Diario Judío México - Introducción

Mi contacto con el tema Nisman viene principalmente desde 2009, cuando en el programa para jóvenes líderes judíos Majón LeMadrijim en Jerusalem, , escuché al amigo y biógrafo de Alberto, el filósofo Gustavo Perednik, quien acababa de publicar su libro “Matar sin que se note”, relatando de manera novelada la hazaña del fiscal. Con Gustavo, que también pasó a ser mi amigo y maestro, mantenemos fluido contacto hasta el día de hoy, y gracias a sus escritos dignos de ponderación se despertó mi entusiasmo y curiosidad sobre el tema para continuar leyendo e investigando. Lamento no haber podido conocer personalmente a Alberto, a quien a pesar de no haberlo tratado, me sale llamarlo por el nombre, tal la admiración y cariño que me genera su figura.

nació el 5/12/63. De joven ya mostraba grandes cualidades para el derecho, y llegó a ser definido por un reconocido colega como una persona “brillante”. Todos los que lo conocían coinciden en que trabajaba con tanta dedicación que llegaba a la obsesión. No podría acusárselo jamás de vago o inactivo. Esa pasión que lo caracterizaba fue fielmente reflejada en su tarea como fiscal al frente de la causa AMIA. Dejó todo para concentrarse exclusivamente en la que sería la causa de su vida… y  por la cual terminaría dando la vida.

Alberto era judío, pero su identificación con la causa AMIA vino primero por la motivación profesional, y luego dio paso a un reencuentro con sus raíces. Nisman no era lo que se denomina un judío “practicante”, ni conocía , pero a medida que fue adentrándose en su labor, vinculándose con la comunidad, y conociendo a algunas personas indicadas –entre tantas equivocadas-, logró un mayor contacto con la cultura judaica y el país judío. Con esto no queremos decir que sufrió una transformación y se volvió religioso, sino que adquirió una sensibilidad especial por el tema.

De cualquier manera, la actuación de Nisman no puede ser reducida al interés judío. Por la calidad, magnitud y trascendencia de los acontecimientos, lo suyo fue una epopeya nacional, incluso internacional.

Para conocer la gran obra de Alberto y el violento final de su vida, conviene dividir la exposición en cuatro partes. Primero, su actuación respecto de la causa AMIA. Segundo, su dictamen revelador de la infiltración terrorista en el continente. Tercero, su denuncia contra el gobierno argentino por sepultar la justicia. Y por último, su vil asesinato aún impune.

 

AMIA 

La Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) explotó en la mañana del 18 de julio de 1994. El atentado exhibe el desagradable primer puesto en cantidad de víctimas tanto en el país como en toda Latinoamérica. Las vidas de 85 personas inocentes quedaron truncadas por la bomba terrorista que con su onda expansiva afectó no solamente a la gente dentro del edificio sino también en los alrededores.

Argentina ya conocía de atentados del mismo estilo. Dos años antes, el 17 de marzo de 1992, había estallado otra bomba en la Embajada de en Buenos Aires, generando un saldo de 29 muertes.

Por ende, el ataque a la AMIA no podía entenderse como un hecho aislado o aleatorio. Más bien debía inscribirse en un marco de premeditada agresión contra objetivos dentro del país. ¿Por qué en Argentina? ¿Por qué blancos que tenían que ver con los judíos? Para responder a esas preguntas, se necesitaban especialistas que estuvieran a la altura de las circunstancias: compromiso inquebrantable en la averiguación de la verdad, esfuerzo sostenido para someter a los culpables a la justicia, rectitud para emitir una condena. No hubo tales personas en los primeros años posteriores a la agresión.

Días después de la bomba en la mutual, Ansar Allah -milicia integrante del grupo terrorista islamista Hizballah que operaba en el Líbano- se atribuyó el atentado. Por aquellos años, ya tenía en claro que Hizballah estaba bajo las órdenes de Irán; y era una organización a la que por su creciente estructura armamentística y lazos políticos se la llegó a denominar “un estado dentro de otro estado”.

Con la explosión todavía aturdiendo, en un primer momento el por entonces presidente de Argentina Carlos Menem se mostró horrorizado por lo acontecido y deseó la persecución y puesta a disposición de la justicia de los culpables. Pero luego otras motivaciones pujaron más fuerte en su cabeza y terminó cediendo para seguir otras conveniencias. Irán era un enorme socio comercial, y confrontar abiertamente con él podía perjudicar la economía nacional. En este punto, fue disuadido por su canciller Guido Di Tella y por su ministro de economía Domingo Cavallo. Por lo tanto, se resolvió no mostrarse hostiles con la República Islámica.

Con tan poca decisión política, la determinación judicial se amalgamó a lo circundante. El juez de la causa, Juan José Galeano, desvió el foco en complicidad con la SIDE (Secretaría de Inteligencia del Estado), y en vez de ser presentado como un ataque de protagonismo internacional, el atentado a la AMIA fue introducido como una maniobra principalmente local.

El 27 de julio de 1994 se detuvo a Carlos Telleldín, reducidor de autos, a quien se lo acusaría de haber entregado la trafic que se había empleado como coche-bomba para ejecutar el atentado. Para cortar vínculos de Irán con la agresión, en junio de 1996 Galeano y la SIDE decidieron pagarle a Telleldín US$400.000 en concepto de soborno para que incriminara falsamente a efectivos de la policía bonaerense. Después que Telleldín declarara contra los policías en julio, Galeano se juntó con el secretario de inteligencia Hugo Anzorreguy en la SIDE para festejar la maniobra, y luego se detuvo a los policías.

A mediados de 1995, el espía de la SIDE Antonio Stiuso, conocido como “Jaime”, empezó a investigar el caso. Pero sus aportes no serían bien recibidos por quienes estaban interesados en direccionar la culpabilidad hacia otro lado. El juez Galeano y Anzorreguy trasladaron la investigación a otro agente. Años más tarde, Stiuso declararía haber sido quitado del medio por no seguir la hipótesis de los policías y buscar otro rastro.

En abril de 1997, entra en escena. Un sábado a la noche, durante una fiesta de casamiento, Eamon Mullen –quien era fiscal de la causa junto a José Barbaccia- le propuso a Nisman sumarse como fiscal. Nisman aceptó y en 1999 fue designado como fiscal del juicio oral. De aquellos nombres iniciales, Nisman sería el único que perduraría. Los otros iban a ir saliendo de manera poco elegante de la historia.

En el año 2000, ya durante la presidencia de Fernando De la Rúa, el juez Galeano firmó la elevación a juicio oral, y los fiscales Mullen y Barbaccia pidieron cadena perpetua para los policías acusados. El juicio seguía yendo por el camino localista sin reparar demasiado en los elementos internacionales.

En 2001 empezó el juicio oral. Para ese entonces, el ascendente en la SIDE Stiuso, de nuevo en contacto con la causa, elaboraba un informe que seguía la pista iraní, lo cual obligaba a re-direccionar la investigación. A Galeano no le quedaba otra y debía incursionar donde no había querido en el pasado. En 2003 emitió órdenes de captura nacionales e internacionales contra funcionarios iraníes. Ahora bien, Galeano no acusaba al régimen iraní en sí; más bien a “elementos radicalizados de la República Islámica de Irán”.

El mismo año el juez caería en desgracia: declaraciones en juicio revelaron el pago a Telleldín y el desvío en la investigación. De ahí a 2004, los policías imputados serían absueltos y liberados, y Galeano quedaría destituido.

Desde ese punto en adelante, comenzaron los procesamientos contra las autoridades: Galeano procesado por el encubrimiento del ataque e irregularidades tales como el pago del soborno a Telleldín; éste (después de ser absuelto en proceso irregular anulado por la Corte Suprema) volvió a ser procesado como partícipe necesario del atentado; Anzorreguy procesado por encubrimiento; Mullen y Barbaccia procesados por privación abusiva de la libertad agravada por su duración contra los policías de la Provincia de Buenos Aires, colaborando los fiscales con Galeano en el abuso en el ejercicio de sus funciones.

Luego de toda la trama encubridora que pretendió enterrar el atentado junto a los muertos, comenzaría AMIA II. El nuevo juez sería Rodolfo Canicoba Corral, y la fiscalía estaría encabezada por como fiscal principal y Marcelo Martínez Burgos sería el fiscal adjunto.

En el gobierno de Néstor Kirchner, nació la UFI (Unidad Fiscal de Investigación) para la causa AMIA. El 2 de septiembre de 2004 el ministerio público fiscal procedió a su creación mediante la resolución 84/04 firmada por la procuración general de la nación. Kirchner le confiaba especialmente a Nisman la tarea de esclarecer lo que antes parecía una causa perdida. El 25 de octubre de 2006, a dos años del nacimiento de la unidad, Nisman y Martínez Burgos acusaron formalmente al gobierno de Irán de haber planificado el atentado terrorista y al grupo terrorista libanés Hizballah de perpetrarlo. Ya no se trataba de un “grupo radicalizado”, sino del mismísimo gobierno de los ayatollahs iraníes. Los arduos trabajos de Alberto y su elogiable equipo de profesionales habían logrado -en poco tiempo en relación a lo que debían desentrañar- el rescate de un caso sumido en las sombras por políticos y funcionarios judiciales corruptos y encubridores; la reconstrucción de los hechos que conducían a los responsables; y el esclarecimiento de la verdad para familiares tan necesitados de respuestas y una Argentina tan castigada por la mentira. El 9 de noviembre de 2006 el juez Rodolfo Canicoba Corral firmó las órdenes de captura de los funcionarios iraníes y de un miembro libanés de Hizballah acusados por el atentado. El 22 de enero de 2007 en Lyon, Francia, una delegación argentina capitaneada por Nisman pidió ante el secretario general de Interpol la emisión de las órdenes de captura bajo el sistema de máxima prioridad. Irán, por su lado, dijo en la audiencia que las acusaciones eran infundadas, políticamente motivadas, e instó a Interpol a negar el pedido argentino. El ex fiscal Pablo Lanusse, quien desde marzo de 2006 representaba legalmente a la agrupación “Familiares y Amigos de las Víctimas de la AMIA”, aseveró que los instrumentos jurídicos exhibidos por Argentina a Interpol cumplían con todos los requisitos para que las órdenes de captura fueran emitidas. El 7 de noviembre de 2007, haciendo lugar a la petición argentina, la asamblea general de Interpol emitió las llamadas “circulares rojas” para detener a los acusados y someterlos a la justicia.

Luego de tiempos de neblina, el clima se despejaba y la vista argentina sabía dónde apuntar. Los responsables de la brutal bomba a la AMIA, tras los cuales iba Nisman, eran: Ali Akbar Hashemi Bahramie Rafsanjani (Presidente de Irán 1989-1997), Alí Fallahijan (Ministro de Información y Seguridad de Irán 1989-1997), Alí Akbar Velayati (Ministro de Relaciones Exteriores de Irán (1981-1997), Mohsen Rezai (Comandante de la Guardia Revolucionaria Pasdarans (1981-1997), Imad Fayez Moughnieh (Jefe de Servicio de Seguridad Exterior de , libanés liquidado en Siria), Mohsen Rabbani (Consejero Cultural de la Embajada de Irán en Argentina 1994-1998), Ahmad Reza Asghari (también conocido como Mohsen Randjbaran, 3º Secretario de la Embajada de Irán en Argentina 1991-1994), Ahmad Vahidi (Comandante de las fuerzas Quds 1989-1998, y Ministro de Defensa de Irán 2009-2013).

Pero a pesar de haberse encaminado la causa, lejos estaban los argentinos de sentir que una justicia completamente transparente era posible para el país. A principios de 2007 trascendió que Martínez Burgos mantenía reuniones secretas con un estudio jurídico cercano a la embajada iraní, cuyo socio principal era el abogado Juan Martín Cerolini. Irán quería que las acusaciones sobre sus funcionarios cayeran y las conversaciones con el fiscal adjunto buscaban tal cometido. El plan consistía en la renuncia de Martínez Burgos para hacerle creer al público que había diferencias entre los fiscales por lo investigado y los pasos a seguir, y aprovechar la situación problemática para quitarle legitimidad a la labor producida. Al poco tiempo del nuevo embrollo en torno a la causa, habiéndose hecho de público conocimiento su indigno plan secreto y debido a la repercusión negativa, Martínez Burgos terminó renunciando. Y en medio de tanta corrupción, maldad, y mediocridad, Nisman seguiría, y demostraría por qué él sí era apto para inscribir su nombre en la historia.

Después de este recuento de hechos que nos depositaron en Nisman fiscal de la causa AMIA, exploremos el contenido de su dictamen.

Acerca de la motivación para ejecutar el atentado terrorista, se leía:

“…hemos dejado claramente establecida la existencia de un motivo con un antecedente directo que, de acuerdo a la perversa lógica fundamentalista, proveyó a los funcionarios gubernamentales iraníes de una razón que ‘justificaba’ una acción de las características del atentado contra la AMIA, y que estaba relacionado con la inesperada decisión por parte de la Argentina de cancelar los contratos de transferencia de tecnología nuclear que habían sido firmados entre Irán y la Argentina… esta decisión supuso un impedimento para la estrategia iraní de desarrollo de su programa nuclear”.

¿Y por qué pensaban con tanta facilidad en cometer un crimen en la Argentina? El dictamen también daba respuesta:

“En el momento del atentado de la AMIA, la situación en la Argentina era la siguiente: sus fronteras eran permeables; su sistema de control de inmigración era ineficiente, y el estatus de la investigación del atentado contra la Embajada de dos años antes indicaba que era poco probable que los autores fuesen aprehendidos. Todo esto hacía de la Argentina la elección adecuada no sólo como un centro para las actividades de la inteligencia iraní, sino también (y sobre todo), como objetivo de un nuevo ataque. Pero al mismo tiempo, este contexto debe contemplarse contra el telón de fondo de la terminación, por parte de la Argentina, de su acuerdo de transferencia de material nuclear con Irán – una circunstancia que, en nuestra opinión, sin duda tuvo mucho peso en la decisión de Irán de llevar adelante un atentado terrorista en la Argentina”.

Así operaba el régimen iraní cuando sentía descontento. Si Argentina suspendía acuerdos de transferencia nuclear, volaba la Embajada de Israel. Si los cancelaba, volaba la AMIA. A los ayatollahs no les agradaba que Menem hubiera alineado a Argentina internacionalmente con Estados Unidos y dejado de cooperar con su estado terrorista. Hasta ahí estaba la explicación del atentando contra la Argentina.

¿Y los objetivos judíos? Para entender este punto, había que abrir el panorama y observar integralmente el tablero de juego. La teocracia iraní quería exportar su revolución político-religiosa consistente en el islam más fanático y totalitario, y para ello recurría al terrorismo eligiendo blancos que representaban lo contrario a sus pretensiones. A nivel teológico-cultural, el régimen era alarmantemente judeofóbico, y un nuevo genocidio contra los judíos siempre era un plan en mente para erradicarlos por no seguir las órdenes del profeta Muhammad. A nivel geopolítico e internacional, Irán aborrecía al Estado de Israel, una gota judía en un océano islámico que debía ser removida para siempre. Israel representaba la libertad, la cultura occidental, la tolerancia, los derechos, el triunfo sionista. El oscurantismo iraní reflejaba la sociedad cerrada, la persecución, la censura, el triunfo dictatorial. Entonces, en el marco de este enfrentamiento de base religiosa con aplicación política contra el sionismo y el judaísmo, elegir un objetivo israelí (embajada) y un objetivo judío (AMIA) cuajaba a la perfección.

Respecto del modus operandi para concretar el ataque, se eligió el terrorismo suicida mediante coche-bomba:

“Se ha demostrado concluyentemente que el 18 de julio de 1994 Ibrahim Berro, libanés y miembro de , conducía la furgoneta Renault Trafic que explotó frente a la AMIA, matando a Berro… Es importante subrayar… que la militancia de Ibrahim Berro como un miembro activo de es un hecho que fue reconocido por su hermanos y por el propio ”.

Los perpetradores no solamente se adjudicaron el atentado, sino que reconocieron la identidad del terrorista como miembro de su agrupación.

Toda esta claridad lograda gracias a la capacidad investigadora de la unidad comandada por Nisman, nos lleva a hacer un último comentario en la presente sección para hacerle justicia a su obra reconstructora de AMIA. Cuando surge el tema, rápidamente nos rodean latiguillos, frases hechas y expresiones pre-fabricadas que no tienen asidero alguno. Ejemplos son “No sabemos nada sobre AMIA”, “Queremos que se sepa quién fue”, “No se avanzó en la causa”, “Seguimos buscando a los culpables”. En algún momento pudieron pronunciarse con respaldo, pero antes de la época de Nisman. Desde que Nisman asumió y presentó el dictamen, ninguna de esas expresiones de ignorancia y desconocimiento pueden justificarse. Podrá justificarse el escepticismo sobre la justicia, pero no la ignorancia de las respuestas. Gracias a Nisman sabemos todo sobre AMIA: quién fue (Ibrahim Berro), de dónde era (Líbano), a qué grupo pertenecía (Hizballah), quién lo respaldaba (Irán), qué elemento utilizó (Renault Trafic), por dónde ingresó (Triple Frontera), por qué se hizo el atentado (cancelación de transferencia nuclear y exportación de la revolución islámica), y los demás responsables por la planificación y ejecución del atentado (imputados en la causa).

Repetir sinsentidos y expresiones que desde hace años ya no tienen justificación perjudica la acentuación del esclarecimiento logrado por Nisman, disminuye su gran obra, y relega la importancia que debería ostentar en los estantes de gloria del país.

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