Diario Judío México - El juicio por el cuadro de Pissarro, supuestamente sustraído por los nazis y que ha provocado un litio entre la Fundación Colección Thyssen- Bornemisza y los herederos de Lilly Cassirer, la mujer a la que hipotéticamente pertenecía la obra, se celebrará el 4 de diciembre de 2018 en los .

Un tribunal, juzgará la propiedad de un lienzo de la Fundación Thyssen. El heredero de una judía alemana que huyó de la Alemania nazi de Hitler, reclama el cuadro de , “Rue Saint-Honoré por la tarde. Efecto de lluvia”.

La primera versión indica que cuando el barón Thyssen, adquirió en una galería estadounidense el cuadro del pintor impresionista franco-danés , allá por 1976 sabía o podía haber averiguado que se trataba de una obra expoliada por los nazis en Alemania a Lilly Cassirer en 1939. De hecho, el magnate y coleccionista encargó un informe que despejara dudas sobre el origen de la obra, un informe que, en opinión de los abogados que defienden los intereses de la familia Cassirer constituye un “disparate” e ignora los numerosos indicios que apuntarían a un supuesto flagrante expolio de la obra a la familia judía.

La segunda versión denuncia que el barón Thyssen, adquirió la obra de Pissarro en la creencia de que no había ninguna irregularidad en su compra. El propio barón habría encargado un estudio que así lo acreditaba. Tanto es así, que el cuadro ha permanecido expuesto al público durante décadas, sin que ni el barón ni los responsables del cuidado de su colección se molestaran en eliminar u ocultar el sello de la galería de arte de la familia Cassirer, en la parte trasera del cuadro, y, en cualquier caso, Lilly Cassirer ya fue indemnizada en 1958 por el Estado alemán.

Un tribunal de Pasadena, California, estudiará el caso que enfrenta a la Fundación Thyssen-Bornemisza -de titularidad pública- y a los herederos de Lilly Cassirer, los días 4, 5 y 6 de diciembre. En el caso de que considere probada la primera versión, el Reino de España se verá obligado a devolver el cuadro a su bisnieto, David Cassirer. Si prevalece la segunda versión, la Fundación mantendrá la propiedad sobre el cuadro, que continuará expuesto, como hasta ahora, en su museo madrileño. En cualquiera de los dos casos, la batalla judicial que se prolonga ya desde hace más de una década, puede alargarse aún más mediante la interposición de recursos. El Gobierno español no lo descarta en caso de el juez falle en su contra.

Pregunta parlamentaria: La historia de este cuadro reúne todos los ingredientes para atraer la atención de la opinión pública y también la de las instituciones. Los suficientes, al menos, como para que la semana pasada el asunto fuera objeto de una interpelación parlamentaria del senador de EH Bildu Jon Iñarritu al ministro de Cultura, José Guirao.

El Gobierno español, según la respuesta del titular de Cultura y Deporte, tiene intención de cumplir los convenios internacionales de Unesco, la UE o Unidroit en lo que se refiere a obras de arte expoliadas, pero considera que en el caso de “Rue Saint-Honoré por la tarde. Efecto de lluvia” no se dan los supuestos para su devolución a la familia Cassirer. En cuanto a la Fundación, este periódico ha intentado sin éxito recabar sus argumentos.

Por un lado, el ministro Ridao alegó que el Estado alemán ya compensó a Lilly Cassirer en 1958, cuando la obra se encontraba en paradero desconocido, con 120.000 marcos, valorada hoy en día en quince millones de euros. Sin embargo, desde el despacho de abogados Cremades y Abogados, -en representación de la Federación de Comunidades Judías de España y a la Comunidad Judía de Madrid, personadas en calidad de terceros coadyuvantes-, Bernardo Cremades considera que aquella compensación del Estado alemán “en ningún caso era como renuncia a sus derechos en caso de que reapareciera el cuadro”.

También alegó el ministro Guirao en su comparecencia que la familia Cassirer sólo había reclamado la propiedad del cuadro a través de los tribunales, espoleada por “el lobby de los abogados”, una vez que la obra pasó de la colección privada del barón Thyssen, que lo adquirió en 1976, a manos en 1993 de la Fundación Thyssen-Bornemisza, propiedad de un Estado signatario de convenios internacionales. Bernardo Cremades lo niega rotundamente. «El heredero de los Cassirer no tuvo conocimiento de dónde se encontraba el cuadro hasta el año 2000. En ese año, ya estaba colgado en el Museo Thyssen. Antes, no podía ir a por la familia del barón.

En opinión de Cremades, que se muestra optimista respecto a la resolución del tribunal estadounidense desde la perspectiva de los intereses de David Cassirer, «lo que está intentando hacer el Estado español es echar balones fuera, recurriendo a hechos que son cosa juzgada en y no se van a volver a discutir». El letrado considera que lo importante en el juicio va a ser demostrar cuál es el standard legal de conocimiento porque Thyssen no dejaba de ser un experto en arte y tenía un nivel de diligencia superior al de cualquier otra persona que adquiere un bien. En el caso de albergar algún tipo de duda sobre el origen de un cuadro, tenía la obligación de investigarlo».

“Investigación deficiente”: En su opinión, “la investigación que hizo fue deficiente a todas luces porque pasó por alto información de una importancia total. Por ejemplo, el cuadro tenía una etiqueta en el reverso que lo situaba en la galería de los Cassirer en la Alemania nazi. Por otra parte, el cuadro estaba incluido en una lista de obras robadas elaborada por el Ministerio de Cultura francés después de la guerra. Había una sentencia de un tribunal de EE UU donde se reconocía que la obra era robada”. En cuanto a la indemnización en 1958 por parte del Estado alemán, “lo que hace es reconocer que los Cassirer son los propietarios de la obra, en ningún caso era como renuncia a sus derechos en caso de que reapareciera el cuadro”.

Desde que un marchante nazi de arte obligara en 1939 a Lilly Cassirer a vender el cuadro a cambio de 900 marcos que jamás le llegó a abonar, el lienzo ha recorrido un largo camino. Se sospecha que fue sacado de Alemania en los años cuarenta. El cuadro reaparece en en 1951, cuando fue comprado por el coleccionista de arte Sydney Brody. Quince años más tarde, lo adquirió el barón Thyssen -“por un precio sensiblemente inferior a su valor de mercado”, en opinión de Cremades-.

En la parte posterior del cuadro efectivamente figura el nombre del pintor, el número 132 y los restos de un sello en el que se puede leer “Kunst- und Ve…” correspondiente a “Bruno & Paul Cassirer, Kunst- und Verlagsanstalt” (Institución artística y editorial Bruno y Paul Cassirer). En 1993, el Estado español adquirió como parte de la colección del barón Heinrich Thyssen-Bornemisza y desde entonces ha permanecido expuesto en el museo de la Fundación.


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