Hay casi una compulsión por conocer el futuro (o por hacer de cuenta de que tal cosa puede lograrse), por convertirlo en una seguridad o, cuanto menos, en una inesperada mansedumbre; que se traduce en una oferta descabellada de analistas de todo devenidos en vaticinadores impecables, en gurús de todo (es decir, de nada), predicadores de utopías impecables, y en charlatanes y muchedumbres de prometedores. Más, curiosamente, el pasado, del que es posible conocer cuanto menos sus rasgos más gruesos, tiene, cada vez más, como escasos adeptos, a quienes van a él para extraer uno y otro hecho con el afán de reescribirlo, de falsearlo para justificar sus acciones, sus ideas. Los demás parecen huir de él como quien niega una enfermedad y, así, la posibilidad de tratarla; creyendo que, si se olvida, esta deja de existir; es decir, el olvido como quimérica solución.

No es de extrañar que el atentado contra la sede de la AMIA – y la desgarradora impunidad siguiente – haya sido relegado a la burocracia de actos y circunspecciones políticas tan insinceras como obscenas; una memoria de la desmemoria, una prepotente escenificación del olvido: algo así como un busto grotesco y abstracto que ya no representa nada pero que, a la vez, paradójicamente refleja tantas cuestiones que parecen querer ser olvidadas, como si ello garantizara la posibilidad de un mañana sin mácula – como si quienes lo construyen (aún a pesar suyo, aún desconociendo que lo hacen), no llevaran consigo el pasado que indefectiblemente son, los pasados ajenos que también arrastran consigo.

Pero es que, además, sin memoria todo comienza cada día, huérfanos de experiencias, sin posibilidad de futuro, como no sea la repetición de los fracasos y frustraciones de las que nada se ha aprendido más que a reiterarlos como si fueran fatalmente inevitables. El costo de la desmemoria – de esta y de todas, porque no existen compartimentos estancos, dóciles (como efemérides domesticadas y quietas, mistificadas) a los míseros pragmatismos de bolsillo de los pillos de turno – es muy alto. Esta es una aliada necesaria de los inescrupulosos y los mediocres.

En el caso del atentado contra la AMIA, el olvido parece – salvedad hecha de las mínimas excepciones – venir cargado de algo más que esa voluntad de erradicar al pasado, o a algunos de sus sucesos que se estiman bochornosos, infames o sencillamente desdeñables. Y es la de repudiar a parte de los ciudadanos como ajenos al conjunto de lo que pomposamente se llama Patria: el atentado fue, así, no contra el país, sino contra la comunidad judía (así marginada de lo “argentino”). De tal manera que las actuaciones judiciales, policiales, políticas apenas -si, apenas- ascienden a la habitual comedia de la corrupción y no a esa otra ampulosa expresión, “alta traición a la Patria”, ni a la complicidad de silencios, indiferencias y desprecios ciudadanos.
Decía el físico estadounidense Richard Feynman algo así como que, para entender bien algo, hay que enseñarlo. Podría decirse que para entender bien el presente hay que ir al pasado, a la manera que un profesor va a sus libros, al conocimiento acreditado o confirmado. Porque si bien la historia no se repite, al menos no como un grácil, aunque perverso bucle, sí que es posible encontrar causas, indicios, claves, y extraer provechosas lecciones que eviten que seamos apenas la reencarnación de un gesto, un error, un temblor; es decir, irreversiblemente fatuos, intrascendentes.
Pero mientras las aversiones estultas gobiernen nuestros actos, nuestra memoria apenas comprenderá la breve ración de mitos que nos inventamos y que otros inventan por nosotros. Algo así como aquel conocido “vermut con papas fritas, y ¡Good show!” del genial Tato Bores. Pan y circo. Y olvido.