Diario Judío México - La comunidad judía celebrará esta semana el inicio del Yom Kipur o Día del Perdón, uno de los días más sagrados y solemnes. De acuerdo con el calendario gregoriano, esta celebración comienza la noche de este martes 18 y termina la tarde del miércoles 19.

 “Yom Kipur. Día del Perdón es una maravillosa convocatoria que todavía subsiste mientras otros lazos con la religión judía han desaparecido”, afirma el rabino Isaac Cohen, en su libro “Viviendo el Tiempo”.
A continuación el texto completo sobre este fragmento del libro sobre el Día del Perdón:
  Yom Kipur. Día del Perdón (10 de Tishrí) 1 Yom Kipur: una maravillosa convocatoria que todavía subsiste mientras otros lazos con la religión judía han desaparecido. Cada año, las sinagogas se llenan y las mismas preguntas se formulan. ¿Por qué vinieron aquellas personas que durante todo el año no hemos visto? ¿Por qué han dejado de lado su habitual indiferencia y lucen tan conmovidas por la santidad de este día? Como dijo alguien una vez: “Yom Kipur, lo único que nos quedó cuando todo lo demás cayó en el olvido”.
La tradición judía ve en esta fecha “un día único en el año”, y sin duda en esta unicidad que reside su poder. Es el día en el que, en los tiempos del Templo de Jerusalén, el Sumo Sacerdote (Kohén Gadol) penetraba en el lugar más santo del mundo, el Kódesh Hakodashim, el Sancta Sanctórum. En este lugar, el Kohén Gadol estaba solo con Dios. Allí se encontraba únicamente un mueble, el Arón Haberit, el Arca de la Alianza, ese cofre que contenía las Tablas de la Ley. Y en esta unión entre el hombre, la Torá y Dios se desarrollaba la obra espiritual del día.
Una vez realizado el ritual, el Kohén Gadol pronunciaba una corta plegaria para sí mismo, su tribu y el pueblo judío, pues las acciones del Kohén pretendían lograr un solo objetivo: actuar por el bienestar del pueblo, que confiaba y esperaba en el patio del Templo la manifestación del perdón divino. Lo que más llama la atención en este rápido recuento de las ceremonias de ese día es la sencillez del rito. Finalmente, el corazón de las ceremonias de Yom Kipur era entrar al Kódesh Hakodashim el tiempo necesario para realizar un breve rezo, por lo que era en esos escasos instantes y en esas pocas frases donde radicaba lo esencial: la unión del pueblo judío con Dios.
Actualmente, en honor de esta ocasión ayunamos y permanecemos todo el día en la sinagoga. Expresamos así que el mundo material puede ser transcendido, y que nos encontramos ubicados en el límite de otra dimensión, la del mundo espiritual. Sin negar nuestra condición humana intentamos comparamos con ángeles, para quienes la materia deja de ser un obstáculo a lo divino. Yom Kipur tiene la particularidad de situarse por encima de cualquier deseo egoísta o pensamiento agresivo. Es la fecha del calendario en la cual la esencia espiritual de cada uno de nosotros se manifiesta en todo su esplendor, y se revela como una armoniosa mezcla entre lo humano y lo divino.
Cuando en 1973 estalló la guerra de Yom Kipur, en este día tan sagrado, los sabios no dejaron de señalar que todos aquellos que partieron en ese momento al combate eran tzadikim (justos), pues por tratarse de ese día en especial todos sus pecados quedaron borrados. Es conveniente recordar que el camino que indica Yom Kipur no es solamente una vía espiritual que nos lleva a una visión parcial de la vida. Al contrario, los mismos ritos de la celebración nos indican hasta qué punto la vida judía, particularmente en ese momento, no se limita a un solo aspecto de la naturaleza humana, y abarca también los innegables fundamentos materiales de nuestro mundo. Yom Kipur encierra verdaderamente la totalidad de nuestro ser.
Los textos nos describen las diferentes ceremonias que durante el día realizaba el Kohén Gadol, vestido con ropas de gran belleza, bordadas en oro. No las conservaba todo el tiempo: cuando entraba en el Kódesh Hakodashim tenía que quitárselas, y llevar sólo prendas blancas. Se comprende el uso de las prendas bordadas en oro, ya que por regla general lo mejor debe reservarse para el uso sagrado.
Pero se preguntan nuestros comentaristas, ¿por qué el uso de ropas blancas, y precisamente en el momento de entrar en el lugar más sagrado del Templo? A esta interrogante responden nuestros sabios: las vestimentas blancas simbolizan el carácter de la espiritualidad mientras que las vestimentas en oro, que el Kohén Gadol utilizaba el resto del día, son la encarnación de la magnificencia de lo material. Justamente en este día, cada dominio tiene su importancia.
No se impone uno al otro, sino que ambos se complementan, y esto nos señala que de manera global y sin negar nuestra naturaleza humana debemos servir a Dios. Yom Kipur es un día que trata de lo fundamental: de Dios, de nosotros mismos, de la totalidad de lo que somos y de lo que hacemos. Este día representa la actualización y la enmienda de nuestro corazón, y del sentido de nuestra vida. Yom Kipur es la irrupción de la eternidad en nuestro mundo, día solemne que nos deja la alegría sublime y reconfortante del perdón divino.
 Cada judío experimenta de manera diferente, según su grado de fe y de fervor, el día de Kipur. Para algunos es todo un día en la sinagoga; para otros un día de rezos con muchas pausas; y hay también quienes vienen a la sinagoga sólo por un tiempo muy corto, tal vez apenas en el momento de tocar el shofar, que anuncia la finalización del ayuno. El día de Kipur empieza al anochecer (erev Yom Kipur), con un rezo muy solemne, ciertamente el más importante de todo el año: el Kol Nidré. Este nombre proviene de las primeras palabras de su introducción, las cuales expresan que todas las promesas que hemos hecho durante el año quedan anuladas. Es difícil entender bien el sentido de este rezo, pero sin duda alude a la grave falta que constituye el irrespeto a la palabra de Dios.
Esta introducción a Kipur nos hace entender el peso y el valor de las palabras que pronunciamos, y sobre todo de los compromisos que asumimos. Cada promesa, y más aún, cada palabra dicha nos compromete en su contenido, y de eso debemos estar conscientes a cada instante. De esa manera purificaremos nuestro hablar y nos cuidaremos de los compromisos que asumimos por esta vía. El Kol Nidré es una ocasión propicia para entender esto, recitándolo con concentración y aceptación.
Constituye una importante oportunidad para considerar cada palabra y asumir cada compromiso con Dios y nuestra comunidad en los años venideros. Por otra parte, este rezo es una invitación a todo judío para que participe de Kipur, no sólo quienes asiduamente comparten los eventos religiosos y sociales de la comunidad, sino también aquellos que estuvieron más alejados en el transcurso del año. Hay otra plegaria que pronunciamos varias veces a lo largo del día de Kipur, el Avinu Malkenu. Éste contiene todos los requerimientos que podemos pedir a Dios para tener un año de prosperidad, de alegría y alejados de los problemas.
En el transcurso del segundo rezo del principio de la tarde, el Musaf, el oficiante recuerda en un silencio absoluto por parte de los concurrentes el ritual de Kipur, tal como se desarrollaba en el Templo de Jerusalén. El rezo de la tarde, Minjá, empieza con la lectura de la Torá. Se refiere al capítulo 18 de Vayikrá, uno de los textos más complicados de la Torá, que trata de las desviaciones sexuales, y de manera general sobre las perversiones. ¿Por qué leemos este texto? ¿A qué viene, en momentos tan solemnes, hablar acerca de este escabroso tema? No lo sabemos, porque los que compusieron este ritual jamás lo revelaron. Tal vez se trata de alentar a los feligreses a tomar conciencia de lo que han podido hacer, e invitarles a volver a pensar en su condición humana, en toda su plenitud y en todo lo que ella tiene de nobleza.
Pasamos después a una lectura más dulce, la del profeta Yoná (Jonás), quien viene a confortarnos en la esperanza del perdón. El hombre puede sumergirse en el mal, mas la misericordia de Dios y su perdón son inmensos. La prueba es que el Todopoderoso decide no destruir Nínive, la antigua capital de los poderosos asirios, porque sus habitantes hicieron sincera teshuvá y el decreto de aniquilarlos quedó anulado.
 Confiamos entonces en Nuestro Padre bondadoso y misericordioso, quien en el día de Yom Kipur se sienta en el trono de la misericordia, tal como lo repetimos en diferentes oportunidades en ese día: El mélej yoshev al kisé rajamim. De la misma manera que Él es bondadoso y misericordioso desea que nosotros, sus criaturas, también lo seamos. El último oficio del día comienza justo una hora antes del anochecer y se denomina Nehilá, que significa “clausura”. Podemos interpretarlo como el cierre de las Puertas del Cielo que se habían abierto como respuesta a nuestras oraciones a lo largo del día de Kipur. Es el momento preciso en que se registra la mayor afluencia de gente en las sinagogas para asistir a los rezos más fervorosos, la bendición de los kohanim, la bendición para todo .
Y para concluir, el sonido del shofar, que marcará el final del ayuno y el principio de la alegría. Esto, porque entendimos nuestro compromiso, porque asumimos la corrección de nuestros actos, y porque mantendremos la unión experimentada en este magno día durante el resto del año, y de esta manera serán cada vez menos los alejados de la verdad que es nuestra Torá. La teshuvá es el regalo de Dios que acerca a los que una vez se alejaron del sendero divino. Entonces, Él, en Su Santidad, nos juzgará más con misericordia que con rigor y se inscribirá el nombre de nuestras comunidades en el Libro de la Vida, y el sonido del shofar marcará realmente el inicio de nuestra alegría.
 La austera jornada de Yom Kipur, cumbre de nuestros días sagrados en medio del riguroso ayuno y de las estremecedoras plegarias, brinda el clima espiritual necesario para que el judío dedique una mirada hacia sí mismo, desarrolle una introspección hacia su propia conciencia, en una evaluación sin concesiones y sin dobleces. Para llegar hasta el fondo de las cosas y asumir la ineludible obligación de rectificar los errores y galvanizar el compromiso de afirmar una conducta judía consciente y bien definida en el nuevo período que se inicia. Ese es el primer paso rectificador que tiene que surgir del inflexible examen de conciencia de Yom Kipur.
Un paso, decimos, con la mirada puesta en asumir el duro pero inexorable compromiso judío. Solamente con un sentimiento de falta, con una noción de aceptar errores y de sincero arrepentimiento, puede el hombre judío expiar sus culpas y escalar altos niveles de espiritualidad. Nada más conmovedor en la densa tradición judía que el mensaje de Yom Kipur. Desde el emocionante ruego inicial del Kol Nidré hasta el anochecer siguiente cuando se escucha el estremecedor sonido del shofar, el día de Kipur es el sostenido clamor de un pueblo milenario que invoca por un año de paz y de justicia, y la reafirmación del compromiso de asumir, con dignidad y con decisión, el amor al prójimo y la observancia de las mitzvot.
Por lo tanto, Yom Kipur es un día de arrepentimiento y de disposición para enmendar errores, y de trazarse nobles cometidos que nos lleven a tomar un mejor rumbo en nuestra vida. Los Tehilim, Salmos, aseguran que en el día de Kipur Dios hace que el hombre reconozca finalmente sus faltas, y le concede la oportunidad de hacer penitencia y arrepentirse. ¿Cómo un día puede ser tan importante con respecto a todo el año, y más aún, a toda la vida de una persona? Para responder a esta pregunta nuestros sabios nos explican que debemos entender que Dios es Eterno e Inmutable, y no está sujeto a las leyes del Tiempo, y que en los cielos, donde habitan los ángeles, mil años de nuestro mundo son apenas un día.
Entonces no se trata de un día, de toda una vida y ni siquiera de mil años, sino que en ese instante cósmico y trascendente que nosotros llamamos Yom Kipur es posible, gracias a la infinita misericordia del Todopoderoso, expiar nuestras faltas y apartarnos en nuestros corazones del camino del mal. Cuando el ser humano se eleva hacia las alturas de la Divinidad se borran por completo los límites del tiempo.
En esas circunstancias el hombre vive en la duración constante de la vida, que nunca se interrumpe y que es parte de la Eternidad misma, la cual no reconoce el “antes” o el “después”. El judaísmo siempre ha preconizado que el judío debe saber vivir en dos mundos distintos; en un mundo práctico de cosas materiales en el que existe el “ayer”, el “hoy” y el “mañana”, pero también en un mundo de pura espiritualidad, de eternidad y de ideales sagrados.
En Yom Kipur cada judío puede sentir y palpar lo eterno, lo espiritual y lo sagrado. Bienaventurado el hombre que es consciente de ello. El Talmud nos relata que Rabí Yehudá bar Ylai solía decir que la nación judía es comparable a la arena y a las estrellas. Nuestros sabios interpretan esta afirmación de la siguiente manera: si los judíos caen, llegan al nivel de la arena pero si se elevan, alcanzan a tocar las estrellas del firmamento.
Nosotros mismos debemos darnos cuenta de que aún estando en la arena, todavía podemos elevarnos hasta el cielo. Esto sucederá solamente cuando tomemos conciencia de nuestra penuria espiritual, y examinemos nuestros caminos, procurando corregir con sinceridad y convicción nuestro modo de ser.
 Rabino Isaac Cohen