Diario Judío México - Desde niño me enteré de que la hermana de mi abuela materna, la tía Laura -a quien nunca conocí- había vivido la mayor parte de su vida adulta en un hospital psiquiátrico de Nueva York. Nunca nadie en conversaciones familiares se atrevió a usar la palabra “loca” al referirse a ella, aunque los gestos de consternación y los inexplicables silencios sobre su paradero siempre apuntaban hacia un estigma sumamente vergonzoso; pero sobre todo innombrable. Nadie usaba palabras simples y llanas al mencionar aquella tragedia familiar.

Recuerdo haber escuchado durante la infancia, con incrédula fascinación, anécdotas sobre sus comportamientos extravagantes -como ofrecer chocolates a invitados invisibles-, mientras rumeaba curioso la explicación oficial sobre la “causa” de su enfermedad.

Siempre fue una joven romántica y fantasiosa, contaban mi abuela, mi tía y mi madre. Por eso no pudo resistir el oscuro distanciamiento emocional de su marido, quien era un viejo guapo, aunque tacaño, pusilánime y mucho mayor que ella.

La tía Laura no era atractiva y ya pintaba para solterona. Por eso, sus padres y hermanas menores -a quienes les urgía matrimoniarse ante el orden cronológico familiar implacable- la presionaron para que se casara pronto con un hombre del que nunca estuvo enamorada y con el que procreó dos hijos.

Eran todos inmigrantes originarios de la Grecia Otomana, avecindados en el Lower East Side de una ciudad extraña y convencidos de que los gángsters, la pobreza, los incendios y el gélido invierno podían desencadenar locura en las personas decentes.

Cuando yo entré en la adolescencia fui agregando nuevas piezas al rompecabezas. Me enteré que en los años 30 “alguien” (siempre se omitía nombrar a quien tomaba las decisiones) había decidido traer a la enferma a para que la tratara el doctor Oneto Barenque. Estuvo internada en un manicomio atendido por religiosas, muy cerca de donde corrían las aguas del entonces todavía Río Churubusco.

Como no mejoraron los síntomas -sino todo lo contrario- la mandaron de regreso a Nueva York, al gigantesco Hospital Belleveau, donde pasó sus últimos días alejada de padres y hermanos. Poco antes de morir, predijo -durante un episodio de exaltación maniaca- el brutal exterminio de la comunidad judeosefardita de su natal Salónica (actual Thessaloniki), sin poder saber que la barbarie nazi se encargaría en Auschwitz de confirmar en los hechos aquella idea extrema; como si se tratara de un delirio ajeno a la salud mental de la humanidad.

Cuando estudié psiquiatría traté de encasillar en una de las clasificaciones internacionales el diagnóstico preciso de mi tía abuela.

No lo logré, porque me faltaban datos clínicos imprescindibles para decidir la taxonomía de aquel padecimiento.

A lo largo de varias décadas, he constatado la aparición brusca de síntomas psiquiátricos en varias mujeres de mi familia en plena juventud. He descartado la ominosa esquizofrenia y aceptado también que la enfermedad maniaco-depresiva o trastorno bipolar corre por nuestras venas.

Cuando cumplí 28 años y estaba en la residencia de psiquiatría sufrí varios meses de una depresión con accesos terribles de angustia aunados a una recurrente tentación suicida.

Actualmente, el trastorno bipolar sigue siendo una enfermedad mental cuyas causas se desconocen. No existe una cura, aunque los tratamientos con medicamentos -carbonato de litio, antidepresivos, algunos anticonvulsivantes y antipsicóticos- suelen ayudar bastante. Tampoco existe forma de prevenir las alteraciones cognitivas, del estado de ánimo y del comportamiento. No puede anticipadamente saberse a qué miembros de una familia va a afectar y quiénes saldrán indemnes.

Todo parece indicar que algunas respuestas a estos enigmas, y tal vez también algunas soluciones eficaces, vendrán de la investigación científica enfocada a rastrear y secuenciar los genes de personas con trastornos mentales.

De acuerdo a estudios genómicos amplios, se sabe que el trastorno bipolar es uno de los padecimientos neuropsiquiátricos genéticamente más complejos. Ya se han identificado algunas variaciones en los genes (alelos), pero éstos sólo representan un pequeño porcentaje del riesgo. Por cada variación identificada podría haber más de un millar desconocidas; esto sin considerar factores ambientales que contribuyen al desarrollo de la enfermedad.

Esperemos que en unos cuantos años la investigación científica arrope a la psiquiatría con herramientas contundentes para aliviar este sufrimiento descomunal.

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Formación Académica:Medico-Cirujano (UNAM)Especialista En Psiquiatria (UNAM)Maestro En Medicina Social (Universidad Autonoma Metropolitana)Diplomado En Derechos Humanos (Universidad De Colima)Actividad Profesional Actual:Responsable Del Programa De Salud Mental Del Consejo De Salud Del Estado De Colima (Ssa)Psiquiatra De La Clinica Hospital Miguel Trejo Ochoa Issste, Colima, Col.Miembro Del Comité Editorial Nacional De La Revista Salud Mental