Diario Judío México - Para dar comienzo, entonces, a la sesión de homenaje, tiene la palabra el señor legislador Gallo.

SEÑOR GALLO.- Muchas gracias, señora presidenta.

Antes que nada, quiero saludar al señor ministro de Relaciones Exteriores, canciller Nin Novoa, a la señora embajadora de , a la señora embajadora de y a las demás autoridades diplomáticas aquí presentes. También quiero extender mi saludo a quienes nos acompañan desde los palcos: al presidente del Comité Central Israelita del , al presidente del Centro Recordatorio del , a la presidenta de la B’nai B’rith, al presidente de OSU, al presidente de la Comunidad Israelita del , al Presidente de la Nueva Congregación Israelita, al presidente de la Comunidad Israelita Húngara y al presidente de honor de la Organización Sionista del , así como a todo el público en general.

Debo agradecer a mi fuerza , el Frente Amplio, pues me dio la oportunidad de expresarme haciendo uso de la palabra este 27 de enero, Día internacional de conmemoración anual en memoria de las víctimas del .

Otro 27 de enero, pero de 1945, es decir, hace ya 72 años, el ejército soviético liberaba el campo de exterminio nazi de . Se ha designado entonces esta fecha, desde el año 2005 y por resolución de las Naciones Unidas, para la reflexión, la memoria y la comprensión respecto del .

Durante estos días he pensado mucho en cómo expresar estas palabras, por la importancia del tema, por la memoria y por el olvido.

En mis tiempos liceales, en plena dictadura, la historia se impartía, no se enseñaba; no había intención de generar conciencia histórica alguna, más allá de lo que algún docente podía trasmitir en clase, siempre que no fuera vigilado o sospechado. Recuerdo cuánto contribuyeron a mi formación para resistir al hombre nuevo uruguayo el gran proyecto del coronel Soto, mi familia, la familia de mis amigos uruguayos que resistían en las mesas charlando con sus hijos, pensando juntos el pasado y proyectándolo en aquel presente.

Cuando este tema del aparece en lo cotidiano, la imagen de la ciudad de Cracovia en 1943, con la caída de pequeñas hojuelas cual nieve en invierno –Schindler es uno de los pocos que se dan cuenta de que son cenizas humanas–, quedará por siempre en nuestra memoria.

Quien tiene miedo pierde puntos; los que empiezan a llorar o quieren ver a mamá, los que tienen hambre y piden la merienda, pierden puntos. Así, Guido, el protagonista de La vida es bella, juega con su hijo pequeño protegiéndolo de la muerte y del fascismo en un campo de concentración italiano. Logró conmovernos; alcanzamos la empatía, la posibilidad de estar en la piel del otro.

La Alemania nazi y sus aliados persiguieron, explotaron y asesinaron a judíos, eslavos, gitanos, negros, comunistas, socialistas, personalidades de la ciencia y del arte, homosexuales, discapacitados físicos y mentales, prisioneros de guerra soviéticos, disidentes políticos y religiosos, sin discriminar edad, clase social ni sexo. Los confinaron en campos de concentración y exterminio alejados de las ciudades; separaron a las familias y sometieron a las personas a torturas, trabajos forzados, experimentos seudocientíficos, hambre y muerte en cámaras de gas, entre otros.

Como tomar su vida no fue suficiente, tomaron sus bienes cual botín; las casas y las propiedades inmobiliarias, con todo su contenido, fueron requisadas. Los campos de concentración y exterminio eran muy lucrativos, empezando por el cabello de las mujeres y terminando por sus más íntimas propiedades, como sus dentaduras. No tenían desperdicio alguno. Tal era la cantidad de bienes dispuestos para ser expropiados que las SS crearon una empresa propia conocida como «Operación Reinhard», que se ocupaba principalmente de asesinar a los prisioneros y después robar sus posesiones para clasificarlas y venderlas. El despojo comenzaba desde la misma llegada de los trenes de la muerte a los campos. La clasificación separaba a los hombres sanos para trabajar, y el resto –mujeres, ancianos, niños y no aptos– se destinaban a las zonas de la muerte, en las que las prisioneras eran rapadas antes de ser asesinadas. El pelo humano era vendido principalmente a una empresa alemana que fabricaba fieltro, pero también lo usaba el ejército alemán, ya que servía como relleno de colchón para sus tropas y, tratándolo en sus factorías, se transformaba en juntas estancas para submarinos y buques de guerra de la marina nazi.

Obras de arte, ropa, joyas, dinero, todo era requisado. El informe del año 1943 revela que solamente de los campos de Polonia se requisaron 2.900 kilos de oro, 18.730 kilos de plata y 16.000 kilos de diamantes.

Muerte y despojo fueron la ecuación. Murieron entre once y doce millones de personas y se calcula que al menos un millón eran niños. Los nazis contaban para ello con miles de instalaciones en toda Europa y se cree que por lo menos cien mil personas participaron en la planificación de estas matanzas y su ejecución. La eliminación se realizó en forma sistemática, meticulosa y planificada.

Zygmunt Bauman, filósofo y sociólogo polaco, fallecido el 9 de enero pasado –hace apenas dieciocho días– a los 91 años de edad, conocido ampliamente por su concepto de modernidad líquida, con respecto al nos recuerda que no debe olvidarse que no fue un episodio exclusivo del pueblo hebreo y no debe agotarse su significado en un conjunto de patologías y taras sufridas por sus ejecutores; no hay locura, sino una opción e ideológica muy elaborada. La explicación de que hubo un conjunto de locos gobernando al mundo minimiza el sufrimiento de las personas y también nuestra inteligencia; no nos permite elaborar el «nunca más» y lo reduce meramente a un eslogan; minimiza la comprensión de la crisis del capitalismo imperante e implica un reduccionismo histórico que no podemos permitirnos. Por más duro que parezca y aunque sea irreconocible para nuestra esencia humana, es un tema ideológico y no de siquiatría.

Bauman, en su libro Modernidad y holocausto, toma de Feingold una cita que voy a leer: « fue también una expresión del moderno sistema fabril. En lugar de producir mercaderías, utilizaba seres humanos como materia prima y obtenía la muerte como producto final. […] Las chimeneas, símbolo del moderno sistema fabril, dejaban salir humo acre de la combustión de carne humana. La red ferroviaria de la Europa moderna, perfectamente organizada, trasportaba a las fábricas un nuevo género de materias primas, igual que como lo hacía con otros materiales. En las cámaras de gas, las víctimas respiraban vapores tóxicos producidos por pastillas de ácido fabricadas por la avanzada industria química alemana. Los ingenieros proyectaron los crematorios, los administradores crearon un sistema burocrático funcionante con un fervor y una eficiencia que las naciones más atrasadas hubieran envidiado. Incluso el mismo proyecto de conjunto era un reflejo del moderno espíritu científico desviado de su camino. No se trataba de otra cosa que de un inmenso proyecto de ingeniería social».

El proyecto originario de Hitler concebía una Alemania libre de judíos. Para ello se pensó en la deportación a Polonia central, y luego en el proyecto Madagascar, pero el trasporte por mar y la fuerte presencia inglesa lo hacían muy riesgoso y caro. Trasladarlos a Rusia era otra posibilidad evaluada, pero la misma Rusia tardaba en caer. Finalmente, en octubre del año 1941, se elige el exterminio bajo el nombre de «solución final». El objetivo último era la creación de una nueva sociedad, una sociedad perfecta. El judaísmo era presentado como el eje de la pestilencia y la enfermedad contagiosa, por lo que una solución económica, higiénica y rápida era el homicidio en masa. Dos tercios de la población judía de Europa fue exterminada; desaparecieron, no ya familias, sino comunidades enteras.

Señora presidenta: me he preguntado si esta conmemoración implica ser responsables del Holocausto, si la responsabilidad desaparece con los actores, si la historia baja el telón. En realidad, pienso que es el destino de todos nosotros, en cuanto humanidad sobreviviente, su comprensión como un auténtico ejercicio de la memoria, porque el Holocausto contiene, como bien señala Bauman, información de fundamental importancia acerca de la sociedad de la que formamos parte. Tanto dice el Holocausto de nuestra sociedad que existe una corriente negacionista del Holocausto, por increíble que nos parezca.

La Unión Europea, a partir del año 2007, pena el negacionismo del Holocausto y demás crímenes del nazismo. Los negacionistas elaboran teorías y buscan una justificación para nutrir el neonazismo.

Mucho podemos decir con respecto al sufrimiento de los judíos en el Holocausto; mucho no hemos dicho y no nos daría la vida, pero es claro que la vida humana no tiene solución final porque no es problema de un enigma con la certeza de buscar constantemente la libertad.

León Leyson, fallecido en el año 2013, fue el judío más joven de la lista de Schindler. Él no hablaba de sus experiencias ni del dolor sufrido porque creía que sus vivencias no le interesaban a nadie. Decía que no vivía la vida a la sombra del Holocausto. «Yo» –declaró–«no di a mis hijos el legado del miedo, yo les di el legado de la libertad».

El mundo después de la Segunda Guerra Mundial no ha sido mejor. Aquello que muchos pensábamos ingenuamente que era una acción de locos, no lo era, no lo es; era una opción meditada.

Este mundo no es un mundo de paz. A diario, por televisión –muchas veces en directo–, vemos guerras, refugiados sin refugio, deportaciones, el Mediterráneo convertido en tumba para miles de africanos en busca de mundos mejores, el pueblo sirio a la deriva, botones rojos a punto de estallar. No hace mucho en los Balcanes humeaban las masacres que parecía que no sucederían más; lo impensable pasaba ante impávidos ojos levantando la bandera de la limpieza étnica, eliminando a millones. La memoria del pasado ultranacionalista, xenófobo y racista volvía.

Permítame decir, señora presidenta, que no puedo dejar de pensar en nuestro pasado reciente, en lo que hemos vivido, en cómo nuestros derechos fueron violentados en nuestro país.

La creciente intención despolitizadora, la insistencia en la muerte de las ideologías, tan conveniente a los que promueven el olvido, dificulta la tarea de la cultura de la memoria, sin la cual la democracia y la justicia no son posibles.

También en se alzan voces negacionistas respecto a la tortura y desaparición sistemática y coordinada a nivel nacional e internacional, minimizando el número de víctimas como si una vida o la suma de todas ellas no fuera suficiente a la hora de condenar los crímenes.

Debemos fortalecer la idea de que la construcción de la memoria y su perduración es una tarea ciudadana en la que se realiza la síntesis entre la memoria y la esperanza. Hoy somos constructores del mundo del mañana. Mucho hemos de aprender del pueblo judío y de la lucha incansable por la justicia. La justicia hace memoria, la reconstruye.

Los que no vivimos el Holocausto, los que no fuimos ni siquiera contemporáneos a él, debemos comprometernos, estar atentos, defender los valores democráticos y nuestros derechos; defender la , porque es ella la que defiende y vela por nuestros derechos.

Señora presidenta: para finalizar, permítame en este día traer un verso de Daniel Viglietti, quien naciera el mismo año que comenzara la Segunda Guerra Mundial, y que fuera preso político de la dictadura uruguaya:

«Por detrás de mi voz
– escucha, escucha –
Otra voz canta.
Viene de atrás, de lejos;
Viene de sepultadas
Bocas, y canta.
Dicen que no están muertos
– escúchalos, escucha –
Mientras se alza la voz
Que los recuerda y canta.
Escucha, escucha;
Otra voz canta.
Dicen que ahora viven
En tu mirada.
Sostenlos con tus ojos,
Con tus palabras;
Sostenlos con tu vida
Que no se pierdan,
Que no se caigan.
Escucha, escucha
Otra voz canta.
No son sólo memoria,
Son vida abierta,
Continua y ancha;
Son camino que empieza.
Cantan conmigo,
Conmigo cantan.
Dicen que no están muertos;
Escúchalos, escucha,
Mientras se alza la voz
Que los recuerda y canta.
Cantan conmigo,
Conmigo cantan.
No son sólo memoria,
Son vida abierta,
Son camino que empieza
Y que nos llama.
Cantan conmigo,
Conmigo cantan».
Muchas gracias.

(Aplausos en la sala y en la barra).