Diario Judío México - Un amigo mío llegó a estudiar la secundaria a un internado en Inglaterra. Le sorprendió mucho que, en su primer examen, el profesor se hubiera salido de la clase dejando solos a los alumnos. Le sorprendió aun más que, cuando trató de copiar, sus compañeros no lo dejaran e incluso lo acusaran después con el maestro. Lo llevaron a la oficina del director, donde le explicaron que el honor era un valor muy importante en ese país. Que una persona deshonesta no tenía cabida en una sociedad civilizada. Por eso a los jóvenes les enseñaban a comportarse de acuerdo con un código moral muy estricto en ese internado, de tal suerte que en el futuro se convirtieran en adultos virtuosos. Si los profesores abandonaban el salón durante el examen era porque confiaban en el honor de los estudiantes.

Cuento esta historia porque el otro día me dejaron un folleto publicitario en mi coche: “TU TETO. ¡Te hacemos tu tarea! ¡Ya llegó lo que todos los estudiantes estábamos esperando! Un lugar donde puedes dejar tu tarea sin preocupación alguna, gracias a que tenemos un grupo profesional de TETOS. Proyectos finales, ensayos, resúmenes, cursos en línea, PowerPoint, artículos, trabajos de investigación y todo tipo de tareas que un TETO profesional pueda lograr. ¡Servicio Nacional! ¡Trabajos únicos y originales! ¡Olvídate del estrés de ese proyecto! ¡Porque TU TETO es discreto!”. A continuación venían los números telefónicos, dirección de correo electrónico, contacto en el Facebook y dirección, vaya paradoja, en la colonia “Ladrón de Guevara”.

Como muchos casos en , se trata de la deshonestidad franca. La trampa convertida en un negocio a la sociedad sin recato alguno. Como los vendedores de películas y música pirata que pululan en todas las ciudades del país. O los establecimientos que a la luz del sol venden piezas de coche robadas, incluso por pedido.

Ahora los alumnos en ya no tienen que esforzarse por hacer sus tareas porque pueden recurrir a TU TETO. La pregunta es qué gana un estudiante o padre de familia que utiliza sus servicios. Ciertamente se ahorra el hacer la tarea y quizá TU TETO le entregue un producto respetable que pueda generar una buena calificación. En una de esas hasta de diez. Pero, ¿y luego?

Luego este individuo tramposo tendrá que enfrentarse a la vida sin haber aprendido nada más que hacer trampas. Irá a pedir trabajo. En la entrevista, el empleador rápidamente se dará cuenta de que está frente a un ignorante. Un extraño ignorante con magníficas calificaciones en su boleta. ¿Cómo fue que le hizo? Pues haciendo trampas. ¿Lo contratarán? A lo mejor, pero también pronto lo correrán por ignorante o tramposo.

La realidad es que estamos muy lejos de ser una sociedad donde se eduque a los niños y jóvenes de acuerdo con un código de virtudes morales. La honestidad, por ejemplo, es algo que no se nos da. Los estudiantes, cuando pueden, copian o mandan a hacer sus tareas al servicio de TU TETO. Los mecánicos suelen engañar a sus clientes exagerando los problemas de sus automóviles. Muchos taxistas aceleran su taxímetro o toman rutas más largas. Algunos funcionarios públicos se roban el dinero de los contribuyentes. También hay empresarios que le inflan las cuentas a sus clientes.

Cuando esto sucede, la persona deshonesta piensa en una frase típicamente mexicana: “me lo chingué”. Lo cual inmediatamente lo hace “un chingón”. Bien decía Octavio Paz que para el mexicano la vida es una posibilidad de chingar o ser chingado.

No es mi estilo escribir sobre asuntos morales porque siempre hay en ellos algo de hipocresía. Yo mismo tuve la oportunidad de vivir en Inglaterra y sé que no todos los ingleses son honestos. Como sé que no todos los mexicanos son deshonestos. Pero tampoco podemos negar que hay sociedades donde la trampa se tolera más e incluso se recompensa al más tramposo. Me temo que nuestro país es uno de ellos.

No queremos que nos chinguen, pero sí queremos chingar. Cierro esta columna con otra anécdota que así lo refleja. En alguna ocasión, un taxista se quejaba conmigo de cómo todos los políticos en eran una bola de ladrones. Yo le contesté que no todos, que también los había honestos. “¿Conoce usted alguno?”, me preguntó. “Sí”, le contesté. “Pues qué pendejo”, me replicó.

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