Durante años he tratado de entender por qué el consultorio donde trabajo colinda -tabla de fibracel de por medio- con el de oncología. De antemano sé que cualquier pregunta que aspire a una respuesta medianamente lógica, dentro de una institución pública de servicios médicos en nuestro país, es como pedirle al señor K. claridad en las circunstancias de su proceso.

Sin embargo, en más de una ocasión había considerado la supersticiosa probabilidad de que debido a aquella pertinaz vecindad con el penoso trajinar de tantas y tantas personas con , pudiera trasminarse –como en una especie de ósmosis irracional- la enfermedad hacia el frío, impersonal y desangelado espacio donde trabajo diariamente.

¿Qué tan probable es que el cáncer, que no es contagioso y cuyo riesgo de contraerlo en nada depende de la cercanía o el contacto íntimo con quienes ya han recibido este ominoso diagnóstico médico, pudiera atravesar los muros deleznables de una clínica y penetrar profundamente en la vida de un psiquiatra cualquiera?

Es tan ridícula esta pregunta como otra similar en la que alguien llegara a plantearse la duda de si la angustia o la depresión, e incluso los delirios, de algunos pacientes –a quienes nadie les ha dicho que tienen cáncer- pudiera traspasar los límites aparentemente sólidos y contundentes de las demás especialidades médicas, para terminar enconados en sus mentes.

Nada parece tener sentido y, sin embargo, así es como suceden las cosas. Un día estás del lado seguro y saludable de la frontera, y repentinamente todo cambia. Sin saber bien cómo, o tal vez sospechándolo de manera culposa, despiertas en el territorio inexplicable donde solamente es factible asumirse como un insecto gigante al que no le es posible controlar el movimiento de algunas partes de su organismo.

¿Pero qué sucede con las personas cuyos seres queridos son asaltados por el cáncer? ¿Acaso se deprimen y angustian menos que los que están luchando por deshacerse de una enfermedad que tantas metáforas terribles lleva a cuestas?

Ciertamente, las condiciones y la lucha son muy disparejas. Unos, los enfermos, no pueden dejar de sentir constantemente cada una de las fibras nerviosas de su organismo todo el tiempo. Los tratamientos draconianos en favor de la supervivencia y en contra de desenlaces fatales son una opción para quienes se aferran a todo aquello que la ciencia y la tecnología actuales pueden ofrecer.

La ayuda médica, por más generosa que sea en sus objetivos, no deja de producir a los enfermos sensaciones severísimas desde cualquier punto de vista: cansancio excesivo, hipersensibilidad a estímulos sensoriales, falta de apetito, náusea o desconocimiento de sabores y aromas familiares.

La ansiedad y la zozobra emocional son las condiciones más constantes en la vida de las personas con y la de sus parejas.

Contrario a lo que se cree, la depresión es un lujo que nadie puede permitirse mientras se mantiene la decisión de seguir luchando.

El espíritu humano es intangible hasta el momento en que se materializa en los actos cotidianos del amor.

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Formación Académica:Medico-Cirujano (UNAM)Especialista En Psiquiatria (UNAM)Maestro En Medicina Social (Universidad Autonoma Metropolitana)Diplomado En Derechos Humanos (Universidad De Colima)Actividad Profesional Actual:Responsable Del Programa De Salud Mental Del Consejo De Salud Del Estado De Colima (Ssa)Psiquiatra De La Clinica Hospital Miguel Trejo Ochoa Issste, Colima, Col.Miembro Del Comité Editorial Nacional De La Revista Salud Mental