Esta semana, concretamente el domingo 9 de enero, se cumplieron 17 años desde que el Presidente de la Autoridad Palestina Mahmud Abbas, más conocido como Abu Mazen, fue electo democráticamente para un período pre-determinado de cuatro años. Desde entonces, los palestinos no fueron nuevamente a las urnas a elegir presidente.

Al analizar el significado de este hecho, recuerdo un diálogo que tuve hace muchos años con un joven palestino en Ramallah. Nunca olvidaré aquel noviembre del 2004 en la Muqataa, la central de gobierno palestino en Ramallah, poco después del fallecimiento del entonces presidente de la Autoridad Palestina y jefe de la OLP Yasser Arafat. Una multitud de palestinos esperaba la llegada de su féretro. Se habían movilizado desde todos los rincones de Cisjordania para darle su último adiós. Quien para nosotros era un archi-terrorista, aunque por un corto tiempo tuvimos la esperanza que realmente se había convertido en interlocutor para la paz, era para la enorme mayoría de los palestinos, el único líder que habían conocido. Sin duda los jóvenes, que lo veían como un enorme símbolo.

Me acerqué a un jovencito alto y robusto con cara de niño, que llevaba una kefía blanca y negra al cuello, y tenía los ojos llenos de lágrimas. Había llegado de Jenin. Tenía 18 años. Le preguntamos sobre Arafat –o “Abu Amar”, tal cual los palestinos llamaban al “rais”- y explicaba por qué lo había admirado, por qué lo lloraba. La continuación del diálogo me sorprendió y resultó aleccionadora. “¿Crees que quien le suceda debe ser igual que él, actuar igual?”. El jovencito contestó sin titubear: “No, para nada. Arafat era bueno para la revolución. Para construir un Estado propio precisamos otra cosa. Democracia, orden, un liderazgo ordenado que vele por el pueblo”.

La esperanza no se concretó.

Abbas, en efecto, es distinto de Arafat.  No anda con la pistola al cinto, no es un militar y se ha manifestado repetidamente a favor de una solución pacífica. A pesar de ello, no  se le puede perdonar el discurso que glorifica a los terroristas y los presenta como héroes de la nación, algo nocivo sin duda cuando de educar a las nuevas generaciones se trata. Aún así, creemos que es hoy el único interlocutor posible del lado palestino . Abbas apoya la coordinación de seguridad con Israel y eso es un elemento clave en la compleja relación actual. La alternativa es Hamas.

Pero Abbas no cumplió con la promesa a su pueblo. Si somos menos delicados, diremos que directamente, lo traicionó.

Un ejemplo concreto que nos proporciona un informe publicado días atrás por la ong Palestinian Media Watch: el desperdicio y mal uso del dinero público.

A pesar que durante más de una década no ha habido elecciones ni tampoco actividad parlamentaria dado que el Parlamento no está en funciones en la práctica desde mediados del 2006, el registro financiero de la Autoridad Palestina muestra que en el período 2011-2018, la AP gastó no menos de 33 millones de dólares en la “Comisión Electoral Central” y no menos de 108 millones de dólares en el “Consejo Legislativo”. La única explicación que se nos ocurre: alevosa corrupción.

En el mismo informe, PMW recuerda que en el marco de los preparativos en su momento para las elecciones del 2005, la Comisión Electoral Central de la AP informó que había 1,760,481 votantes registrados. Dado que boicoteó el acto electoral, únicamente 802,077 se presentaron a votar. De ellos, 501.448 votaron por Abbas. “En otras palabras, Abbas fue elegido únicamente por el 28% de los palestinos que podían votar”, resume el citado informe.

Hace exactamente un año el Presidente Abbas anunció que habría elecciones parlamentarias en el mes de mayo 2021. Comprendiendo que por las divisiones internas en Fatah su partido perdería, las canceló. Pues tampoco eso se concretó.

Hay que reconocer que Israel, aunque defienda la democracia como sistema de gobierno y cuestión de valores, no verá con buenos ojos-por decirlo delicadamente- si en elecciones libres palestinas el resultado es una victoria de Hamas. Es comprensible, ya que lo que algunos verían como expresión de la voluntad del pueblo, para Israel equivaldría a que el liderazgo oficial de los palestinos esté dominado enteramente –y no sólo en Gaza como hoy- por una organización terrorista que niega el derecho a su existencia.

En este sentido, Israel se halla en una encrucijada. En elecciones democráticas-que de todos modos no están en absoluto en el horizonte- parecería que ganaría Hamas, porque los moderados temen hablar. Ese resultado es absolutamente indeseable para IsraelPor otro lado, en la práctica, en el terreno,  Israel necesita apuntar a quien está dispuesto a la coordinación de seguridad, que si bien es clave para la supervivencia de la AP, también es importante para frustrar a tiempo atentados terroristas en camino a Israel.