Diario Judío México - Todo ciudadano debe conocer la postura intelectual de los políticos que lo gobiernan. Toda postura intelectual es una ideología, es decir, una manera de observar las cosas. El teólogo ve en las móviles hojas del árbol la voluntad divina y el empirista una expresión de la naturaleza. El fenomenólogo ve en las nubes la representación brumosa de un acaecimiento físico y el lingüista una mancha equívoca, la raíz de una onomatopeya, de un nombre.

Vale más declarar cuál es nuestra postura intelectual, aunque sea inadecuada, que esconder la impostura. Quien afirma públicamente ser empirista o positivista podrá equivocarse al emitir juicios, pero no evitar culpas. Publicar quiénes somos es publicar qué podemos hacer, qué deseamos hacer y cómo lo haremos. Quien no tiene postura, en cambio, no tiene código moral que obedecer.

La postura intelectual de cualquier político sale a la luz ante las famosas preguntas kantianas, que dicen: ¿qué es el hombre?, ¿qué debe hacer el hombre en este mundo?, ¿qué puede esperar del mundo?, ¿qué puede conocer del mundo?
El ser humano es algo imperfecto para el teólogo, que cree en la divinidad. Para el metafísico, en cambio, es un cúmulo de fuerzas que se relaciona con otras fuerzas. Para el empirista, diferentemente, el humano es un cuerpo sometido a leyes físicas. Debajo de toda ideología hay una filosofía, y toda filosofía, si realmente lo es, si en verdad fue hecha para solucionar las angustias humanas, es radical. Radical, aquí, significa absolutista.

Lo absoluto es inamovible, perdurable, único y capaz de comerciar con diversas substancias. Es, en pocas palabras, alma del mundo, y por serlo responde las citadas cuestiones. El lector perdonará el mucho filosofar, que es necesario para reconocer en lo subterráneo de las arengas propagandísticas las tendencias que mueven a los políticos que dicen dirigirnos, hombrecillos que casi nunca conocen cuáles son las ideas para las que trabajan.
El político que estudió economía en Inglaterra adora la practicidad, el utilitarismo, ignorando que el sustento de tal escuela es el empirismo, doctrina que acepta la existencia de cosas fuera de la mente, como el realismo.

Pero no por amar la practicidad nuestro político abandona sus creencias teologales, y mezcla lo divino con lo material, forjando, así, una filosofía panteísta, a la que llaman los imperialistas amigos del eufemismo “globalización”.

Para el panteísta las cosas no son productos humanos, sino productos del “todo”, totalidad que usa la mano humana para satisfacer sus ciegos deseos. ¿Puede defender patria alguna el panteísta? ¿Puede amar al prójimo, tanto como lo ama un judío o un luterano?

La reflexión anterior no se encamina a la dura crítica de los políticos, pero sí a la de los ciudadanos, que permitimos que ciegos guíen a ciegos.

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Edvard Zeind Palafox   es Redactor Publicitario – Planner, Licenciado en Mercadotecnia y Publicidad (UNIMEX), con una Maestría en Mercadotecnia (con Mención Honorífica en UPAEP). Es Catedrático de tiempo completo, ha participado en congresos como expositor a nivel nacional.