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Durante años fueron los bonzos o monjes budistas tibetanos los que tenían la costumbre de inmolarse en público prendiéndose fuego en posición meditativa, luego sus homólogos de Tailandia o Birmania, y ahora los israelíes de a pie a quienes la mala fortuna y las presiones de una economía dura y pura arrojan en brazos de la desesperación. Ambos casos no son semejantes, los budistas lo hacían por razones más injustas que las crematísticas, eran ciudadanos de tercera en países ocupados o regidos por tiranías despiadadas.

Lo triste es que pierde, de este modo, puntos antes sus propios ojos, puede desmoralizarse en momentos cruciales para su seguridad y existencia, con un país ardiendo hacia el norte y otro en manos de los islamistas- aún no se sabe hasta qué grado- del otro. Tan grave es este tema de las inmolaciones, y por lo visto tan contagioso, que, pillado por sorpresa, el ejecutivo de Bibi Netanyahu no sabe cómo reaccionar para apagar a las antorchas humanas.

El caso que lo que sucede es el reflujo de los indignados, un grupo cuya revolución no termina de materializarse aquí ni allá, nostálgicos del estado nodriza y protector que no sólo está pasado de moda sino que es, en parte, el causante de muchos de nuestros males.

Por lo tanto, ¿cómo poner coto a estos cruentos e inútiles sacrificios? ¿Qué debe y puede hacer un gobierno cuando algunos miles de sus ciudadanos están en la lona, noqueados por las circunstancias? Este es el momento en que los más afamados economistas del país deberían presionar a su cúpula dirigente para poner remedio a la ardiente floración de inmolados, revisando contratos laborales, disminuyendo impuestos, amparando a las familias más desprotegidas. Una labor ímproba, una tarea hercúlea para un diminuto país que en otro orden de cosas está entre los más punteros del mundo, cabe preguntarse para qué. El objetivo de una civilización, leemos en el Talmud, es la protección de los ancianos, el cuidado de la viuda y el húerfano según manda la Biblia. De manera que si no hay tzedaká no puede haber tzedek.

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Poeta, narrador, ensayista y traductor, nació en Coronel Pringles, Buenos Aires, en el seno de una familia de origen hebreo. En 1970 se trasladó a Jerusalén para estudiar Cábala y en 1978 se estableció en Barcelona, donde se licenció en Filología Hispánica. Hoy combina la realización de seminarios sobre Cábala con su profesión de escritor.Incansable viajero, ha recorrido Estados Unidos, buena parte de Sudamérica, Europa e Israel.Publicó su primer libro de poemas, Los cuatro elementos, en la década de los sesenta, obra a la que siguieron Las frutas (1970), Los peces, los pájaros, las flores (1975), Canon de polen (1976) y Sámaras (1981).En 1976 inició la publicación de Planetarium, serie de novelas que por el momento consta de cinco volúmenes: Sol, Luna, Tierra, Marte y Mercurio, intento de obra cosmológica que, a la manera de La divina comedia, capture el espíritu de nuestra época en un vasto friso poético.Sus ensayos más conocidos son El arte de la naturaleza, Umbría lumbre y El ábaco de las especies. Su último libro, Azahar, es una novela-ensayo acerca de la Granada del siglo XIV.Escritor especializado en temas de medio ambiente, ecología y antropología cultural, ofrece artículos en español para revistas y periódicos en España, Sudamérica y América del Norte.Colaborador de DiarioJudio, Integral, Cuerpomente, Más allá y El faro de Vigo, busca ampliar su red de trabajos profesionales. Autor de una veintena de libros e interesado en kábala y religiones comparadas.