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La Parasha de Emor es una serie de ordenamientos y disposiciones. Por eso extraña la corta historia casi al final, acerca de un israelita que pelea con otro, y blasfema. De este individuo sabemos tan sólo el nombre de su madre, Shlomit, hija de Divri, de la tribu de Dan, y que su padre es egipcio. Lo llevan a la tienda de Moisés en búsqueda de fallo. El juicio del Eterno es expedito: morir por lapidación.

El relato llama la atención por dos razones. Primero porque parece fuera de contexto entre tantas regulaciones, que termina con la sentencia conocida como Ley de Talión: ojo por ojo y diente por diente. Segundo porque en esa escala de equivalencias, el castigo parece ser severo.

Los exégetas judíos han sido atraídos por este relato y por tratar de entender la naturaleza de la transgresión y del castigo. Una posible explicación es que el inculpado se molestó porque no le dejaron acampar en los terrenos de la tribu de Dan, derecho que se otorgaba por ascendencia del padre, pero que siendo egipcio cancela a su hijo el “pase automático” en los asentamientos de Dan. El hombre se encuentra en un círculo cerrado en que quiere cumplir con los preceptos, pero los mismos le excluyen del lugar de residencia que prefiere; concluye que es injusto y blasfema.


Respecto a Emor, Rashi nos hace meditar que la minoría es a veces tratada injustamente, y a pesar de ello tomar la justicia por sus propias manos, blasfemar, en suma “subvertir el orden establecido” para satisfacción de la minoría, no es el camino aceptado. Este es el origen del castigo del israelita y la moraleja que se desprende. La idea se atora en la garganta: ¿Justicia de masas por sobre la justicia del individuo? Como judíos, ¿tendríamos que descartar el mandamiento de ser diferente de las demás naciones, de “ser persona (ish) ahí donde no hay personas”, para que sea la “tiranía de la mayoría” la que reine?

La propuesta de Rashi tiene sentido para evitar fracturas en el reino social, en escalas familiar, comunitarias o en grandes conflictos como las guerras de los Balcanes, Chechenia, Sri-Lanka y docenas de ejemplos en todo el mundo. Tomás de Aquino usa el término del Bien Común, una prescripción de la razón promulgada por quién tiene el cuidado de la comunidad.

En el universo de la fe no hay duda de la paternidad del Bien Común, pero en el mundo secular hay controversia. Y cuando de distinta fe o cultura se trata, la falta de consenso respecto al auténtico y definitivo Bien Común es evidente: en Iraq, en China y Tibet, en Paquistán o entre Israel y sus vecinos.

Siguiendo con el argumento apliquémoslo a los sesenta y un años del Estado de Israel, que ha sido acompañado de conflictos y guerras. Cada vez que tenemos que justificar su existencia, abrimos nuestra tradicional bolsa de trucos, señalamos la promesa divina en la Tora, le recordamos al mundo los crematorios de la Shoa o mostramos los campos arados y los avances científicos y sociales del joven Estado. El lado contrario, que constituye una abrumadora mayoría, saca su propia bolsa de trucos. Por tanto, ¿debe Israel de ceder en su lucha por la subsistencia, “cerrar” el país, por ser una minoría frente a sus adversarios, una gota en un mar islámico que lo rechaza? Además de sus enemigos, hay bastantes interesados en el mundo entero por marcar a Israel como el chivo del conflicto, y enviarlo a expiar a otra parte.

Es evidente que la región no se ha estabilizado y el conflicto con Israel sirve de pretexto para una proliferación nuclear que puede tener consecuencias funestas para la humanidad. Tomamos la lección de Emor, como inspiración para cometer apoptosis, el suicidio que las células practican para evitar la propagación del tumor en el resto del cuerpo, en este caso un cáncer nuclear, y ¿”cerramos Israel”? ¿O al contrario, seguimos y si es necesario, Mot ani im haplishtim, que Israel muera con el resto del mundo?

El israelita hijo de Shlomit de la tribu de Dan y de padre egipcio, muere apedreado. Hijo de las circunstancias, su condición humana dividida es nuestra situación también, como judíos en Israel o en la diáspora, como individuos y como pueblo. La respuesta a esa condición no es obvia ni fácil, pero la ruta a seguir para resolverla es nuestra opción, es mi elección. Mientras haya quienes discutan la posible injusticia cometida contra el hijo de Shlomit en el relato de Emor, el pueblo de Israel seguirá desafiado la historia y nadando contra la corriente.

Acerca de Jacobo Wapinsky

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