La preocupación obsesiva rara vez nos ayuda. De hecho, lo que solemos lograr es elevar la ansiedad y el riesgo de agotamiento psicológico.

Hay ocasiones en que determinadas ideas producen daños en nuestro día a día. No podemos dejar de pensar en ciertas cosas. Les concedemos valor y presencia en la mente de manera tormentosa sin poder evitarlo, sin poder eludir ese flujo de pensamientos.
Ojalá todo fuera tan fácil como quien nos dice aquello de “pues deja de pensar en eso y ya está” o la mejor de todas “no le des importancia a lo que te genera malestar”. Sin embargo, el cerebro es como una fábrica que nunca descansa y es suficiente que nos digamos “no voy a pensar en un elefante rosa” para que, como bien sabemos, lo visualicemos.

Entonces, ¿Cómo podemos desactivar esos procesos psicológicos tan desgastantes?
La realidad es que tenemos derecho a preocuparnos, pero hay que hacerlo de manera correcta, es decir, orientando todo ese esfuerzo mental en solucionar aquello que nos quita la calma.

Cuando nos enfrentamos a una situación adversa es obligación nuestra afrontarla y transformarla. Si no es posible, el siguiente paso es aceptarla. Algo tan lógico y evidente solo se puede lograr mediante un enfoque tranquilo, realista y centrado.
Veamos cómo evitar que una preocupación se convierta en una obsesión.

1. Comprende cómo funciona el mecanismo de la preocupación:
La preocupación cumple un objetivo: elevar nuestra activación para que podamos actuar ante las amenazas que nos rodean. El fin último es actuar y para ello hay que trazar soluciones. Sin embargo, las personas en lugar de actuar o aceptar una realidad concreta, magnificamos aún más las amenazas estresantes.

2. Acepta el pensamiento obsesivo, pero no le sigas el juego:
Debemos tenerlo claro, de poco nos van a servir frases como “ya no voy a pensar en esto” o “esta va a ser la última vez que me pare a pensar en aquello”. Porque la mente siempre vuelve. Los pensamientos son automáticos y no es fácil tener control sobre ellos.
De este modo, lo más adecuado es dejarlos, aceptar que están ahí y debemos ver esos pensamientos obsesivos como fenómenos mentales que van y vienen. Lo más importante es no darles importancia ni reforzarlos. Si están ahí, dejemos que tal y como llegan se vayan.

3. No te juzgues, sé compasivo contigo mismo:
El diálogo interno negativo que juzga y que nos critica es como el motor que alimenta la fábrica de la preocupación. No es lo adecuado. Si deseamos evitar que una preocupación se convierta en una obsesión seamos amables y compasivos con nosotros mismos. Hemos pasado por mucho en esta vida, no hay duda.
En lugar de preocuparnos, ocupémonos de lo que nos inquieta, emprendiendo cambios, pensando en nuevas fórmulas para resolver problemas.

4. Haz cambios en tu rutina y que vayan en contra de tu obsesión:
Si temes perder el trabajo, empieza a buscar nuevas opciones laborales. Si te preocupa lo que pueda traerte el futuro, céntrate en iniciar cosas nuevas en el presente. Hacer nuevos amigos, iniciar cursos, aprender algo diferente… Todo ello es positivo.

5. Sal de tu universo obsesivo y expresa lo que sientes:
Salir de tu mente para sumergirte en tu vida. ¿Cómo se consigue algo así? Hay puentes que conectan un escenario y otro que pueden ser realmente catárticos. El arte en todas sus formas y dimensiones resulta un mecanismo idóneo para evitar que una preocupación se convierta en obsesión.

Pintar, dibujar, esculpir, tejer, coser, componer, escribir… Hay múltiples posibilidades capaces de ayudarnos a apaciguar la mente, a permitir que vaya más allá de su laberinto de preocupación para apreciar la vida. Cada persona debe encontrar su medio, su lienzo personal.
No nos olvidemos tampoco de compartir tiempo con personas que sepan escuchar. Hablar de lo que nos preocupa y dejar fuera lo que oprime dentro, también es necesario y saludable.

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