Solamente asume una “responsabilidad moral” por “no haber podido evitar” los asesinatos que cometieron los dos hombres con los que convivía en la clandestinidad y que, cuando quiso denunciarlos, “amenazaron con suicidarse”.

Zschäpe, de 40 años, es el único miembro vivo de una célula del grupo terrorista autodenominado “Clandestinidad Nacionalsocialista” (NSU), responsable de al menos diez asesinatos xenófobos en Alemania y que actuó impunemente a lo largo y ancho del país entre 2000 y 2007. La existencia de este grupo fue descubierta de forma fortuita, debido a un incendio en la caravana en la que se ocultaban y en el que fallecieron sus dos cómplices y amantes, detalle por el que la prensa alemana la apodó “la novia nazi”.

El caso NSU, destapado a finales de 2011, puso en evidencia graves negligencias de las fuerzas de seguridad alemanas, que fueron atribuyendo las muertes violentas de inmigrantes a ajustes de cuentas entre extranjeros sin establecer conexiones entre ellas. Las primeras semanas del juicio, en noviembre de 2012, desvelaron además la existencia de una red de contactos que daba apoyo logístico y protección a los asesinos y que sembró dudas sobre la verdadera actividad de agentes de los servicios de inteligencia infiltrados en grupos neonazis.

Un portavoz de la Oficina de Protección de la Constitución, central de los servicios internos de inteligencia alemanes, hubo incluso de confirmar la desaparición de actas “trituradas” de los archivos de Berlín a lo largo del año 2010, una obstaculización interna a la Justicia que permitió a los asesinos seguir actuando y que obligó a dimitir a la jefa de los servicios secretos del Land de Berlín, Claudia Schmidt. Se esperaba que el testimonio de Zschäpe sirviese para desentramar esos posibles apoyos desde dentro del Estado a los asesinos neonazis. Pero lejos de aportar datos, se limita a reconocer que era informada de los crímenes a posteriori y que, aunque “no los compartía”, se sentía “incapaz de denunciarlos o de abandonarlos” por su “dependencia emocional”.

De jardinera a ultraderechista
Nacida el 2 de enero de 1975 en la ciudad oriental de Jena, Beate quedó a cargo de su abuela a los dos años, cuando sus padres se separaron. Se formó como jardinera, pero tardó años en encontrar su primer empleo y durante ese tiempo comenzó a estrechar lazos con la ultraderecha. Allí conoció a sus dos hombres y surgió una especie de familia ideologizada en el nazismo y violenta hasta el punto de constituir una especie de banda que llevó a cabo al menos 10 asesinatos, varios atentados con bomba y 15 atracos a bancos para financiarse.

Entre crimen y crimen, el trío se hacía fotos compartiendo vacaciones junto al Mar Báltico o en la intimidad del apartamento de la ciudad sajona de Zwickau en el que vivirían. Su radicalismo llamó la atención de la policía y el 26 de enero de 1998 fue registrado un garaje alquilado por Zschäpe en el que fueron encontrados explosivos, detonadores y un ejemplar de “Progromly”, una obscena versión antisemita del popular juego de mesa Monopoly. Esquivaron la redada, posiblemente gracias a un soplo horas antes del registro, y pasaron a la clandestinidad.

Durante los siguientes 14 años, Zschäpe adoptó numerosas identidades falsas y perfeccionó su imagen de ciudadana corriente, amante de sus dos gatos Lilly y Heidi y especialmente amable con sus vecinos, hasta que el 4 de noviembre de 2011, Mundlos y Böhnhardt aparecieron muertos en una caravana incendiada. Aparentemente, se habían suicidado al verse rodeados por la policía tras robar un banco. El origen del incendio nunca se aclaró. Zschäpe, mientras tanto, instaló explosivos en la casa que los tres compartían en Zwickau para borrar pruebas. Cuatro días más tarde se entregó a la policía. Desde entonces ha mantenido silencio y un rostro impasible convertido en un símbolo vergonzoso e indescifrable para los alemanes

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