Los ciudadanos se apresuraron hoy a recoger máscaras antigás ante la creciente posibilidad de un ataque de EEUU a y el temor a una represalia por parte de Damasco, como la que lanzó Saddam Hussein en la Guerra del Golfo.

La prueba más palpable de esta inquietud es que se ha cuadruplicado en los últimos días la solicitud de máscaras antigás y centenares de personas se apresuraban a hacerse con nuevas unidades, tras las informaciones sobre el presunto uso de armas químicas en el país vecino.

Altos funcionarios de la Casa Blanca han indicado que los primeros ataques con misiles en podrían comenzar tan pronto como mañana, jueves.

Influidos por este cóctel de elementos, cerca de un centenar de personas se apiñaban para renovar sus máscaras caducadas u obtener nuevas en el centro comercial Adar, uno de los dos puntos de distribución en Jerusalén.

“No tengo miedo, pero hay que renovarlas ¿Por qué justo ahora? Ya sabes, uno escucha las noticias, hay mucho ruido, que si se va a enredar en … Y yo tengo una familia”, señala Rami Cohen, jubilado que espera paciente su turno con un número como los del supermercado.

Entre los ciudadanos, acostumbrados a alertas similares cada tantos años, se percibe más resignación y obediencia que nervios ante un ataque que muchos ven improbable.

Por si acaso, el primer ministro Biniamín Netanyahu insistió hoy en que “no hay motivo para cambiar la rutina” y que “el Ejército de Defensa de está preparado para defenderse de cualquier amenaza y responder con fuerza a cualquier intento de dañar a los ciudadanos íes”.

Era su análisis tras reunirse con el Gabinete de Seguridad, un foro selecto de seis ministros de peso que trata sobre políticas de defensa.

Mientras, el Ejército “ha desplegado sistemas de defensa activa” en el norte del país, según fuentes militares, señalan que las baterías antimisiles Patriot ubicadas en las inmediaciones de la ciudad de Haifa se han puesto en alerta y dirigido hacia el norte.

Para Giulia Punturello, natural de Nápoles, todo esto es nuevo. Inmigró al país hace apenas tres años y aún no había vivido tan de cerca la cultura de la protección en un país ha librado varios guerras con sus vecinos árabes y sufrido decenas de atentados terroristas suicidas.

“Salvo la gente haciendo cola, que es como Nápoles, esto no está en mi cultura”, bromea Punturello, mientras sostiene con una mano una máscara caducada y con la otra a su hijo, ataviado con una kipá sobre la cabeza.

Punturello explicó que “hasta ayer no había pensado que fuese tan urgente” cambiar las máscaras, pero que le entró “un poco de miedo” y telefoneó al número de atención de protección de la población, que opera las 24 horas del día en hebreo, árabe, ruso, inglés, español, francés y amárico, y le sugirieron renovar la de uno de sus pequeños.

En Jerusalén, la inquietud no se circunscribe a los residentes judíos. En la cola se podían ver también familias árabes, que suponen un tercio de la población de la capital y viven en oriental de la ciudad.

Una madre árabe que prefiere no dar su nombre asegura que si Al Assad ataca Israel, poco importa que Jerusalén este esté habitada por numerosos árabes o albergue lugares sagrados para el Islam.

“Esto es una cosa más grande, internacional. Y, sí, venimos a por las máscaras, pero sabemos que puede caernos un misil. En realidad la muerte no está en nuestros manos”, argumenta.

Tras una hora de espera, el encargado de la distribución pidió silencio y anunció que la entrega continuará en las oficinas de correos, lo que dio paso a un frenético ‘sálvese quien pueda’.

Varios se lanzaron a las grandes cajas de cartón donde se almacenaban las máscaras y tomaban hasta seis o siete, sin darse cuenta de que algunas eran las caducadas que habían devuelto otros.

“¿Llevo una hora esperando para que mi hijo tenga una máscara y ahora me toca irme con las manos vacías? Es una vergüenza”, gritaba una mujer a los organizadores.

A su lado, un hombre respondía: “Tienes razón, pero llevan un año insistiéndonos en que las cambiemos. No hicimos ni caso y ahora venimos todos a la vez”.

Shriki, judío ultra ortodoxo de 25 años, definía la situación con ironía: “El verdadero vencedor es Al Assad. Quería generar pánico y desde luego lo ha conseguido. Llego ahora sólo por el estacionamiento enorme que se ha formado a la entrada del estacionamiento”.

En las calles y cafeterías se escuchan estos días conversaciones sobre el posible ataque sirio, que la cúpula militar ve improbable o, de producirse, ejecutado más bien por el grupo terrorista chií Hezbollah, su aliado libanés.

La gente recuerda la Guerra del Golfo del 1991, cuando las máscaras estaban omnipresentes y el entonces presidente iraquí lanzó misiles Scud contra el país con el objetivo de asesinar a la mayor cantidad de gente en Israel, el gran aliado de Washington en la región.

Entonces no hubo ataques químicos pero si se produjeron algunas víctimas mortales, la mayoría de ellas por el incorrecto uso de las máscaras o por ataques cardíacos.

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