Diario Judío México - ¿Comemos de más o perdemos el apetito?

El manejo del estrés es una de las situaciones más difíciles y complejas para todo ser humano; no está de más reiterar que el estrés nos afecta de manera generalizada en todas las reacciones de nuestro organismo; afecta nuestras actividades, nuestras reacciones emocionales, el funcionamiento de nuestro cuerpo, etc., y una de estas manifestaciones es indudablemente nuestra forma de comer.

Existen diversas reacciones fisiológicas adaptativas que ayudan a nuestro organismo a enfrentar el estrés; si hablamos de alimentación, cuando estamos bajo una situación de estrés, podemos perder el apetito, o podemos presentar un hambre incontenible que nos confronta con que aunque sabemos que no nos conviene comer de más, nos resulta imposible parar de comer.

Ambas reacciones, tanto perder el apetito y dejar de comer como el hecho de comer compulsivamente son comunes bajo situaciones de estrés, pero depende de nuestra personalidad, de nuestras conductas aprendidas, y del tipo de estresor al que nos enfrentemos el hecho de que reaccionemos de uno u otro modo.

Bajo situaciones de estrés, la ingestión de alimentos puede no tener la finalidad de nutrirnos o de disminuir la sensación de apetito como sucede bajo condiciones normales; la presión emocional puede alterar nuestra conducta alimentaria provocándonos que frente al desconcierto perdamos el límite de lo que es un consumo adecuado, provocando que el comer de más sirva para ayudarnos a manejar la ansiedad frente la necesidad de buscar vías alternativas para el desahogo de nuestras tensiones, mientras que en otros casos, quienes tendemos a dejar de comer podríamos estar respondiendo a una reacción de negación de los requerimientos o necesidades del organismo para reaccionar específicamente frente a las necesidades causadas por el motivo de estrés, bloqueando así nuestras sensaciones o percepciones corporales.

Estas maneras de reaccionar no dependen de nuestro control cognitivo o voluntario, sino que constituyen reacciones involuntarias producto de nuestro desconcierto, lo cual posteriormente puede generarnos preocupación y culpa por el descuido de nuestro organismo, ya sea por haber bajado de peso o por haberlo aumentado.

En condiciones extremas esto también puede llegar a generarnos sensaciones de frustración e impotencia para controlar nuevamente nuestro peso pudiéndose transformar esta preocupación en un desviador de nuestro motivo original del estrés, preocupándonos entonces más por nuestro peso que por nuestro verdadero motivo de angustia o preocupación inicial, entonces puede llegar a crearse un círculo vicioso de: ansiedad-culpa-excesos o recaídas.

En estos casos, el alimento puede llegar a transformarse en un canal para la expresión de nuestras sensaciones de tensión, ansiedad, angustia, frustración, depresión, impotencia, necesidad de afecto, de comunicación, de apoyo o hasta “apapacho”, las cuales como no podemos o no sabemos canalizar o al menos verbalizar de manera adecuada, las canalizamos por vías alternas “comiéndonos” o “rechazando el comernos” todo aquello que nos está afectando o lastimando.

Evidentemente todo esto parece muy confuso, pero también probablemente de ese tamaño es nuestra sensación de impotencia o nuestra imposibilidad para manejar el estrés por eso es que tendemos a “atorarnos” con el manejo de la comida ya sea comiendo compulsivamente y “engordándonos” o rechazando los alimentos ya sea bajando de peso o llevándolo a extremos como lo hacen las anoréxicas.

Visto así resulta evidente que frente a situaciones de estrés nuestra conducta alimentaria adquiere una enorme importancia y el alimento o el cuidado de nuestro cuerpo, de nuestra persona o de nuestra imagen tiene un significado mayor que el del hecho de porque comes de más o porque dejas de comer.

Todos en mayor o menor grado ya sea frente circunstancias vivenciales específicas o debido al estrés de la vida cotidiana tenemos que enfrentarnos a situaciones que pueden sacarnos de control y dependerá de nuestras capacidades personales y las aptitudes adquiridas a lo largo de la vida nuestra capacidad para manejar el estrés sin depender del alimento o del descuido de nuestro cuerpo y nuestra salud.

Manejar el estrés no tiene porque alterar nuestra conducta alimentaria.

Para enfrentar estrés lo que requerimos es aprender a dialogar, a pedir consejos o quizá a pedir ayuda; jamás estaremos exentos de enfrentarnos a estresores o situaciones problemáticas a lo largo de nuestras vidas, pero lo que si podemos es aprender a enfrentar los problemas de manera más sana, madura, adecuada, creativa o satisfactoria para nosotros mismos, dependiendo de las circunstancias podemos buscar nuevas vías para solucionar los problemas, podemos aprender a pedir apoyo a la familia o a los amigos, podemos practicar algún deporte para desahogar nuestras tensiones, practicar diversos tipos de meditación o relajación e incluso acudir a alguna psicoterapia que nos ayude a desahogarnos y organizar nuestras vidas de manera distinta orientándonos para alcanzar soluciones más satisfactorias o adecuadas para la resolución de nuestros problemas.

Recuerda que una conducta alimentaria inadecuada puede ser sintomática, aprende a manejar el estrés.

Las opiniones expresadas aquí representan el punto de vista particular de nuestros periodistas, columnistas y colaboradores y/o agencias informativas y no representan en modo alguno la opinión de diariojudio.com y sus directivos. Si usted difiere con los conceptos vertidos por el autor, puede expresar su opinión enviando su comentario.

SIN COMENTARIOS

Deja tu Comentario

Artículo anteriorKibutz a orillas del Mar Negro
Artículo siguienteDimensión social de la globalización