Se llamaba Judacot, era el año 858 y Guifré el Pilós lo envió a tratar asuntos delicados con el emperador Carlos el Calvo. Fue el primer judío inscrito en el libro de la historia catalana, aunque, si tiene más de mil años, los judíos ya estaban. Han conformado nuestra identidad desde los inicios, con siglos de presencia y aportación, sólo arrasada por la maldad de las persecuciones del siglo XIV y la posterior expulsión.

No olvidemos, por ejemplo, la famosa disputa de Barcelona de 1263, en el salón noble del palacio de Jaume I, donde el eminente rabino de Girona Mosé ben Nahman, conocido como Nahmánides, tuvo la controversia con los cristianos más famosa de la edad media. Después vendrían juristas, científicos, poetas, banqueros, astrónomos como Jacob ben David Bonjorn, médicos reales como Shéshet ben Isaac Benvenist, geógrafos como Abraham Cresques, autor del Atlas Catalán de 1381, o el gran científico Hasday Cresques, precursor de Newton e inspirador de Spinoza. La furia cristiana posterior destruiría una comunidad que, en Barcelona, había representado el 10% de la población, con más de 4.000 miembros. Empezaría así un largo proceso de siglos de desaparición y lento retorno de la normalidad judía a nuestro país.

Hoy celebramos un síntoma brillante de esta normalidad: el centenario de la Comunidad Israelita de Barcelona, inaugurada en 1918 por Edmundo Metzger, con una vida exitosa durante la República, y azarosa en los primeros años del franquismo, cuando Franco cerró la sinagoga, grupos fascistas saquearon la ­sede y la vida judía pasó a la clandestinidad. A partir de 1953, gracias a una recogida de fondos, la comunidad pudo comprar la sede de la calle Avenir y el día de Rosh Hashana se inauguró la sinagoga Maimónides, el primer templo judío construido desde la expulsión. Cien años después, la comunidad judía de Barce­lona puede celebrar una presencia normalizada, plenamente insertada en la vida colectiva. Los judíos catalanes forman parte de nuestra identidad desde los orígenes y la historia nos recuerda que su legado, corto en el tiempo a causa de las persecuciones, fue notable en el cono­cimiento y en la ciencia. No son, pues, un exotismo catalán, o una excepcionalidad, sino una parte esencial de nuestra condición como pueblo. Están en Bar­celona desde antes de que la ciudad tuviera el nombre, y son desde el primer momento en que fue alguna cosa.

Desgraciadamente, no puedo acabar este pequeño homenaje sin recordar que, a pesar de su presencia secular, los judíos todavía son vistos por mucha gente como ajenos a la comunidad catalana, como si fueran una curiosidad o una anomalía. Y, además, es la única comunidad que necesita protección cuando los niños van a la escuela Hatikvá o la gente va a rezar a la sinagoga. La normalidad plena todavía es una conquista y el estigma aún pesa en el relato de la intolerancia. Pero hoy es un día de celebración: alcemos la copa y digamos “lehaim”. “Por la vida”, por las muchas vidas judías catalanas que nos mejoran como pueblo y nos completan como país.

VIAVanguardia

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