Empecé a leer Tela de sevoya, de Myriam Moscona, nada más despegar el avión que me devolvía desde Ciudad de México a Madrid. Terminaba el libro cuando, casi doce horas más tarde, desde la megafonía, la voz de una azafata anunciaba la inminente llegada a nuestro aeropuerto de destino. Fue exactamente así, como si el vuelo hubiera estado sincronizado a la lectura del libro, con sus descansos para las comidas y la periódica tabla de ejercicios contra el entumecimiento, acrecentando su valor simbólico, como explicaré ahora.

A mi lado se sentaba una chica joven de rasgos orientales, que, varias veces durante el vuelo, me miró de refilón, o disimuladamente (si es que la forma de sus ojos no me engañaba), sin dar crédito a la constancia de mi concentración. A mí misma me cuesta creer esta proeza, que nada tiene que ver con el músculo intelectual ni el hito de los récords.

Esta lectura me impactó profundamente y me sigue pareciendo uno de los viajes más bellos que pueda realizar cualquier amante del lenguaje, alguien que se pregunte qué son las palabras, de qué manera nos conforman, y viven, como nosotros mismos, una permanente metamorfosis.

Myriam Moscona, mexicana de origen sefaradí, escribe con una hondura y una sensibilidad extraordinarias sobre el djudeo-español, el español antiguo del que la lengua con la que escribo este texto proviene, y lo hace mientras realiza un viaje hacia las raíces de esta lengua y sus afectos más íntimos, los familiares, los de la herencia, con profundas escalas emocionales en los lugares donde sus antepasados lo custodiaron como un tesoro vivo: Sofía, Esmirna, Salónica, Estambul. Años más tarde, yo misma sentía la necesidad de escribir a su autora sobre esas “kantikas moertas” que continúa entonando en este libro y en otra secuela poética, los bellísimos poemas de su libro Ansina.

Cuando el pueblo judío fue expulsado de Sefarad llevó consigo al destierro una forma de contar el tiempo en la palabra. Como una voz cuyo emisor hubiera quedado atrás y nos llamara desde muy lejos, leer djudeo es sentir la paradoja de un fósil vivo y muerto a la vez: vemos al trilobite que avanza por la superficie del libro, y al mismo tiempo, se encuentra replegado en su inmovilidad por el hechizo del tiempo.

Myriam Moscona preguntaba a su abuela quién era y ella le respondía “mira, keridika, yo poedo ver al traves del enverano a las almas ke se toparán en este mundo grasias a los nasimientos. Yo so komo ‘Yanuar’, el primero mes de toda la anyada. Jano, el Dio de los komienzos, emprestó su nombre para yamar ansina al primo mes: Yanuar, January, Javier, Janeiro. Saves que Jano poede mirar a un tiempo al pasado i al futuro? Keres que te mire agora komo serás mas endelantre?”.

Qué extraordinario misterio guardaba y guarda ese endelantre que mientras la nieta escribía ya se había cumplido, un futuro que se había hecho presente y que se expresaba en un remoto adverbio.

Éste es también un libro sobre la naturaleza del amor, de sus grandezas y miserias, y de todo aquello que acarrea el exilio, y está lleno de ternura, de inteligencia, de emoción y también de un humor que suaviza la crudeza que, como no podría ser de otro modo, hace su aparición en su escritura.

De qué forma se puede vivir y se vive en la palabra, en los “vierbos” que nos han llevado y traído, que nos han conformado. De qué forma la metamorfosis habla también de eternidad.

Como dice Myriam Moscona, el djudeo es un carbón encendido que se va apagando en su mano. En este libro extraordinario uno siente el calor, la quemazón, y anticipa ese frío que viene en camino, que llegará endelantre, y un apagamiento que podemos de alguna manera revertir por medio del milagro de la lectura.

“Tela de sevoya” (fragmento)

¿Todos los abuelos de la Tierra hablarán con esos giros tan extraños? Esther Benaroya creció envuelta en ese español entreverado con palabras de otros mundos. El djudeo-español no fue la lengua de sus estudios pero sí la que escuchó de sus padres y abuelos.

Más adelante vino a hablarla lejos, «adonde arrapan al güerko: Meksiko? Meksiko era para mozotros, en la karta, solo un payis ke de la banda izkyedra le enkolgava una lingua larga kon el nombre de la Basha Kalifornia».

Al poco tiempo de su llegada, Esther Benaroya, la abuela paterna, decide ir a Sears Roebuck, aquella tienda departamental abierta ante sus ojos alterados por la luz de neón. Necesita comprar pasadores para aplacarse los rizos.

Sube las escaleras eléctricas con un temor que nadie parece distinguir. Se encamina al segundo piso y, muy segura de lo que busca, aborda a una dependienta:

—Senyorita, kero merkar unas firketas para los kaveyos.

—¿Unas qué?

—Trokas, firketas.

La empleada no logra comprender. Desde hace algunas semanas, aprendió la palabra chingada y luego chingadera pero ella prefiere el diminutivo: chingaderika.

Así pues, se corrige: —Kero unas chingaderikas, bre.

La empleada se sonroja y va disparada en busca del gerente. Esther Benaroya sale con un paquete de cartón lleno de pasadores con punta engomada. La hace feliz desesperar a la gente.

Quién es Myriam Moscona

♦ Nació en México en 1955. Es hija de judíos sefaradíes que huyeron de Bulgaria en plena Segunda Guerra Mundial. Aprendió el djudeo de sus abuelas.

♦ Es periodista, novelista y poeta: publica sus obras en castellano y en ladino.

♦ Sus obras escritas en ladino se ocupan de temas contemporáneos, no necesariamente asociados a la temática tradicional de la lírica djudeo-española.

♦ Entre otras obras, publicó Ansina, El árbol de los nombres, Negro marfil y Tela de sevoya.

La semana que viene sigue la cadena de recomendaciones de “De boca en boca”.

FuenteInfobae

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