Diario Judío México - El apellido, nos dice la Real Academia de la Lengua, es el nombre de familia con que se distinguen las personas. Proviene de appellare, llamar o proclamar. ¿De dónde su necesidad? Pues no siempre se utilizaron los apellidos como en nuestra sociedad actual. De hecho, es costumbre decimonónica. En España, “la Ley de Registro Civil de 17 de junio de 1870 establecía (artículo 48) que todos los españoles seríamos inscritos con nuestro nombre y los apellidos de los padres y los abuelos paternos y maternos” (Salazar, p. 41). Ergo, el apego al añoso nombre de familia es por demás reciente, aunque su evolución hunda sus raíces en el remoto medioevo. “In most cases, however, adopting a hereditary family name was a consequence of introducing modern systems of government that called for a systematic registration of the entire population” (www.bh.org.il).

 

¿Por qué apellidos judíos? ¿Cómo reconocerlos en cuanto tal? No, ciertamente, por su grafía. “Spelling is irrelevant. The consistent spelling of names is a 20th-century invention and obsession. Names were almost never spelled in a standard way in earlier records[1] (www.jewishgen.org). Tampoco por ser obvia y abiertamente voces hebraicas (son los menos, como Cué, castellanización de Cohen). Los apellidos judeo-españoles se formaron de la misma manera que los apelativos del resto de Europa, y pueden reunirse en los siguientes grupos:

 

  1. Patronímicos: hacia el siglo IX empiezan los nobles a firmar con su nombre de pila, seguido del nombre de su padre en genitivo latino y de la palabra filius. Con el tiempo, se suplirá ésta última con la letra “z”: de Ferdinandi filius derivará Fernández[2].
  2. Topónimos: se refieren al lugar de origen de la persona (v.gr. Toledano). “Como el resto de los españoles, adoptaron los conversos como apellidos los nombres (…) de sus lugares de origen; y esto sí puede servir en algún caso para identificarlos, puesto que los judíos, como clase media ciudadana que eran (…) solían vivir en poblaciones de cierta entidad, y así se llamaban Pedro de Ávila, Juan de Guadalajara, Luis de Teruel, etcétera. Pero repito que, esto que puede ser un indicio, nunca puede ser utilizado como prueba positiva o negativa de su pertenencia al pueblo hebreo” (Salazar, p. 32).
  3. De oficio: se refiere a la labor desarrollada por la persona que adoptó como propio el apellido. Existía cierta tradición familiar en lo referente al oficio a través de los gremios. Apellidos como Molinar, Zapata, etc., encuentran aquí su origen[3].
  4. Mote o apodo: “there are names that originally were nicknames, sometimes with a pejorative meaning. (…) In general, the names in this category either were imposed upon Jews by the local authorities or are based on the nickname of one of the family’s ancestors[4] (www.bh.org.il). Abundan los ejemplos en muchos países europeos, no sólo en España. La mayoría se refieren a características físicas del individuo: Chaparro (Klein), Obeso (Dick), Delgado (Dünn), Calvo (Calvi), etc.
  5. De conversos: “al principio, entre los judíos convertidos, hubo una cierta inclinación a tomar nombres de animales, como Conejo, Gavilán, Gato, Cabra, Capón, o de santos: Santa María, San Pedro, San Pablo, Santángel, etcétera” (Salazar, p. 32). También optaron por objetos artificiales, tangibles, como Cuchillo, Puerta, Mesa, etc.

 

El judío medioeval, lo mismo que el cristiano y el musulmán, eran hombres de su tiempo. No podían ser ajenos a los usos y costumbres de la tierra donde vieron la luz primera, de los reinos que juntos les tocó construir. “Se oye decir muy a menudo que tal o cual apellido es de origen judío y esto es absolutamente incierto. Los judíos en la Edad Media usaban sus nombres bíblicos seguidos de su patronímico, es decir el nombre de su padre precedido por la partícula ibn o ben (…), que quiere decir hijo (…) Al iniciarse las persecuciones de la Inquisición y tratar de pasar más desapercibidos, adoptaron lógicamente apellidos completamente corrientes y de difícil identificación. Bastaba que un converso fuera castigado por el Santo Oficio por judaizar para que toda su parentela, inocente o no de aquel delito, cambiara inmediatamente su apellido. Por eso no podemos decir de tal o cual apellido que es judío, sino que en tal o cual época ha sido utilizado por una familia judía” (Salazar, p. 32).

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