El incendio en el norte de Israel, en la hermosísima zona del Carmel aledaña a Haifa, fue una catástrofe nacional. Ante todo, por los 41 muertos que cobró el fuego. Por los heridos graves. Por los 5 millones de árboles incinerados. Por las casas carbonizadas, los daños materiales y la belleza natural arruinada. Por los gastos y el tiempo que requerirá intentar corregir lo posible, aunque lo más importante, se ha perdido para siempre.

La negligencia de un jovencito que fumó “narguila” y tiró los carbones aún encendidos en lugar de preocuparse de apagarlos, lo cual provocó el gigantesco incendio, fue el detonante. Pero la razón por la que eso se convirtió en una tragedia de dimensiones monstruosas-sin olvidar la mala suerte de los vientos fuertes y cambiantes- radica en una negligencia mucho peor, que linda con lo criminal: la de las autoridades en distintos gobiernos de Israel que en el transcurso de los años no prestaron la debida atención a las advertencias.

Los documentos son numerosos: cartas, informes oficiales, protestas de todo tipo, tanto de oficiales del Cuerpo de Bomberos como del Contralor del Estado y comisiones ad-hoc, afirmando que la situación reinante (que no empezó ahora) es insostenible: que los presupuestos destinados a esta importante fuerza de emergencia son insuficientes, que el equipo es anticuado y que es cuestión de tiempo hasta que haya una tragedia. Una vergüenza..

El Premier Benjamín Netanyahu actuó como un líder apenas quedó claro que lo que estaba ocurriendo era algo serio. Fue él quien organizó toda la ayuda internacional y tomó las decisiones acertadas. La pregunta es por qué había que llegar a esto. Podría haber ocurrido la misma catástrofe a Ehud Olmert, Ariel Sharon o cualquier otro Premier. Ninguno hizo lo suficiente.

Esa fue la gran sombra dejada en evidencia por el fuego.

Otra, nada nueva tampoco, fue cómo elementos radicales aprovecharon la situación para intentar causar más daño, prendiendo fuego en diferentes partes del país, con el evidente deseo de enloquecer a las fuerzas de rescate, de abrir varios frentes, de perjudicar. Y ni siquiera salió todo en la prensa. Sabemos por amigos personales que residentes de localidades árabes aledañas a la comunidad judía en la que ellos viven, quisieron “aprovechar la volada” y trataron de incendiar el lugar. Los vecinos…no los terroristas del otro lado…Los vecinos…Una minoría, sí, por supuesto…una minoría que nos hace recordar por qué Israel todavía debe estar alerta en su vida diaria, por más poderío militar que tenga.

Afortunadamente, hay también luces a destacar.

La ayuda internacional dejó en claro que Israel no está solo. De numerosos países se hicieron presentes a pedido del Primer Ministro-Grecia, Bulgaria, Chipre, Rusia, España, Gran Bretaña, Alemania, Croacia, Azerbaijan, Suiza, Estados Unidos y varios más- convirtiendo el espacio aéreo israelí en una emotiva y decidida torre de Babel que iba y venía al mar Mediterráneo, cargaba agua y volaba al Carmel al lanzar ese precioso oro líquido para apagar el fuego.

Quisiera destacar especialmente la ayuda prestada por Turquía, Egipto, Jordania y la Autoridad Palestina. No es algo sobreentendido. Persistirán las discrepancias con Ankara por la flotilla-aunque se habla estos días de una polémica fórmula que pondría fin supuestamente al distanciamiento-, habrá aún sin duda críticas de Ammán y El Cairo por políticas del gobierno israelí en el proceso de paz y, como bien sabemos, tampoco con la ANP todo va sobre ruedas. Pero supieron llegar a prestar una mano, en una actitud humanitaria loable, que Israel también supo agradecer elocuentemente.

Cabe destacar un concepto que mencionó el Primer Ministro en su conversación telefónica con el Presidente palestino Mahmud Abbas: israelíes y palestinos viven en el “mismo barrio” y deben poder ayudarse mutuamente. Netanyahu agradeció el aporte palestino y prometió a Abbas que la flota de aviones para apagar incendios que piensa crear, servirá también para ayudar a los palestinos en caso de eventual necesidad.

La verdad es que si todo esto no hubiera ocurrido, habría sido injusto, porque Israel suele tener una reacción casi refleja de ayuda a otros países en situaciones de catástrofe. Sus equipos de rescate, sus médicos, sus especialistas en distintas disciplinas, son de los primeros en correr a prestar ayuda. Han estado en el mundo todo asistiendo en tragedias de otros pueblos, desde el terremoto en Turquía, el que azotó México hace mucho, hasta diferentes situaciones de emergencia en África, Asia…y hace varios meses, en Haití.. Lo llamamos tiempo atrás en otra nota en estas páginas, “el brazo más largo de Israel”, el de la ayuda humanitaria. Esta vez, el mundo le supo responder.

La otra gran luz iluminada por el fuego, fueron las manifestaciones de solidaridad y ayuda mutua que casi como reflejo en situaciones de este tipo, siempre se dan en Israel.. Diferentes sectores de la población se organizaron voluntariamente para ayudar tanto a los equipos de rescate como a las familias evacuadas de sus casas.

Miles de ofertas de recibir a familias enteras fueron anotadas en sitios de Internet creados especialmente para la ocasión. Restaurantes y diferentes negocios de la ciudad de Haifa y otras partes del país enviaron enormes cantidades de comida a los sitios en los que trabajan los bomberos y los equipos de salvamento, para que sienten un apoyo concreto de la población.

Una empresa particular que ideó un sistema que permite limpiar las vías respiratorias afectadas por diferentes problemas, llegó representada por su propio dueño a uno de los sitios de donde salían los bomberos a los focos de trabajo y erigió en el lugar una así llamada “pieza de sal”, en cuyo aire se respira sales especiales que permiten liberarse de lo que aspiraron, en lugar de que se les adhiera por mucho tiempo a su sistema respiratorio.

Conocemos personalmente a jóvenes soldados que ya se anotaron para dedicar este fin de semana, que tienen libre de sus bases, para ir al norte a ayudar en lo que sea necesario. “Mamá, este viernes y sábado no voy a estar en casa”, avisó uno de ellos.”Voy con mis amigos a la zona del incendio, a ver en qué podemos dar una mano”.

El Director del periódico israelí en inglés “The Jerusalem Post”, David Horovitz, lo describió muy bien, haciendo referencia también a la actitud de los bomberos que luchaban contra el fuego:

“Hezy Levy, portavoz del Cuerpo de Bomberos, dijo que algunos bomberos debieron ser sacados por sus jefes de la zona, en contra de su voluntad, después de las horas en el frente, simplemente para tomar un breve respiro, descansar, comer y beber un poco.

Tal heroísmo, tal voluntad de sacrificio y tal capacidad de recuperación han sido, desde hace mucho tiempo, una confiable característica de la respuesta de Israel a emergencias. Fue emblematizado, también, por la imagen y el sonido, casi surrealistas, del presidente Shimon Peres cantando “Maoz Tzur” y otras melodías de Hanukka en un centro comunitario de Tirat Carmel con familias de residentes evacuados.

Una y otra vez, cuando es necesario empujar juntos, este país ha aceptado el desafío”.

Es imposible no destacar en especial la actitud institucional y personal de los muertos. Institucional, decimos, porque la mayor parte de ellos eran cadetes en el curso de oficiales del Servicio Penitenciario de Israel, enviados desde la ciudad de Ramle al norte en las primeras horas del incendio, para ayudar a evacuar a los presos de la cárcel de Damun que estaba en peligro. Fueron atrapados en el camino por las llamas, cuando una bola de fuego envolvió al ómnibus en el que viajaban. Muy pocos lograron salir. Casi todos murieron quemados.

Y personal, decimos, porque entre las llamas murieron también quienes habrían podido evitar estar allí, en el frente, si hubieran pensado sólo en ellos mismos, no en los demás. Como Elad Riben, de tan solo 16 años, que tras hacer el año pasado un servicio comunitario en el marco de su liceo, como voluntario en los Bomberos, decidió seguir prestando esa ayuda aunque el programa de su secundario ya no lo exigía. Estaba en clase cuando vio por la ventana el humo sobre el Carmel. Llamó a su madre, le pidió que vaya enseguida a buscarlo, que le lleve el uniforme y lo acerque al fuego. Ella sabía que no podría detenerlo. Lo llevó. Y no lo vio nunca más. Era su único hijo.

Y como Ahuva Tomer, la primera oficial de policía mujer que se convirtió en jefa de una estación policial, la más grande, la de Haifa, que cuando oyó sobre el ómnibus atrapado en las llamas, corrió al lugar como segura de que ella podría hacer algo. Falleció días después a causa de las serias quemaduras que había sufrido en todo el cuerpo. Ahuva había nacido en Rusia y llegado con su familia, de bebé, a Polonia. Llegó a vivir en Israel cuando tenía dos años y medio, nada más ni nada menos que en el avión de David Ben Gurion. Murió quemada tratando de ayudar a otros.

Y así, otros oficiales de policía que no buscaron lo fácil.

Bendita sea su memoria.

Difusion: www.porisrael.org

FuenteSemanario Hebreo

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