Desde el principio de los tiempos han existido diferentes pensamientos en busca de las respuestas a la pregunta que el ser humano se cuestiona, como son la religión; el sentido de la vida; el motivo de la existencia; el significado de la paz y cómo lograrla; el felicidad y sus ramificaciones, etcétera.

Muchos pensadores se han adentrado hasta las oceánicas profundidades en estos y otros temas bajo la premisa principal de ser seres humanos, pues nada tendría sentido sin la existencia de todas las cosas, entre ellas el único ser que puede vivir las con razonamiento: el ser humano. Por lo tanto, si el ser humano no se cuestiona esas cosas sería como deslizarse en la vida sin más.

Entre esas corrientes filosóficas han existido un mundo complejo, pues cada una de ellas se basa en un punto de partida para determinar el análisis.

Hay quienes han optado por el empirismo, que es la experiencia misma de las cosas evidentes. Mientras otros han determinado que el empirismo carece de sentido pues antes de las experiencias evidentes tuvo que haber existido algo más, un motivo o varios que lleven al análisis y a la razón.

Y así, podremos nombrar las más importantes corrientes como el estoicismo, el cinismo, idealismo, escepticismo, realismo, dogmatismo, relativismo, subjetivismo, racionalismo y muchas más.

Entre tantas, podemos afirmar que se dividen en dos bandos principales, del cual sólo uno es real y el otro es tanto contrario a la razón como perjudicial, avivando el malestar.

El bueno es aquel que razona después de haber escuchado, aquel que desea saber cuál es la causa de las cosas para luego analizarlas y exponer su teoría. En cambio, el incorrecto es aquel que escucha con la finalidad de refutar, imponer y “ganar” para tener provecho de la ignorancia ajena. Algo así es (y fue desde casi siempre) las campañas políticas. Pero eso no se limita solamente a los gobernantes de naciones, sino a todo aquel que desea imponerse incluso en lo familiar, escolar o lo que fuera.

En la mayoría de ocasiones, esa mala práctica no es tanto por dinero, sino por orgullo.

El orgullo, como todas las cualidades, son simplemente una sensación de bienestar o malestar dependiendo su modo de empleo o presunción. Cuando es utilizado con fines egoístas, a modo que cualquier persona será afectada para que uno mismo se sienta vencedor aun sabiendo que no lo es realmente, llega a niveles tan bajos que el dolor ajeno, sea cual fuere, causa placer. Y lo peor del caso es que la sensación es tan grata que al ser legal y gratuito se convierte en vicio para luego ser una adicción casi ontológica con imposibilidad de regreso.

En este contexto se recurre a la manipulación de las masas por medio de herramientas que se ven muy buenas, sanas, beneficiosas y productivas, a modo tal que se terminan convenciendo que todo lo que no sea así es malo, perjudicial, dañino.

Un claro ejemplo de esto es el comunismo, ya que su razón es maravillosa: “Todos debemos tener la misma cantidad de dinero, pues todos somos iguales y todos valemos lo mismo”.
Esto suena maravilloso y lo contrario se percibe aberrante, cuando la realidad es totalmente contraria si se entiende desde la razón lógica y no desde el engaño populista por convencimiento hacia las masas vulnerables y carentes de conocimientos.

Otro claro ejemplo de “lo bueno” que contiene esos convencimientos que no son sino una manera de atraer a las masas y engañarlos, es el uso de las leyes desde la carta magna de cada nación: “La ley nos hace vivir en armonía, paz, solidaridad, hermandad, fraternidad y empatía”. Lo que casi nunca se distingue es la diferencia entre la ley y la justicia, ya que han habido (y aún existen) muchas leyes que son contrarias a la justicia moral, ética humana y razonable para el beneficio nuestro en sociedad y de nuestro espacio.

Todas las corrientes filosóficas, las ideas, los pensamientos y todo lo que se diga, se oiga o se lea, puede estar basado en escuchar para informarse y así analizar y llegar a una conclusión, o bien imponer y beneficiarse convenciendo a las masas. Esto puede ser aplicado en cualquier religión, cualquier corriente de pensamiento, por cualquier persona con cierta influencia sobre las masas y por personas que se han dejado influenciar.

Aquellos que se han dejado influenciar llega a tanto su convencimiento que se convencen a sí mismos que no se dejaron influenciar, sino que ellos mismos piensan así sin que nadie se los hubiera dicho. En cambio, aquellos que prefieren escuchar para saber y analizar, para llegar a un punto, saben que jamás será una finalidad y que toda idea puede ser un medio para alcanzar alguna otra, o incluso para refutar las hasta ahora creídas correctas.

Los que se dejan llevar, sienten el mismo placer que los convencidos, a grado tal que si sus líderes sienten placer por recibir dinero a base de la extorsión, los convencidos sienten el mismo placer de dar sus dineros sin saber que realmente están siendo extorsionados. Es más, hasta creen que les están haciendo un gran beneficio. Claro que no es que sean tontos, sino que la fuerza de los líderes es enorme, descomunal para lograr tal cosas. Estudian cómo lograrlo, con gestos, movimientos, tonos de voz, volumen y hasta imitación de sentimientos que realmente son falsos.

Es por eso que afirmo que los que se dejan convencer no son tan culpables, más bien son víctimas, dadas las “razones benéficas” que han notado y los placeres casi exitantes por acometer tales actos. Sienten razón, sienten justicia, incluso que son solidarios y hacen el bien a muchos.

Recordemos que todo, sin excepción, todo está basado en prestar atención para saber y analizar, o querer imponer, “ganar” y tener orgullo.

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Mi nombre es Gabriel Zaed y escribo bajo el seudónimo de Rob Dagán. Mi pasión por la escritura es una consecuencia del ensordecedor barullo existente en mis pensamientos. Ellos se amainan un poco cuando son expresados en tinta, en un escrito. Más importante es expresarse que ser escuchado o leído, ya que la libertad no radica en hablar, sino en ser libre para pensar, analizar.