¿Se pusieron a pensar en cuál es el motivo por el cual muchas veces deseamos vernos?

Puede tener varios motivos:
1) Nos extrañamos
2) Tenemos muchas ganas de ser nosotros mismos sin miramientos de nadie, volver a vivenciar nuestra infancia con todas las diferencias del tiempo.
3) Salirnos de toda realidad constante en pasado, presente y futuro. Saber que las esposas las vamos a ver hasta el último día de nuestras vidas puede ser tan hermoso como angustiante, estresante y frustrante.
Este último motivo no da como resultado el amor entre nosotros, sino la imperante necesidad de movernos de la realidad, escaparnos de muchísimas cosas. No digo que no nos queremos mucho, sino que puede ser un motivo de escape más que el de ganas de vernos. Y, por descarte en una sociedad que no terminamos de adaptarnos (ni lo haremos jamás) buscamos incesantemente vernos.
En los 3 motivos que enuncié, creo que el tercero es el más real. Eso no habla mal ni de las esposas ni del matrimonio como institución familiar, sino de la realidad que es el presente y que siempre, en toda la historia de todos los humanos, siempre fue y seguirá siendo así.
Eso es real. Tan real como hermoso porque, ¿qué sentido tendría la vida en general, incluyendo el matrimonio, si no es con el único afán de superar pruebas y superarse? De hecho, es por ese único motivo que existe el matrimonio como la máxima representación de institución humana y perdurable que, a pesar de tantas quejas y malestares, es altamente necesario. Y ellas, las parejas, son las que cumplen esa grandiosa (proviene de la palabra GRAN DIOS) función en la humanidad. A grado tal que la Tora dice HEESÉ LO EZER KENEGDÓ.
Pero más allá de esos motivos y todos los que no dije, también existe un vacío, hijo del sentimentalismo de la soledad. Esa compañía que nos acompaña únicamente en lo más interno constantemente en cada persona.
Y es por eso que tenemos la necesidad (no el deseo) de juntarnos.
Al hacerlo, cumplimos dos funciones:
1) Callar a ese “yo”, perseguidor constante en el tiempo y espacio y
2) Hacerlo hablar y que sea escuchado por otras personas.
Tal vez, esto es con la necesidad de ser aprobados o saber si estamos decidiendo bien nuestros pensamientos aunque sean burdos.
¿Cómo es posible pensar que la soledad duele y queremos callara de a ratos estando siempre acompañados a sabiendas que será así para toda la vida por nuestras parejas?
¿Cómo es posible pensar que existe tal soledad si elegimos estar casados y aquel día se dijo que fue el más grandioso de nuestras vidas?
Entonces, ¿está menos solo el que no tiene compañía por no tener la necesidad de apartarse de su pareja?
No creo. Ya que la soledad aturde. Si porque deseamos es callar al “yo” que escuchamos de manera constante o hacerlo hablar para saber si es aprobado o que hable para recibir algunos aplausos tal vez, ¿cuánto más y más aquellas personas que, por vivir solos, no dejan ni un segundo de escuchar a ese “yo” que ya parece más un extraño con influencias desconocidas que al yo mismo que esperamos.
Antes dije que necesitamos y no deseamos porque un deseo y una necesidad son cosas tan distintas como distantes.
Un deseo es todo lo que deseamos hacer, pero no es de extrema necesidad vital. Por ejemplo, cuando alguien tiene que escribir algo, desea una hoja y una pluma, pero no lo necesita porque si no lo escribe no se muere o no baja su calidad de vida o de estrés. En cambio, una necesidad es algo vital. Ir al baño, comer y dormir son necesidades.
Ahora bien, ¿cómo podemos llamar a esas ganas de vernos, deseo o necesidad? Yo creo que necesidad porque es vital. Es vital porque callar al “yo”, hacerlo hablar, salirse del presente, entender la ansiedad y demás cosas, son vitales para una buena calidad de vida.
La angustia es el sentimiento pesado que se tiene del pasado y afecta el presente. La ansiedad es lo mismo en referencia al futuro.
Cuando estas dos sensaciones se unen, es ahí cuando se llama desesperación.
(Como dice la canción “Toda una vida”).
Por algo, Sigmun Freud dijo que es imposible entender al ser humano sin analizarlo en sociedad.
Simplemente, un pensamientos de mi “yo” que tengo constantemente.

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Mi nombre es Gabriel Zaed y escribo bajo el seudónimo de Rob Dagán. Mi pasión por la escritura es una consecuencia del ensordecedor barullo existente en mis pensamientos. Ellos se amainan un poco cuando son expresados en tinta, en un escrito. Más importante es expresarse que ser escuchado o leído, ya que la libertad no radica en hablar, sino en ser libre para pensar, analizar.