En el pequeño mercado de Bujara, corazón del barrio ultraortodoxo judío de Mea Shearim, largas filas de hombres examinaban con sorprendente atención miles de toronjas (etrog).

Hacía aún calor pese al otoño en Jerusalén, y varias legiones de hombres y niños más -no había una sola mujer- urgaban entre los puestos en busca de ramas de sauce (arava), anillos de mirto (hadas) y hojas de palma (lulav), sudorosos bajo levitas y negros sombreros.

Debíann encontrar las más puras, aquellas que no tengan ni una marca para llenar las mesas, en el primer día de “”, una de la festividades religiosas que data de la época bíblica.

“Mira, esta tiene un golpe aquí. No la quiero, no sirve para el ritual”, explicó Moshe, un hombre de 40 años, barba rala y largos tirabuzones negros, perfectamente enrollados.

“Cada uno de estos cuatro elementos representa al ser judío en su conjunto y sus diferentes etapas de formación y crecimiento. Debemos recordar que Yahvé nos sacó de Egipto y debimos vagar por el desierto”, explicó.

La Fiesta de o de los Tabernáculos tiene su origen en una frase del libro del Levítico y es una de las que más ilusión despierta entre la austera, heterogénea y antigua comunidad ultraortodoxa.

“Viviréis en cabañas siete días … para que vuestras generaciones sepan que hice habitar a los hijos de Israel en tiendas cuando los liberé de la tierra de Egipto”, explica el libro, uno de los cinco que componen La Torá (Pentateuco).

Una fiesta cuyo inicio se establece el día quince del séptimo mes del calendario judío.

Los judíos observantes construyen precarias cabañas de madera con el techo de palma en calles, parques, balcones y terrazas, profusamente decoradas en su interior, en las que comen, beben, rezan y duermen durante una semana.

“Debemos recordar que nuestra vida en la tierra es efímera y que estamos vinculados a la divinidad, que nos protege y nos ofrece la vida venidera si cumplimos a rajatabla todos los preceptos” que hay en la Biblia, agregó Moshe.

Sharon y un grupo de amigos de menos de 10 años han levantado este año la suya con restos de muebles, palés, y tablones que han recogido en los alrededores de Musrara, un antiguo barrio bohemio vecino a Mea Shearim que al igual que el resto de la ciudad y el país la comunidad ultraortodoxa ha comenzado a habitar.

En el interior han colgado guirnaldas, telas blancas y carteles con oraciones.

También han escondido un pequeño reproductor digital en el que suena música cuando los mayores, muy atareados estos días con clavos y martillos, no les observan.

Igualmente tienen las toronjas, el mirto, el sauce y las palmas rituales, que se agitan entre aleluyas y hosanas durante el rezo matutino.

“Este año la tierra debe observar el año de descanso y quedar en barbecho. Pediremos que los próximos siete años sean fértiles”, Abraham, uno de los profesores de la yeshivá vecina a una sinagoga del barrio ultraortodoxo de Geula, próximo a Mea Shearim, en el centro-este de Jerusalén.

Como en muchas otras culturas antiguas, es una fiesta vinculada con la cosecha, al momento de hacer negocios con lo que se ha recolectado y de comprar la semillas con el deseo y la esperanza de que la producción el año siguiente sea igual o mejor.

En el caso del judaísmo, conmemora, además, la travesía que según la tradición bíblica los judíos hicieron por el desierto del Sinaí, un periplo de 40 años que Moisés lideró junto a su hermano Aaron hace tres milenios.

Durante las épocas de existencia del Primer y Segundo Templo judíos -este último destruido por las tropas del emperador romano Tito en el siglo I después de Cristo- era una de las tres peregrinaciones religiosas anuales a Jerusalén para orar y ofrecer sacrificios de animales.

Una tradición evolucionada que ahora tiene su corazón en el Kotel o Muro Occidental (conocido en el mundo gentil como Muro de los Lamentos) , único vestigio de aquel añorado templo, al que acuden a rezar judíos llegados de todos los confines.

El Ministerio de Turismo prevé que esta semana de fiesta visitarán Jerusalén unos 500 mil peregrinos, algunos de vacaciones, pero la mayoría para compartir cada día la bendición diaria de la casta sacerdotal (cohanim).

Allí, entre atuendos blancos de rayas negras o azules, muchos rezan para que el Tercer Templo sea una realidad, y algunos otros, los que no reconocen el Estado de Israel, para que el actual desaparezca y el verdadero pueda llegar algún día.

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