Simone Biles es, probablemente, la gimnasta más impresionante desde Nadia Comaneci y una de las atletas más destacadas de la historia. Su impacto en Juegos Olímpicos y en campeonatos mundiales está fuera de toda duda. Es, además, un símbolo de superación y de combate al abuso a menores que sufrió la gimnasia de los Estados Unidos durante muchos años; un escándalo en el que su testimonio se hizo una causa internacional.

Modelo a seguir por niñas y niños de todo el mundo, hace unos días anunció que no competirá más en los juegos de Tokio porque atenderá su salud mental, debido a la presión que representa ser una figura del deporte, y de su disciplina, en plenas de pandemia. Mientras la noticia sacudía a una de las competencias tradicionalmente más atractivas, ella apareció alentando a sus compañeras desde las gradas, en particular a quien entró en su lugar.

No es la única. Naomi Osaka, la tenista que promete convertirse en la “número uno” del mundo pronto, tomó la misma determinación hace unos meses, porque la ansiedad que muchas veces provoca ser una personalidad, simplemente la sobrepasó. Otros campeones como el nadador Michael Phelps, quien rompió casi todos los récords impuestos en una alberca, o el ex jugador de baloncesto Jerry West (su figura es el logotipo de la liga profesional estadounidense) sufrieron periodos de depresión a lo largo de sus, en apariencia, exitosas carreras. Los testimonios de participantes en esta justa se han multiplicado desde entonces.

Pocas veces consideramos que aquellos que percibimos como fuertes, sanos o con una capacidad física fuera del promedio, pueden sentirse mal, igual que nosotros. Suena a una contradicción, porque son excepcionales y por ello tendrían la vida resuelta o la voluntad férrea para superar las demandas que presenta destacar en un deporte de competición. Sin embargo, no existe ninguna relación entre ser deportista de alto nivel, o un personaje popular, y mantener una adecuada.

Cualquiera de nosotros puede presentar algún padecimiento de salud mental, de la misma forma que aparece uno en nuestra salud física. Ambos tienen síntomas, maneras de prevenirlos y tratamientos que la ciencia y los profesionales han desarrollado para ayudarnos a recobrar nuestra estabilidad.

Así como este virus con el que convivimos ahora no hace distinciones entre a quiénes afecta, tampoco los males que aquejan nuestra salud mental. Todos somos vulnerables por muchos factores, que son independientes de nuestra actividad profesional, nuestra preparación académica o las habilidades que desarrollamos.

El hecho de ser atletas, destacar en algún campo laboral, contar con talentos destacables, no impide que suframos al interior o que vivamos en un estado de ansiedad.

Es probable que hayamos normalizado el hecho de que ciertas personalidades pueden ser más propensas a males que provoca “la fama” o el reconocimiento de la sociedad. Eso es falso. Nadie está lo suficientemente preparado para evitar un padecimiento psicológico y la buena noticia es que no tiene por qué estarlo.

Busquemos especialistas, organizaciones enfocadas en ayudar, herramientas tecnológicas que nos permitan pedir ayuda en cuanto sintamos que algo no va bien. Resolver estos problemas no es una tarea de fuerza mental o de voluntad de acero, se trata de comprender que es igual de peligroso fracturarse un hueso, que sufrir un ataque de pánico.

“A veces siento que cargo el mundo en mis hombros”, dijo Simone acerca de cómo se siente. Naomi consideró que la parte pública del deporte que ama, a veces, le hace daño. No es para menos, en una época en donde la privacidad es casi inexistente y la debilidad se condena por medio de miles de mensajes directos.

Entre muchas y muchos otros, nos están demostrando que es bueno y correcto dejar de cargar aquello que afecta nuestro buen y bien vivir. Sin importar que tan alto hayas llegado, debes atender tu siempre.

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