Destruida tres veces pero reconstruida solo dos, la Gran de cobra vida gracias a la realidad virtual en una exposición en el Museo de Israel, un recorrido en el tiempo a partir de las fotografías que la siria judía Sarah Shammah tomó en 1947, último testimonio gráfico de ese lugar.

La exposición «Regreso a » se ha convertido en el plato fuerte de la temporada para el Museo de Israel en Jerusalén, que alberga la mayor colección de arte judío del mundo, ya que invita a revisitar un lugar que ya no existe, destruido totalmente en 2016, en plena guerra de Siria.

Levantada entre los siglos V y VII, fue la más antigua de toda Siria, donde la oración judía continuó ininterrumpidamente hasta entrado el siglo XX.

Sarah Shammah, que vivía en Jerusalén desde 1932, decidió regresar a su natal en 1947 para atesorar sus últimos recuerdos de la Gran , a donde de niña solía ir a diario con su padre, custodio del lugar.

Contrató a un fotógrafo local armenio para capturar de arriba a abajo cada detalle y resquicio del lugar, y preservarlo siempre en su memoria. «Le pidió que hiciera fotos de todo: la entrada, el atrio de lecturas, las ventanas… Cartografió toda la y reunió en sus manos cincuenta instantáneas del lugar», explicó la curadora de la exposición, Revital Hovav.

El 1° de diciembre de 1947, dos días después de la resolución de la ONU que daba paso a la creación del Estado de Israel, el mundo árabe se revolvió en contra de la decisión y musulmanes sirios provocaron graves disturbios en la comunidad judía de Alepo, les agredieron, saquearon sus casas y tiendas, y prendieron fuego a la Gran Sinagoga, en su segunda destrucción. La primera fue en 1400 a manos del Ejército mongol.

«El fotógrafo armenio fue entonces consciente del valor que tenían sus imágenes. Acudió a Sarah para chantejarla. O le pagaba una gran suma de dinero o le devolvía los negativos. Si no lo hacía, la denunciaría ante las autoridades sirias por espionaje para Israel», relata Hovav.

Mintiéndole, Sarah le dijo que en ese momento no tenía los negativos pero que se los devolvería al día siguiente. En lugar de eso, huyó en coche hasta Beirut con la ayuda de un amigo árabe de su hermano, y desde ahí tomó un vuelo hasta Jerusalén, donde al fin revelo las fotos de la Gran de Alepo, también conocida como de Joab o Al Safra, que significa amarillo, debido al color de la piedra de su fachada.

Han sido esas fotografías las que han servido de punto de partida para el metraje en realidad virtual que es la base de la exhibición «Regreso a Alepo», realizado por el cineasta israelí Ava Dabach, quien tuvo la idea de la exposición, ya que su infancia también estuvo ligada al lugar.

La película en realidad virtual recrea la última visita de Sarah a la con el fotógrafo armenio y cómo evocaba los recuerdos de su infancia, mientras tratan de esconderse de los musulmanes, que ya vigilaban de cerca a la comunidad judía que quedaba en ante la inminencia del anuncio de la ONU para establecer el Estado de Israel.

«En el museo tenemos la reconstrucción física completa de cuatro . Por eso nos pareció interesante añadir la reconstrucción virtual de la de Alepo, que es un gran ejemplo de estos templos en Oriente Medio, sobretodo en Siria y Egipto», apunta la curadora jefe de Arte Judío del Museo de Israel, Rachel Sarfati.

Sarfati, quien desea llevar a exposición a otros países con pasado judío, explicó que esa tiene un «valor especial» porque es una de las más antiguas que llegó en pie hasta el siglo XXI, ya que a partir del siglo VII, cuando los islámicos conquistaron la región, no permitieron a las comunidades judías construir nuevos templos, solo rezar en los que ya existían.

El Museo de Israel también ha recuperado el valioso Códice de Alepo -considerado el manuscrito más preciso de la Biblia hebrea, escrito en Tiberiades en el siglo X- y que por avatares de la historia estuvo custodiado en un armario metálico de esa durante unos 600 años, hasta el incendio de 1947.

«Cuando los musulmanes entraron y vieron el armario, esperaban encontrar oro y plata. Al ver que solo tenía libros y manuscritos, los dejaron ahí tirados. Cuando los judíos entraron días después, recogieron las páginas del códice. Pero decidieron no dar publicidad al hecho de que habían salvado el manuscrito e hicieron creer que se había incendiado porque sabían que los sirios lo andaban buscando por su valor», relata Adolfo Roitman, director del Santuario del Libro del museo.

El secreto se mantuvo una década y en 1958 el códice sale de contrabando de Siria a Israel, vía Turquía, en manos de un miembro de la comunidad judía de que logró permiso para salir, aunque solo llegaron la mitad de sus páginas. El destino del resto aún es un misterio.