Recibimos tantas, tan variadas, que nos parecen lo más normal del mundo y, a menos de que consideremos que han rebasado cierto límite imaginario, las toleramos sin hacernos demasiadas preguntas, me refiero a las llamadas telefónicas no deseadas.

Dudo que pasen varios días sin una, con sus múltiples ofertas, tarjetas de crédito pre autorizadas, tiempos compartidos y hasta oportunidades de recibir hasta un masaje terapéutico gratis.

Muchos de nosotros nos hemos hecho el hábito de no responder números desconocidos, otros usan algún tipo de bloqueador de llamadas (los hay incluso que vienen cargados en el sistema operativo del celular), pero muy pocos llegamos al fondo del misterio acerca de la manera en que varias compañías saben nuestro número, el número de la tarjeta o de la cuenta bancaria y datos personales que jamás les proporcionamos.

Justo hace unos días me tomé el tiempo de averiguar cómo habían llegado a mí de dos empresas que, a través de operadores muy amables, me explicaron que los beneficios que ofrecían eran precisamente por la referencia que tenían en sus sistemas de que era tarjetahabiente de una institución de crédito con la que tienen una aparente alianza para compartir clientela.

En varias llamadas, que tardan demasiado si no tienes programado hacer la aclaración, no pude tener una explicación clara del mecanismo por el cual una compañía de tarjetas de crédito puede prestar cierta información de sus usuarios a otras razones sociales.

Al final, luego del hartazgo, concluimos -la persona que me respondió y yo- que es un misterio difícil de resolver, porque la realidad es que nuestros datos personales están expuestos a un sinnúmero de agentes económicos, legales e ilegales, que los usan como mejor consideran (en el caso de la delincuencia, para extorsionar, defraudar e intimidar).

Este tráfico de bases de datos, en call centers o empresas, casi nos ha vuelto inmunes a los peligros que conlleva la difusión de información personal sensible, apenas hace unos días el Senado de la República anunció que endurecerá las restricciones a este tipo de llamadas; sin embargo, el incentivo es mucho más grande que el temor a multas y sanciones.

El riesgo es cuando estas prácticas de venta y las diversas formas de extorsión telefónica se mezclan sin que podamos distinguir su frontera. Estos malos hábitos han alcanzado niveles en los que se usan las mismas formas de enganche, no importa si hablamos de un nuevo producto bancario o de una supuesta llamada de un cártel criminal.

Como consumidores tenemos derechos que son, al mismo tiempo, obligaciones para protegernos y prevenir un delito en contra nuestra o de nuestras familias. Si la extorsión telefónica (segundo delito más cometido en el país durante más de una década) se mantiene en niveles alarmantes es por la falsa idea de que poco podemos hacer, lo cierto es que tenemos el poder de revertirlo, si queremos.

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