Diario Judío México - Hizo ayer 74 años. Pero es siempre. El 27 de enero de 1945, los soldados rusos liberaban Auschwitz. Lo que hallaron escapaba al relato, se situaba en ese territorio de los monstruos que habita los rincones más oscuros de la mente humana, ésos a los que ni siquiera osamos dar palabra. Auschwitz constata que lo monstruoso no es un azar adherido a lo humano, constata que el monstruo habita en nosotros, que todos nuestros esfuerzos por borrarlo serán vanos, que estamos condenados a perseverar en una batalla moral sin esperanza de desenlace definitivo: luchar contra el retorno de Auschwitz es saber que cualquier debilidad, cualquier pereza en esa lucha verá el resurgir del monstruo. Porque el monstruo está aquí: somos nosotros.

Decimos Auschwitz y no estamos designando una geografía ni un tiempo. Decimos Auschwitz y estamos poniendo nombre a la tentación más tenebrosa de los hombres: privar de la condición humana a quien me plazca; y borrarlo del ser. Con la placidez de que los borrados no poseyeron nunca un auténtico ser que los hiciera de verdad mis semejantes. El más grande de los filósofos del siglo XX –y el más canalla–, Martin Heidegger, dio cuerpo metafísico a esa inocencia de la aniquilación: el judío no está en el ser. Es, así, una enfermedad metafísica: depurable.

Auschwitz queda en nuestra lengua como sinécdoque de Shoá. En el frío balance de las cifras: algo más de cinco millones de judíos exterminados entre 1939 y 1945. También, una rutina de crueldad contra población civil sin precedente en la historia moderna. De crueldad metódica: esas fábricas de manufacturar cadáveres que fueron los campos se quisieron modelo de eficacia productiva; no era fácil matar tanto, tan deprisa, hacer volar tan de inmediato en cenizas los cadáveres. Se hizo. Cualquier espectador que contemple el documental Shoá de Claude Lanzmann percibe ese orgullo de los comandantes nazis de Sobibor, Treblinka o Birkenau: produjeron la mercancía que se les encargaba, y la produjeron en cantidades hasta entonces impensables. Que esa mercancía consistiera en cadáveres, nada cambia.

Al lector del definitivo Para entender el de Fernández Vítores, Almodóvar, Palmero y Sánchez Tortosa, una verdad primordial se le impone: Auschwitz, la Shoá, no es un acontecimiento empírico. Ni siquiera un acontecimiento empíricamente monstruoso. Es una mutación teológica: el instante en el que unos hombres ejercen su potestad de decidir qué es un hombre; y qué no. Lo que viene después, la completa supresión de “los que no”, es casi un pleonasmo. Desde la perspectiva del hombre-dios que decide el destino de lo humano, seis millones de asesinados son una mota de polvo en el vendaval de la historia.

Por eso, porque Auschwitz es teología, letal teología, no podemos hablar de él en pasado. En la Shoá se juega lo más intemporal de la conciencia humana: el roce de lo sagrado, ese estupor del hombre ante la muerte. Auschwitz no es una “cuestión judía”. Auschwitz es nosotros. Siempre.