En este siglo bullying es una palabra no reconocida por la Real Academia Española, aún cuando forma parte ya de nuestra habla cotidiana.

A riesgo de incurrir en obviedades, es necesario decir que antes que cualquier definición de una conducta siniestra, bullying es una palabra.

Se trata de un nuevo anglicismo incorporado hace menos de 10 años entre hispanoparlantes y que, ciertamente, cada día escucharemos y leeremos con mayor frecuencia destacado en los medios de comunicación.

Sería imposible trazar aquí los orígenes del acoso, el hostigamiento y la agresión física y emocional que sufren las personas, de cualquier edad, género y condición social, por parte de otra u otras.

Existe vasta evidencia, desde principios de la historia, de que siempre ha habido cierto tipo de seres humanos que encuentra particular gusto o afición por hacer sentir miserables a sus congéneres.

Sin embargo, entre todo el flujo de información actual relativo al bullying, llama la atención la ausencia de preguntas indispensables para entender cómo es que un fenómeno tan antiguo repentinamente se ha convertido en tema recurrente en ámbitos de sociología, pedagogía, psicología, psiquiatría, biología, derecho, mercadotecnia, cinematografía, periodismo y política. Tal vez, tendríamos que conformarnos diciendo que así son las modas: surgen, llegan a un clímax y luego desaparecen entre la estela de nuevos temas e intereses.

¿Antes del siglo XXI, el sufrimiento infligido a determinados niños y jóvenes a causa de su complexión física, religión, etnia, modo de aprendizaje, condición socioeconómica o identidad sexual, no era motivo suficiente de preocupación e indignación social ni de curiosidad científica, como para provocar una reacción colectiva con el fin de prevenirlo y combatirlo?

¿Qué ha cambiado realmente, o podría estar cambiando a un ritmo acelerado, como para que ahora hayamos decidido poner el grito en el cielo – y de paso en todos los medios de comunicación y foros internacionales -, para que resulte urgente descubrir nuevas formas de contender civilizadamente con la nueva plaga social?

Por favor, no vaya a malinterpretarse la pregunta anterior. De ninguna manera pretendo minimizar la gravedad del problema actual que representa el bullying ni tampoco la necesidad de atenderlo con inteligencia, evidencia científica y decisiones consensuadas, solamente cuestiono dos aspectos: uno, sobre la supuesta novedad del fenómeno y, el segundo, tiene que ver con el probable e inquietante trasfondo demográfico de la reacción mundial.

Para comenzar a responder, sirve recordar que Neil Postman, hace tres décadas, en su libro The Disappearance of Childhood, advirtió que el aumento de crímenes perpetrados – por y en contra – de menores (nadie hablaba de bullying entonces), la sexualidad, las adicciones, los usos del lenguaje, los gustos y las aficiones (niñas maquilladas y vestidas de prostitutas), reflejan un manejo publicitario mercadotécnico en los medios (se refería fundamentalmente a la TV) para transformar al mayor número de gente joven posible en consumidores: simples objetos de mercado al igual que los adultos.

Cyberbullying y cibervictimización son los nuevos neologismos relacionados con trastornos psiquiátricos y suicidio en la niñez y adolescencia disparados por el Internet.

¿Estaremos haciendo las preguntas correctas a tiempo?

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Formación Académica:Medico-Cirujano (UNAM)Especialista En Psiquiatria (UNAM)Maestro En Medicina Social (Universidad Autonoma Metropolitana)Diplomado En Derechos Humanos (Universidad De Colima)Actividad Profesional Actual:Responsable Del Programa De Salud Mental Del Consejo De Salud Del Estado De Colima (Ssa)Psiquiatra De La Clinica Hospital Miguel Trejo Ochoa Issste, Colima, Col.Miembro Del Comité Editorial Nacional De La Revista Salud Mental