurre cuando se abren kolelim y yeshivot en una ciudad y se convierten en muy poco tiempo en el referente de lo que debe ser el judaísmo y la vida religiosa, en detrimento de las sinagogas y de los rabinos comunitarios) no fue sólo teórico. Poco antes que Jonathan Sacks llegase a México surgieron voces bienintencionadas llamando al público religioso a no asistir a sus conferencias. Una mayoría del público religioso sí asistió, desobedeciendo esas voces. Fue la primera vez, en los últimos veinte años, que algunos rabinos se vieron impotentes de guiar a sus feligreses. El niño creció y se volvió mayor de edad.

Si alguien se pregunta por qué hubo voces oponiéndose a darle foro a Jonathan Sacks, la respuesta no estará en alguna de sus polémicas ideas ni en las acusaciones de herejía que le hicieron. Lo que estaba en juego, según ellos, era el futuro de la comunidad religiosa de México. Si hubiera podido leer el pensamiento de esas voces, muy probablemente hubiera escuchado dentro de sus mentes la siguiente frase: “No debemos permitir que los Modern Orthodox lleguen a México”.

El problema es que, además del hecho que Jonathan Sacks declaró varias veces que no se adhiere a esa corriente, hoy en día es inútil prohibir la difusión y discusión de las ideas; no estoy diciendo que no se deba, sino que simplemente es inútil. Y en estos meses de pandemia, cuando la mayoría de los kolelim usan internet para dar clases, el caballo de Troya del acceso a la información (a cualquier tipo de información), entró por la puerta grande.

Ninguna de las personas que invitaron a Jonathan Sacks a México son modern orthodox, y eran conscientes de los riesgos y conveniencias de esa corriente. Su motivación fue simplemente enriquecer el horizonte religioso mexicano y no el deseo de introducir una nueva corriente al judaísmo ortodoxo en México ni tampoco enfrentarse a la autoridad rabínica mexicana. Entre aquellos que aplaudieron su invitación sí hubo quienes lo hicieron por haber encontrado una alternativa atractiva e inteligente a la perspectiva de Torá (o de cómo ser religiosos) que los estaba alejando de sus tradiciones. Hallaron en Jonathan Sacks un discurso de Torá que les permite enfrentar exitosamente los enormes retos que les presenta la sociedad contemporánea.

Y aquellos que lo aplaudieron no son ni serán abrejim. Están relativamente integrados a la sociedad mexicana, tienen títulos universitarios, trabajos que los obligan a lidiar con ideas y valores que contradicen la Torá que aprendieron y las enseñanzas que reciben de algunos jajamim no están a la altura de sus expectativas.

El mundo está cambiando muy rápido y algunas de las ideas populares de la sociedad no siempre están a favor de los valores del judaísmo, tal como podemos verlo, para citar un ejemplo fácil, en las ideas que la mayoría de los universitarios tienen sobre género.

La comunidad judía está cambiando: desde el día que la mayoría de los jóvenes asisten a la universidad, los kolelim les serán lejanos en sus perspectivas y anhelos, a menos que les enseñemos cómo integrar la Torá a sus vidas. En Israel, uno encuentra con frecuencia que los que llegan a sus yeshivot se introducen a la Torá. En la Diáspora, sin el aire de Israel que vuelve sabios a sus habitantes y sin la estructura social conducente, nuestra misión es otra: que la Torá se introduzca a sus vidas.

Los religiosos también están cambiando. Ya no son los mismos que hace 20 años en su manera de pensar ni en su sentido de compromiso. Recuerden: hace 20 años no había neo-haredim ni existía la ortopraxis.

Hace poco me pidieron, en la víspera de Rosh haShaná, dar una berajá por video de un minuto a la comunidad. Mi primer impulso fue pensar “¿Bendecirlos yo? ¡Esta comunidad ya está bendita!”. Vivimos en una comunidad bendecida en Torá y de fuerte identidad judía en casi todos lo que formamos parte de ella. Pero los niños crecen y los diques se rompen por el empuje de las aguas. Jonathan Sacks logró contener con sus libros, artículos y conferencias a aquellos religiosos desencantados de varias partes del mundo por un judaísmo carente de ideas propositivas al mundo y a sus vidas. Y sólo por eso merece ser recordado leTová. Conozco varios de estos religiosos desencantados y sé que no quieren separarse de la comunidad; desearían seguir estudiando en los kolelim y mandar a sus hijos a las yeshivot que existen en México. Pero no debemos, ni a ellos ni a nadie, subestimarlos y tratarlos como niños o insultar su inteligencia pidiéndoles que se conviertan en avestruces, al ignorar las críticas reales que la sociedad les presenta a su modo de vida religioso y rehuyendo de la responsabilidad de enseñarles cómo responder satisfactoriamente a esas críticas. Y si no sabemos cuáles son estos retos, si no tenemos claro cuáles son los problemas, jamás podremos solucionarlos o presentar alternativas. Debemos elevar el nivel de nuestra Torá y mostrar que sí tiene lo suficiente para enriquecer la vida de cualquiera.

Muchos están esperando que la Torá sea su guía para afrontar esos retos y desafíos, consecuencia de su contacto con la sociedad contemporánea. Ya los decepcionamos una vez al preferir la ideología grupal e intentar evitar, como si eso fuese posible, que se conozca otro tipo de judaísmo ortodoxo. No volvamos a decepcionarlos, pues la visita de Jonathan Sacks a México hace dos años fue una prueba que todos ellos están dispuestos a caminar sin sus rabinos, si es que estos rabinos no los acompañan.

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