Son los puros. 3.030. Los mortíferos. Los que tienen la historia de su parte. Hoy, se llaman CUP. Tuvieron otros nombres, a lo largo de dos siglos. Pero de todos ellos queda resonancia infame. ¿Dónde comenzó esta locura providencialista? ¿Quién dijo que la historia sube en volutas al cielo? Un tal Hegel, al cual los profesores veneran y que es el descalabro mayor del pensar europeo.

La idea parece simple. Y luminosa. Todo progresa hacia un inexorable absoluto. Y, si aún no hemos accedido a la perfección, es porque algún anacrónico obstáculo se resiste a plegarse a su sentido. Un sentido que es siempre, por supuesto, el bueno. “La variación abstracta que se verifica en la historia” implica “un progreso hacia algo mejor y más perfecto… La historia universal representa la evolución de la conciencia que el espíritu tiene de su libertad y también la evolución de la realización que ésta obtiene por medio de tal conciencia”. Cuando un profesor berlinés dicta eso en la arcaica Prusia de 1830, quienes le escuchan pueden juzgarlo un loco inofensivo. Los dos siglos que seguirán consolidan la certeza de que nada de inofensivo hay en el delirio de dar a la historia humana un sentido final: el mundo-paraíso. Es decir, el infierno: Auschwitz, Gulag, China, Cuba, Corea, Camboya… El providencialismo es una bella esperanza de salvación en otro mundo. Anclado en este nuestro, garantiza lo peor.

Nada se aprende. La estética y el discurso de los 3.030 de las CUP son de un anacronismo providencialista que me conmovería, si no supiera a donde lleva. Porque estremece esa incólume instalación en la creencia más sagrada: la de estar en la víspera exacta del Apocalipsis. O de la Apocatástasis: a gusto del consumidor. Sesenta años después de Stalin, los “mañanas luminosos” siguen embriagando a ese pequeño ejército de los puros, de esos que saben estar siendo guiados por la más santa de las Providencias. Tres cuartos de siglo después de Hitler, la plenitud racial y cultural de la nación, depurada de sus infecciones importadas, vuelve a tomar el brillo al cual Leni Riefenstahl diera cegadora luz en documentales que exaltaban el esplendor de la nueva y limpia patria alemana a punto de nacer. Higienizada a sangre y fuego. “En el espíritu”, proclamaba el profesor berlinés un siglo antes, “toda transformación es progreso”. Ahora, los supremacistas catalanes están a punto de tocar el cielo. Despertarán en el infierno. Despertaremos todos.

Todos. Porque esta presente locura no es sólo la ópera cómica de 3.030 alucinados. De 3.030 espíritus puros, si se prefiere. Con esa asesina pureza que Vladimir Jankélévich retrata en el chamán patriótico: “ese sofista, ese austero bribón, ese virtuoso embaucador, ese irreprochable charlatán”.

Pero 3.030 alucinados no pueden destruir una nación entera. Si la nación –no Cataluña, la nación, España– ha sido pastoreada en línea recta al abismo, es porque la grey deseó eso: despeñarse. Sin grandeza. Y en silencio. Ese rebaño somos.

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