El Clásico se juega esta vez en el Gigante. Pero en varios barrios de la ciudad e incluso en otros países, el partido se reedita cada año a modo de ritual, como una fiesta entre canallas y leprosos. La pasión no tiene fronteras. Y en Israel, y Newell’s se juntan todos los años para disputar el partido que les permite revivir la fiesta a distancia.

Roberto Rabinovich es hincha de Central y vive en un Kibutz, una colonia agrícola comunitaria, en Israel, a dos minutos de la frontera con Jordania y con Siria. En Kibutz Degania Beth convive con cerca de 100 familias que trabajan la agricultura y la ganadería, aunque hace un tiempo comenzó a ejercer su profesión, es trabajador social, y dirige diferentes centros comunitarios de la zona.

Cuando decidió mudarse con su familia a Israel, hace 36 años, decidió que el ritual canalla se lo quería llevar con él. Así, junto con su hermano y su cuñado, hincha fanático de Newell’s, que también viven en suelo israelí, decidieron juntarse a jugar a la pelota. Ese ritual, que comenzó en 1999 en el Kibutz Magal, se mantiene hasta el día de hoy. Es una forma de estar cerca de sus raíces.

“Es una pasión y la pasión no tiene explicación, es parte de la vida de uno te la llevás a todos lados y se la transmitís a tus hijos. Así como mi viejo iba a la cancha en bicicleta con mi tío, y yo me tomaba el colectivo 71 desde Alberdi para ir al Gigante”, le contó Roberto a El Hincha.

Ahora, a miles de kilómetros de distancia, la rutina futbolera sigue y se transforma. En 1999 fue el primer encuentro entre leprosos y canallas. Se juntan a jugar al fútbol, pero antes y después arman una peña. Tocan la guitarra, comen asado y cantan canciones de cancha.

“Hay uno que hace 20 años es el encargado de hacer el asado, estamos organizados, siempre contamos las mismas anécdotas”, confió el hincha Canalla.

Salvo este año, por la , que fueron 50 personas las que estuvieron, el evento convoca a cientos de rosarinos que viven en la zona. Habitualmente van cerca de 250 personas. Familias, amigos y amigas, hijos e hijas de argentinos que se fueron a Israel.

Y esa pasión la fueron transmitiendo a las generaciones siguientes. Roberto, por ejemplo, tiene dos hijos y una hija, todos nacieron allá pero hablan perfecto castellano. Aunque Roberto aclara “castellano sin las eses”. Hablan rosarino. El idioma que prevalece en las familias es el hebreo, pero cuando ven los partidos de Central o de Newell’s, se habla en castellano.

Roberto, como muchos de los cerca de 80.000 argentinos e hijos de argentinos que residen en Israel, se educó en la comunidad judía y luego decidió continuar su vida allí. “Somos muchos chicos que nos vinimos a vivir acá y tenemos el mismo pasado”, cuenta. Ese pasado es el que tratan de transmitirles a sus descendientes. Por eso, Ayelet (33), Alon (30), Itai (26), cada vez que vienen a Argentina se dan una vuelta por el Gigante de Arroyito.

“Como nosotros no hay”, afirma y se refiere a todos los rosarinos. Cuenta que siguen los partidos del Canalla, a pesar de la diferencia horaria (6 horas). que se repite entre los hinchas leprosos instalados allí, que sufren con Newell’s como si fueran cada domingo al Coloso.

“Nos levantamos a la madrugada, tenemos un grupo ‘La Peña de German Herrera’ después del gol de taquito, y en el Whasapp ves que a las 3 de la mañana hay movimiento porque todos estamos despiertos viendo o escuchando el partido por radio”, afirmó.

Y en ese desarraigo, el fútbol aparece como una herramienta más para sentirse cerca: “Nosotros queremos mucho a nuestro país. Nos gusta argentina y los educamos a nuestros hijos así, mis hijos por ejemplo, son fanáticos de Calamaro, de Cerati, Fito Páez”.

Muchas y muchos rosarinos arman las valijas para instalarse en otra parte del mundo, lejos de las raíces. Pero se llevan las pasiones, y entre ellas está el Clásico. Y por eso, desde hace 20 años, leprosos y canallas entremezclados disfrutan de una fiesta única e inexplicable, el clásico más pasional del mundo.

FuenteEl ciudadanoweb

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